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jueves, 4 de diciembre de 2008

SOMOS SERES SOBRENATURALES


SOMOS SERES SOBRENATURALES
Los hijos de Dios somos seres sobrenaturales viviendo en un mundo natural. Somos sobrenaturales porque llevamos dentro de nosotros la naturaleza de Dios. Vivimos en un mundo natural, pero ya no estamos sujetos a él, porque hemos nacido de nuevo, hemos nacido del agua y del Espíritu y ahora el que vive en nosotros es Aquel que resucitó de los muertos a Cristo Jesús, para que ya no vivamos según las inclinaciones carnales, sino según el Espíritu de Dios (ee Romanos 8: 9-13). Esto nos hace obedientes a las autoridades y cumplidores de nuestras obligaciones. La naturaleza de Cristo en nosotros nos puede convertir en lo que Él es -obediente, justo, misericordioso, compasivo, amoroso, etc- lo único que debemos hacer es mirarlo a Él, así como Él miraba al Padre para hacer Su voluntad. “Yo hablo de lo que he visto en presencia del Padre; así también ustedes, hagan lo que del Padre han escuchado.” (Juan 8:38). Permanecer en la presencia de Dios, nos hace actuar como Él. Para permanecer en Dios necesitamos arrancar de nosotros todo obstáculo que nos impide llegar a Él y conocerlo. Arrancar es renuncia y muerte, porque entendemos que ya estamos crucificados con Cristo y es Él quien vive en nosotros, de modo que lo que éramos cuando estábamos en la carne (sin Cristo), está clavado en la cruz, para que el Cristo resucitado se levante glorioso en cada hijo de Dios. La renuncia a los deseos que no agradan a Dios nos permite disfrutar la vida en el Espíritu y también disfrutar de esta vida natural. Dios sabe qué es lo mejor para nosotros. Él quiere que disfrutemos esta vida y la única manera es renunciando a la carnalidad (deseos contrarios a la naturaleza de Dios).

"Por lo tanto, no permitan ustedes que el pecado reine en su cuerpo mortal, ni obedezcan a sus malos deseos.” (Romanos 6: 12) Cristo hizo una obra completa en la cruz, pero aun así, Él respeta nuestro libre albedrío, por lo tanto, la decisión que tomemos es crucial para nuestra vida en la tierra e inclusive después de terminar nuestra existencia aquí. El pecado nos separa de Dios y oscurece nuestro entendimiento de Él alejándonos de Su presencia. El estar separados de Dios es muerte, pero el morir a nosotros (a esos deseos contrarios a los de Dios) para unirnos a Cristo, produce en nosotros vida y vida abundante. ¡Disfrútala!

"La mentalidad pecaminosa es muerte, mientras que la mentalidad que proviene del Espíritu es vida y paz. La mentalidad pecaminosa es enemiga de Dios, pues no se somete a la ley de Dios, ni es capaz de hacerlo. Los que viven según la naturaleza pecaminosa no pueden agradar a Dios. Sin embargo, ustedes no viven según la naturaleza pecaminosa sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios vive en ustedes. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Cristo. Pero si Cristo está en ustedes, el cuerpo está muerto a causa del pecado, pero el Espíritu que está en ustedes es vida a causa de la justicia. Y si el Espíritu de aquel que levantó a Jesús de entre los muertos vive en ustedes, el mismo que levantó a Cristo de entre los muertos también dará vida a sus cuerpos mortales por medio de su Espíritu, que vive en ustedes. Por tanto, hermanos, tenemos una obligación, pero no es la de vivir conforme a la naturaleza pecaminosa. Porque si ustedes viven conforme a ella, morirán; pero si por medio del Espíritu dan muerte a los malos hábitos del cuerpo, vivirán. Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios." (Romanos 8: 6-14).

Nuestra mente debe habituarse a pensar los pensamientos de Cristo y estos pensamientos nos llevan a una renuncia de nuestro “ego”, porque ya no vamos a ser nosotros los que pensemos, sino el Cristo que vive en nosotros. El apóstol Pablo al exponer la humillación de Cristo y luego Su exaltación en Filipenses 2: 1-11, nos exhorta en los versículos 12 y 13 lo siguiente: “Así que, mis queridos hermanos, como han obedecido siempre -no sólo en mi presencia sino mucho más ahora en mi ausencia- lleven a cabo su salvación con temor y temblor, pues Dios es quien produce en ustedes tanto el querer como el hacer para que se cumpla su buena voluntad.” Nos toca a cada uno de nosotros ocuparnos de nuestra salvación, no en querer aparentar haciendo obras para alcanzarla, pues si ya hemos sido salvos, lo que necesitamos es desarrollarla más y más hasta que lleguemos a ser semejantes a Cristo; con esto no pretendo decir que vamos a ser semidioses, sino que cada día más y más vamos adquiriendo el carácter de Jesucristo. Ésta es la meta final a la que Dios quiere que lleguemos. “Él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; y a otros, pastores y maestros, a fin de capacitar al pueblo de Dios para la obra de servicio, para edificar el cuerpo de Cristo. De este modo, todos llegaremos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a una humanidad perfecta que se conforme a la plena estatura de Cristo.” (Efesios 4: 11-13) La única manera de ir desarrollándonos más y más a la semejanza de Cristo es practicar todo lo que hemos aprendido y visto de Él. La práctica de Cristo en nosotros va a ir transformando nuestros hábitos, haciendo que lo que nos parecía normal practicar en la carne, ahora resulte anormal, porque ya no vivimos conforme a la carnalidad. Hemos sido crucificados con Cristo y resucitados con Él para vivir como verdaderos hijos de Dios, para vivir en el Espíritu. Vivir en el Espíritu no es una opción más, es un caso de vida o muerte. Ya hemos visto en Romanos 8: 6 y 13 qué pasa con la mentalidad pecaminosa y con la mentalidad guiada por el Espíritu, lo que necesitamos es entenderlo pidiendo a Dios revelación al respecto y alineando nuestros pensamientos a los de Cristo, pidiendo que Su voluntad se haga en nosotros.

Necesitamos la revelación de Cristo en nuestra alma, necesitamos salvar nuestra alma, nuestra mente de pensamientos que desagradan a Dios, para que nuestros pensamientos sean renovados y nuestra voluntad se conforme a la de Él (Romanos 12:2; Santiago 1:21). Saber y entender que ya no vivimos según la carne y que el diablo no tiene potestad en nosotros nos va llevar a la cabal comprensión de Quién es el que está en nosotros y en Quién estamos. Antes de venir a Cristo pecábamos porque éramos pecadores, ahora en Cristo, si pecamos es porque hemos descuidado nuestra relación con Él. Ya no somos pecadores, por tanto no actuemos como tales. Hemos sido pecadores, pero ahora somos justificados. La voluntad de Dios es que nos conformemos a Su imagen y esto sólo va a ser posible si nos dejamos guiar por el Espíritu Santo de Dios y ya no satisfacemos a los deseos de la naturaleza pecaminosa, porque ésta no nos pertenece, pues ya tenemos la naturaleza de Dios en nosotros, somos uno con Él y Dios no peca.

Somos una cultura sobrenatural, una raza que vive en relación y unión con el Todopoderoso. Somos un pueblo que hemos pactado con Dios a través de Cristo y este pacto ha sido sellado con Su sangre. (1ª Pedro 2:9,10). Por tanto hermanos, esforcémonos en nuestra carrera y anhelemos ser cada día más como Jesús, desarraigando de nosotros todo pecado o propensión a él y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo. Acerquémonos a Jesús para aprender de Él, no mirando lo que el mundo, el diablo y la carne nos ofrecen, porque esto es efímero, sino miremos sólo a Cristo, el autor y perfeccionador de nuestra fe.

viernes, 24 de octubre de 2008

EL FUEGO DE DIOS


EL FUEGO DE DIOS

“Por lo tanto, hermanos, tomando en cuenta la misericordia de Dios, les ruego que cada uno de ustedes, en adoración espiritual, ofrezca su cuerpo como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios. No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente. Así podrán comprobar cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta.” (Romanos 12: 1,2)
Es en el altar donde brota la adoración. El fuego de Dios tiene que arder en nuestro corazón y encender la llama de la adoración. Sólo el fuego de Dios, no otro fuego; Dios no acepta fuego extraño. El fuego de Dios tiene que quemar nuestra carne (carnalidad) en el altar, sin destruir nuestro ser. El humo de la carne quemada es grato a Dios. Tiene que haber sacrificio. Nuestro “YO” debe morir en el altar para que Su gloria sea manifiesta. Cuando el fuego de Dios consume nuestra gloria, la luz de Su presencia invade el altar y el humo sube a Él como olor grato, digno de ser recibido. Es en el altar del sacrificio que se queman todas las ataduras, es allí donde resucitamos a una nueva vida. Quizá estoy tocando un punto que no fue tocado antes. Pensaste por mucho tiempo que la adoración era saltar, bailar, gozarse, llorar y sentirte mareado; puede involucrar todo eso, pero sin renuncia, no hay adoración. Se requiere morir, morir al YO. Sólo los que llevan al altar su EGO, adoran. Es en el altar que se adora. Cuando tú dejas de ser y Cristo te invade totalmente, entonces brota la adoración, lo demás es cuento. Cristo fue un adorador, porque en el cielo se adora constantemente, se vive en adoración, no hay otra forma. En el cielo los ojos están atentos sólo al que está sentado en el Trono y al Cordero que fue inmolado, no hay cabida para el “EGO”.

Jesús lo llena todo y en todos, Su llenura no permite que quepa algo que no sea Él. Procura diligentemente estar lleno de Su Presencia todo el tiempo, pídele que te llene de Su Espíritu, para que se vea en ti Su Presencia, no puedes ser luz y ocultarla, debes brillar, para eso tienes la luz. Deja que Él viva Su vida en ti, eso es reposar en Él. Cuando tú reposas en Él, no significa que todos los problemas se acaban, es al contrario, recién empiezan. Jesús lo dijo: “En el mundo tendrán aflicción; pero confíen, Yo he vencido al mundo.” (Juan 16: 33). El que está en el reposo de Dios, aun en medio de los problemas adora, porque sabe quién tiene el control de todo. La llenura de Dios es como un fuego que quema todo impedimento para poder adorarlo; no estoy hablando de dones, porque puedes ser usado por Dios sin realmente estar lleno de Su Presencia, tenemos el clásico ejemplo de los corintios. La llenura del Espíritu sólo se obtiene en el altar. El altar es sinónimo de muerte. Mientras estés vivo para ti, no podrás estarlo para el Señor. El reino de Dios debe ser lo primero en tu vida, es lo único que debes esforzarte por buscar (el reino de Dios es Cristo). Si primero buscas Su reino y no el tuyo, Dios se encargará de lo demás en tu vida. Si dejas que realmente el Espíritu Santo tome control de tu vida, debes entregarle cada área de tu ser. Que el fuego de Dios consuma las amarras que te impiden llegar a Él.

“Nadab y Abiú, hijos de Aarón, tomaron cada uno su incensario, y pusieron en ellos fuego, sobre el cual pusieron incienso, y ofrecieron delante de Jehová fuego extraño, que él nunca les mandó. Y salió fuego de delante de Jehová y los quemó, y murieron delante de Jehová.” (Levítico 10: 1,2). Estos dos varones fueron consagrados a Dios (Éxodo 29), tenían la unción santa de Dios, estaban apartados para una misión, era la de mantener el fuego del altar ardiendo todo el tiempo con el fuego ordenado por Dios, pero ellos tomaron en poco la santidad de Dios y se acercaron con un fuego extraño. Lo que no procede de Dios es extraño para ÉL. Cuando nosotros nos acercamos a Él debemos hacerlo a Su manera, porque sino, lo que estamos ofreciendo es fuego extraño; si bien ahora no vamos a morir físicamente, pero nuestro espíritu se seca porque apagamos al Espíritu Santo con nuestra desobediencia. “Dios está buscando adoradores que le adoren en espíritu y en verdad”, que busquen y anhelen Su Presencia solamente, que tengan hambre y sed de Dios. No se trata de motivar el alma, porque no se adora con el alma, es con el espíritu, porque Dios es Espíritu y si queremos adorarle tiene que ser en espíritu, es decir, nuestro espíritu en perfecta alineación con el Espíritu Santo, buscando solamente el rostro de Dios.

Que ninguna gloria sea vista, sino sólo Su gloria, porque si pretendemos buscar nuestra gloria, el fuego de Dios vendrá a nosotros como juicio; pero si buscamos sólo Su gloria, el Fuego de Dios consumirá lo que queda de carne en nosotros y elevará nuestro espíritu hacia Él. Nosotros tenemos la unción del Santo (1ª Juan 2: 20,27) y al igual que Nadab y Abiú somos llamados a ministrar en el Tabernáculo de Dios y llamados a mantener vivo el Fuego de Dios, por lo tanto necesitamos estar en santidad, vivir en justicia y tomar del fuego de Dios que ya ha sido encendido en nosotros para avivarlo en la mañana y en la noche, para que se mantenga ardiendo en nuestros corazones; eso sólo es posible a través de la adoración. La adoración es entrega, es renuncia, es muerte. A Dios sea la gloria, porque sólo el Dios Trino es merecedor de toda adoración.