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domingo, 28 de marzo de 2010

DIOS MIRA TU CORAZÓN

DIOS MIRA TU CORAZÓN
"Muchos me dirán en aquel día: 'Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios e hicimos muchos milagros?' Entonces les diré claramente: 'Jamás los conocí. ¡Aléjense de mí, hacedores de maldad!' "Por tanto, todo el que me oye estas palabras y las pone en práctica es como un hombre prudente que construyó su casa sobre la roca. Cayeron las lluvias, crecieron los ríos, y soplaron los vientos y azotaron aquella casa; con todo, la casa no se derrumbó porque estaba cimentada sobre la roca. Pero todo el que me oye estas palabras y no las pone en práctica es como un hombre insensato que construyó su casa sobre la arena. Cayeron las lluvias, crecieron los ríos, y soplaron los vientos y azotaron aquella casa, y ésta se derrumbó, y grande fue su ruina." (Mateo 7: 21- 27 NVI)
Dios mira el corazón de las personas y no cuánto conocen de doctrina, lo cual también es importante, pero que carece de valor ante los ojos de Dios si no se llega a tener una comunión íntima con Él a través de Su Santo Espíritu. Si Dios no nos conoce, de nada sirve que hagamos las obras para Él porque llegará el día en que se escucharán las palabras: “Jamás los conocí”. Hacer las obras para el Señor es importante, pero más importante es estar en intimidad con El para poder saber cuál es Su voluntad para nuestras vidas, porque podemos estar haciendo buenas obras, pero no las obras que Él quiere que hagamos. Jesús dijo: “—El que me ama, obedecerá mi palabra, y mi Padre lo amará, y haremos nuestra vivienda en él.” (Juan 14: 23). Una cosa es que el Señor viva en ti, que Él haga en ti, dentro de ti Su vivienda, Su casa donde Él habite juntamente contigo y otra es que sólo Él te visite de vez en cuando. El visitante no tiene acceso a toda la casa aunque le digamos al huésped: - Esta es su casa o considérese como en su casa-. Él siempre tendrá sus límites. Sin embargo cuando la Deidad (Padre, Hijo y Espíritu Santo), hace su vivienda en nuestro espíritu, Él tiene acceso a todas las áreas de nuestro ser y vamos a empezar a conocerle estudiando y obedeciendo Su Palabra y cuanto más le conozcamos, más le vamos a amar y más le vamos a permitir inmiscuirse en nuestros asuntos, que dicho sea de paso, son Sus asuntos porque ya nada haremos por nuestra propia cuenta.

El salmo 91 nos muestra cómo se vive en la morada del Altísimo, es decir en Su Presencia. Allí no hay temor porque es una fortaleza cerrada para el enemigo. Allí la luz de Su verdad es nuestro escudo y el diablo no podrá engañarnos con sus sutiles mentiras. Su Presencia nos cubre y nos libra de todo mal y es más, aplastaremos bajo nuestros pies a los espíritus inmundos y demonios que se atrevan a querer dañarnos, porque estamos bajo la protección del Altísimo, porque Él ha hecho Su vivienda en nosotros. Somos Su casa y Él no descuida lo que le pertenece; por tanto dile a tu alma y a tus pensamientos que reposen en Dios, que se sujeten a tu espíritu que a la vez está sujeto al Espíritu de Dios para que hallen descanso y el temor no encuentre cabida en tu mente, ni en tus pensamientos.
El que habita al abrigo del Altísimo se acoge a la sombra del Todopoderoso. Yo le digo al Señor: "Tú eres mi refugio, mi fortaleza, el Dios en quien confío." Sólo él puede librarte de las trampas del cazador y de mortíferas plagas, pues te cubrirá con sus plumas y bajo sus alas hallarás refugio. ¡Su verdad será tu escudo y tu baluarte! No temerás el terror de la noche, ni la flecha que vuela de día, ni la peste que acecha en las sombras ni la plaga que destruye a mediodía. Podrán caer mil a tu izquierda, y diez mil a tu derecha, pero a ti no te afectará. No tendrás más que abrir bien los ojos, para ver a los impíos recibir su merecido. Ya que has puesto al Señor por tu refugio, al Altísimo por tu protección, ningún mal habrá de sobrevenirte, ninguna calamidad llegará a tu hogar. Porque él ordenará que sus ángeles te cuiden en todos tus caminos. Con sus propias manos te levantarán para que no tropieces con piedra alguna. Aplastarás al león y a la víbora; ¡hollarás fieras y serpientes! "Yo lo libraré, porque él se acoge a mí; lo protegeré, porque reconoce mi nombre. Él me invocará, y yo le responderé; estaré con él en momentos de angustia; lo libraré y lo llenaré de honores. Lo colmaré con muchos años de vida y le haré gozar de mi salvación."

Dios nos ha dado de Su Espíritu que mora en nosotros para que sepamos lo que ya Dios nos ha concedido. Son maravillosas promesas hechas realidad en Cristo y que las recibimos por fe. “En efecto, ¿quién conoce los pensamientos del ser humano sino su propio espíritu que está en él? Así mismo, nadie conoce los pensamientos de Dios sino el Espíritu de Dios. Nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo sino el Espíritu que procede de Dios, para que entendamos lo que por su gracia él nos ha concedido.” (1ª Corintios 2: 11,12 NVI). Dios nos ha hecho partícipes de Su naturaleza, de Sus genes, a fin de que Su carácter se forme en nosotras/os, para que tengamos afinidad con Él y podamos amar lo que Él ama y anhelar lo que Él anhela. “Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de Aquél que nos ha llamado a gloria y virtud; por medio de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas fuésemos hechos participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo por la concupiscencia.” (2ª Pedro 1: 3- 4). Como hija/o de Dios tienes Sus genes en ti, ya no los de Adán, porque la vida de Dios entró en ti y Él te ha hecho nueva criatura, así que ya no vivas como pecador/a, pecando; sino como hijo/a de Dios en santidad, sin pecar, sino haciendo la voluntad de Dios. "Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo." (1ª Juan 2: 1). El pecador peca porque le gusta el pecado, pero los hijos de Dios pecamos alguna vez, no porque nos guste pecar, sino porque nos hemos descuidado en guardar Su Palabra; por eso les amonesto a no descuidar el estudio de la Palabra de Dios y la comunión íntima con Su Santo Espíritu, manteniendo siempre nuestro espíritu en sujeción al Espíritu Santo y nuestra alma sujeta a nuestro espíritu para que no gobierne nuestra vida, porque el alma no puede escuchar directamente la voz de Dios, es a nuestro espíritu que Dios se revela. Por lo tanto, vivamos en el Espíritu y andemos en el Espíritu y no satisfagamos los deseos de la carne.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

NACIDOS EN EL ESPIRITU



¿NACIDOS EN EL ESPIRITU, PERO TODAVÍA ANDANDO EN LA CARNE?

¡Qué triste realidad es nacer del Espíritu y andar en la carne!, pero esta realidad es la de muchos cristianos. La vida nueva en Cristo tiene que ser “nueva”, sabiendo que nada de lo que hagamos en la carne nos va a ser más santos de lo que Dios ya nos hizo. Si la carne (deseos pecaminosos) no es clavada en la cruz cada día, no podrá andar en el Espíritu, porque todavía está viva y activa en la persona nacida de nuevo. La Iglesia de Corinto estaba bendecida con todos los dones del Espíritu, cosa que no vemos mucho en este tiempo, sin embargo y a pesar de tener los dones, todavía vivían en la carne. Era manifiesto en ellos su obrar en la carne y era más evidente que los dones sobreabundantes que ellos tenían, a tal punto que Pablo les escribió así: “Yo, hermanos, no pude dirigirme a ustedes como a espirituales sino como a inmaduros, apenas niños en Cristo. Les di leche porque no podían asimilar alimento sólido, ni pueden todavía, pues aún son inmaduros. Mientras haya entre ustedes celos y contiendas, ¿no serán inmaduros? ¿Acaso no se estarán comportando según criterios meramente humanos?” (1ª Corintios 3: 1-3 NVI). Por su inmadurez se privaron de recibir revelaciones más profundas de parte de Dios. Pablo no pudo hablarles grandes misterios porque ellos no hubieran podido entenderlo, pues estaban atrapados en problemas de índole meramente carnal o concupiscente como pleitos, celos y todo lo que resulta de esto.

Veremos algunas obras de la carne evidentes en algunos cristianos: chismes, murmuración, crítica, enojo, mentira, susceptibilidad, arrogancia, ansiedad, desconfianza, tacañería, torpeza, sarcasmo, resentimiento, etc. Estas y otras son obras de la carne que se manifiestan especialmente cuando el “cristiano” está bajo presión. Si tienes que esforzarte para sonreír, amar, alabar, llegar temprano a la iglesia, etc., pronto te sentirás agotado y decidirás darte unas “merecidas” vacaciones, según tu vano criterio. Tu vano criterio pedirá atención a tu “YO”, pedirá que respeten tus derechos, que te oigan, que te atiendan, que te compadezcan, que te elogien y bla, bla, bla, todo esto huele a carne casi putrefacta, es mejor que la sacrifiques en la cruz, porque la carne sólo te será estorbo para alcanzar lo mejor de Dios. Mientras vivas en la carne, no podrás andar en el Espíritu.

"Los que son de Cristo Jesús han crucificado la naturaleza pecaminosa, con sus pasiones y deseos. Si el Espíritu nos da vida, andemos guiados por el Espíritu. No dejemos que la vanidad nos lleve a irritarnos y a envidiarnos unos a otros." (Gálatas 5: 24-26) ¿Qué pasa con los que son de Cristo? Han crucificado la naturaleza pecaminosa con sus deseos y pasiones. La naturaleza pecaminosa es el viejo hombre o la carne que está clavada en la cruz y no tenemos que desclavarla para satisfacer sus deseos. Si no está bien clavada, debemos darle de martillazos todo el tiempo hasta que se aquiete. A Cristo le dijeron que si era hijo de Dios por qué no se salía de la cruz. Pero como Cristo no vivía en la carne, no escuchó sus malévolas sugerencias y mantuvo a Su carne clavada en la cruz hasta que hubo consumado Su obra. Porque Él mantuvo Su carne crucificada, fue exaltado y vivificado, resucitando para darnos esa vida de resurrección que todo Hijo de Dios debe tener. Mientras Él permaneció en la cruz todavía podían ultrajarlo porque querían que se saliera de la cruz, pero no pasó eso, Él permaneció en la cruz, porque Jesús veía más allá de la cruz, Él no se concentraba en lo temporal. “Fijemos la mirada en Jesús, el iniciador y perfeccionador de nuestra fe, quien por el gozo que le esperaba, soportó la cruz, menospreciando la vergüenza que ella significaba, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios.” (Hebreos 12:2)

"En efecto, si hemos estado unidos con él en su muerte, sin duda también estaremos unidos con él en su resurrección. Ahora bien, si hemos muerto con Cristo, confiamos que también viviremos con él. De la misma manera, también ustedes considérense muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús." (Romanos 6: 5, 8, 11). Si diariamente morimos a nuestra vieja naturaleza, también diariamente debemos recibir Su vida de resurrección en nosotros. Después que Cristo resucitó, Satanás ya no osó acercarse a Él, porque por el poder de la resurrección y por la victoria de Cristo en la cruz, Dios sometió todas las cosas al dominio de Cristo, y lo dio como cabeza de todo a la iglesia. Ésta, que es su cuerpo, es la plenitud de aquel que lo llena todo por completo.” (Efesios 1: 22, 23 NVI) La muerte en la cruz destruirá tu propensión a pecar, eliminará tus pensamientos negativos que te llevan a pecar y te inducen a reaccionar como quien vive en tinieblas. La resurrección viene después de la muerte, porque no puede haber resurrección si primero no hay muerte. La vida de muerte y resurrección debes vivirla diariamente para llegar a ser un cristiano espiritual y no carnal. Si quieres caminar en victoria, entonces sacrifica tu YO diariamente y resucita a la dimensión del Espíritu, por medio de tu espíritu en sujeción al Espíritu de Dios. ¿Entonces, vas a ser inmune al pecado? ¡NO! Pero vas a tener la capacidad y fortaleza del Espíritu para decidir no pecar. Cuando Cristo domine tu ser, entonces tu verdadero YO resurgirá para levantarse en victoria sobre el pecado y la carne, y ya no andarás en muerte obedeciendo a la carne, sino que te deleitarás en Dios y te dejarás llevar en las alas del Espíritu a una vida completa llena de la vida de Dios. “Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu.”

domingo, 3 de mayo de 2009

LA CLAVE DEL ÉXITO DEL CRISTIANO

LA ORACIÓN, LA CLAVE DEL ÉXITO DEL CRISTIANO
Una vida de oración glorifica a Dios. Jesús oraba. Marcos 1:35; Marcos 14:35 y muchos versículos más nos dan evidencia que Jesús era un hombre de oración y enseñó muchísimo acerca de ella. El apóstol Pablo hizo lo mismo; es que una vida sin oración es una vida sin relación. No podemos pretender relacionarnos con Dios si no estamos en oración. Satanás ha hecho de la oración algo aburrido en la vida de muchos cristianos, porque sabe que el día que ellos oren, como lo ordena La Palabra de Dios (Lucas 18:2), el diablo estará derrotado. La falta de oración trae afán y ansiedad al alma. “Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios con toda oración y ruego con acción de gracias.” (Filipenses 4: 6). La oración es el acto de poder expresar lo que sentimos ante nuestro Padre Celestial, para descargar en Él aquello que nos aflige, solicitándole que se haga Su voluntad en nuestra vida y luego le damos gracias porque sabemos que Él tomará el control de todo; entonces ya no nos afligimos, esperamos pacientemente en Él y como resultado tendremos la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento guardando nuestros corazones y pensamientos en Cristo Jesús.” (Filipenses 4:7). Recuerda: Dios siempre tiene el control de todo; lo que pasa es que nosotros no lo dejamos gobernar nuestra vida, si lo haríamos, nuestro diario vivir sería más llevadero.

Los patriarcas, profetas, discípulos y el mismo Jesús tenían una vida de oración, es decir que vivían en estrecha relación con Dios, lo cual sólo es posible a través de la oración, que puede ser de alabanza, adoración, gratitud y no sólo de petición; es de esta forma que permanecemos cerca de Él y cuanto más cerca de Él estemos, más semejantes a Él seremos; vamos a ser impregnados del Ser de Dios (2ª Corintios 3:18). Dios quiere que le contemos mediante la oración qué siente nuestro corazón; quiere que confiemos en Él, que seamos capaces de creer por fe que Él puede solucionar todos nuestros problemas. “Pedid y se os dará para que vuestro gozo sea cumplido.” (Juan 16: 24). Pero pidan con fe, sin dudar y gócense después de haber pedido, sabiendo que Dios tiene la respuesta correcta, porque todo lo que pidan creyendo, lo van a recibir.

¿Qué resultados obtenemos cuando oramos?
*La oración produce paz y guarda nuestros corazones y pensamientos en Cristo Jesús (Filipenses 4:7; Isaías 26:3).
*La oración nos da gozo, porque en su presencia hay plenitud de gozo, delicias a Su diestra para siempre (Salmo 16:11; Juan 16: 24).
*La oración nos trae liberación (1º Samuel 30: 8).
*La oración acompañada de ayuno echa fuera a los demonios más tenaces. (Marcos 9:14-29)
*La oración nos da confianza en Dios porque sabemos que Él nos oye en todo lo que le pidamos de acuerdo a Su voluntad (1ª Juan 5: 14; Proverbios 15:29).
*EL Espíritu Santo viene en nuestro auxilio cuando oramos (Romanos 8:26,27).
*La oración de confesión nos perdona y nos limpia de toda maldad (1ª Juan 1: 9).
*La oración de fe salvará al enfermo y Dios lo levantará y si hubiere cometido pecados le serán perdonados (Santiago 5:15).
*La oración del justo (los justificados por la sangre de Cristo) puede mucho (Santiago 5: 16).
*Dios se goza en nuestra oración. ( Proverbios 15:8)
*Cuando oramos creyendo, vamos a recibir lo que pedimos. (Mateo 21:22)
*La oración puede cerrar los cielos o abrirlos para que llueva o deje de llover (Santiago 5:17)
*Por medio de la oración se recibe el Espíritu Santo (Hechos 8: 15, 17)

*Las oraciones suben como memoria delante de Dios (Hechos 10:4).
*Las oraciones suben como incienso delante de Dios (Apocalipsis 5:8).

Estos resultados y mucho más podemos obtener por llevar una vida de oración. La Biblia dice que perseveremos en la oración (Colosenses 4:2); que oremos en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu (Efesios 6: 18); que oremos sin cesar (1ª Tesalonicenses 5:17); que oremos en todo lugar (1ª Timoteo 2:8); que oremos en el Espíritu (Judas 20); y Jesús habla sobre la necesidad de orar siempre y no desmayar (Lucas 18:1). La vida del cristiano no puede estar separada de la oración, es más: la oración es el pulmón del cristiano, sin ella se asfixia en este mundo contaminado por el pecado, por lo tanto no podemos concebir una vida sin oración, es como si pretendiéramos quitar el oxígeno del aire que respiramos. La oración va unida a la alabanza, adoración e intercesión. La alabanza y adoración van dirigidas a Dios y la intercesión pide en favor del prójimo; de ese modo cumplimos la ley de amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos.

Al ocuparnos en la oración llevamos cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo y dejamos de ocuparnos de la carne (concupiscencia) para ocuparnos del Espíritu y así agradar a Dios. Concentra todos tus pensamientos en Dios, de tal manera de agradar a Aquel que te tomó por soldado y decide pensar “todo lo verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre, donde haya virtud alguna y sea digno de alabanza.” (Filipenses 4:8). La oración nos hace dependientes de Dios y esto nos da la libertad, porque si andamos en el Espíritu somos libres y ya no vivimos en la esclavitud del pecado. Jesús ya nos hizo libres. Disfruta de esta libertad y entra en el reposo de Dios.

lunes, 6 de abril de 2009

LA VICTORIA EN LA CRUZ

LA VICTORIA EN LA CRUZ

"Sabemos que nuestro viejo yo fue muerto en la estaca de ejecución con El, para que el cuerpo entero de nuestra propensión pecaminosa pudiera ser destruido, y a fin de no ser esclavizados más por el pecado." (Romanos 6: 6 TKIM-DE)
Es en la cruz donde se muere para resucitar en victoria; sin la experiencia de la muerte en cruz no podremos vivir en victoria. Nuestra mayor batalla no es con el diablo o los demonios, sino con nuestra propia “carne”, con nuestra vieja naturaleza acostumbrada a pecar y a satisfacerse para su propia destrucción. Muchas veces cuando no podemos controlar la ira o el resentimiento, o los celos, o la mentira, etc., tendemos a querer expulsar a los demonios que nos impulsan a pecar, cuando en realidad es nuestra propia concupiscencia arraigada en nuestra carne que nos pide con angurria satisfacer su apetito, que nos llevará a la destrucción. La carne (nuestra alma y nuestro cuerpo atados a la vieja naturaleza de pecado) se auto destruye, tiene una naturaleza suicida y quienes le hacen caso van rumbo a la muerte. “La mentalidad pecaminosa es muerte, mientras que la mentalidad que proviene del Espíritu es vida y paz.” (Romanos 8: 6 NVI).

Fue en la cruz del Calvario que se ganó la mayor de las victorias, que puso al alcance de toda la humanidad la capacidad de conseguir el perdón de todos los pecados y darnos acceso a la vida eterna al lado de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, quien habiendo derrotado el poder del diablo nos abrió la vía al cielo sin que esto nos cueste un solo centavo, pues Él ya pagó el precio por nuestra salvación, precio que sólo se podía pagar con sangre. Fue en la cruz que Jesús vertió Su preciosa sangre para librarnos de una vez por todas de las ataduras del diablo, con que nos tenía presos y nos empujaba al infierno. Fue en la cruz que Jesucristo puso en vergüenza a nuestro archienemigo Satanás y lo exhibió frente a todos quienes se agolparon ante la cruz para ver cuándo Jesús claudicaba de Su misión, pero habiendo vencido, aplastó la cabeza de la serpiente, que es el diablo, delante de todas las huestes celestiales y marchó en su desfile triunfal hasta el mismo infierno para quitarle el poder con que nos tenía atados, quitó al diablo las llaves de la muerte y ascendiendo al Padre en los cielos llevó cautiva la cautividad, para que todo aquel que le reciba (a Jesucristo) como Su Señor y Salvador, tenga vida eterna y sea librado del poder del pecado y de la muerte.

Fue en la cruz que Jesús hizo un trueque: Su vida por nuestra vida, para que todo aquel que le reciba, tenga vida eterna. Nada, ni nadie puede darnos la salvación, sólo Jesucristo, porque Él venció a Satanás quien nos mantenía esclavos del pecado con sus mentiras y engaños. Sólo Jesucristo tiene ese mérito porque habiendo vivido en un cuerpo de carne, jamás cometió pecado alguno, sino que se mantuvo puro y sin mancha hasta el final, para que tú y yo seamos libres de toda esclavitud del pecado y de la carne (naturaleza pecaminosa). Así que una vez que le recibimos como nuestro Señor y Salvador por Su gracia salvadora, podemos, por esa misma gracia recibir fortaleza para romper con todo lo que nos ata a la vieja naturaleza. El diablo va a decirnos que debemos hacer penitencia o cualquier otra cosa, pero eso sólo agravaría nuestra situación, pues ya no necesitamos utilizar nuestra fuerza carnal para lograr algo que sólo la Gracia de Dios puede darnos. "No será por la fuerza ni por ningún poder, sino por mi Espíritu dice el Señor Todopoderoso.” (Zacarías 4: 6b NVI).

Fue en la cruz del Calvario que Cristo sujetó Su carne voluntariamente, para que nosotros pudiéramos ser libres. “El Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad. Por tanto, nosotros todos, mirando con el rostro descubierto y reflejando como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en su misma imagen, por la acción del Espíritu del Señor.” (2ª Corintios 3: 16- 17 RV 95). Somos libres en Cristo, porque él rompió el velo que nos impedía ver a Dios y nos dio acceso hasta la misma presencia del Dios Todopoderoso. “Así que, hermanos, tenemos libertad para entrar en el Lugar santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne.” (Hebreos 10: 19-20). Una vez rotas las prisiones de la cruz que sostuvieron por unas horas a nuestro Amado Salvador, nos dieron a nosotros el poder en Cristo de romper también todo aquello que nos ata al pecado, porque fue en la cruz que Él cargó con todos nuestros pecados y allí deben quedarse, ya no tenemos por qué cargarlos de nuevo. Cristo nos ha hecho libres de toda atadura del diablo, de la carne y del mundo para que vivamos santa y piadosamente en Él, libres de toda contaminación y mancha del pecado.

La victoria en la cruz es también nuestra victoria porque hemos muerto a todo lo que nos llevaba a la muerte y hemos resucitado con Cristo para vivir una nueva vida en santidad y pureza. El pecado no tiene potestad en nosotros porque ya hemos muerto al pecado con sus deseos. “En efecto, si hemos estado unidos con él en su muerte, sin duda también estaremos unidos con él en su resurrección. Sabemos que lo que antes éramos fue crucificado con él para que nuestro cuerpo pecaminoso perdiera su poder, de modo que ya no siguiéramos siendo esclavos del pecado; porque el que muere queda liberado del pecado.” (Romanos 6: 5-7NVI) Por tanto celebra tu libertad en Cristo y no dejes que el diablo te siga engañando. Tú también ya has muerto con Cristo porque allí fue crucificada tu vieja naturaleza, ahora no tiene poder sobre ti, si es que tú no le das permiso. Cierra todo vínculo con el pecado de la carne y vive la victoria de tu resurrección con Cristo, “pues ustedes han muerto y su vida está escondida con Cristo en Dios.” (Colosenses 3: 3 NVI ) "Dios les dio nueva vida, pues los resucitó juntamente con Cristo. Por eso, dediquen toda su vida a hacer lo que a Dios le agrada. Piensen en las cosas del cielo, donde Cristo gobierna a la derecha de Dios. No piensen en las cosas de este mundo."(Colosenses 3:1BLS)