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domingo, 29 de mayo de 2011

LAS OBRAS TAMBIÉN CUENTAN

LAS OBRAS TAMBIÉN CUENTAN
Somos salvos por fe y no por obras, porque la salvación no depende de lo que hagamos, sino de lo que decidamos creer y aceptar, ya que esto define nuestro destino eterno, sea el cielo con Dios, o el infierno, alejado de Dios. Entonces, aquí, y sólo aquí, en esta tierra, mientras estemos en vida, decidimos dónde vamos a pasar la eternidad. “Porque por gracia ustedes han sido salvados mediante la fe; esto no procede de ustedes, sino que es el regalo de Dios, no por obras, para que nadie se jacte.” (Efesios 2: 8,9 NVI). Ahora bien, las obras que nosotros hagamos determinarán nuestra recompensa o cómo pasaremos la eternidad, porque a Dios le interesa lo que hacemos “hoy”, ya que hay una conexión directa entre lo que hacemos hoy, con lo que obtendremos en la eternidad, todo lo que hacemos, cuenta para Dios, Él toma en cuenta hasta un vaso de agua que demos a uno de Sus pequeños y no dejará de recompensarnos por la eternidad, a Él nada se le escapa. “Porque el Hijo del hombre ha de venir en la gloria de su Padre con sus ángeles, y entonces recompensará a cada persona según lo que haya hecho.” (Mateo 16: 27 NVI)

Cada persona tiene un comienzo, pero nuestra existencia seguirá eternamente, no tendrá fin; así que, al morir el ser humano puede ir a uno de los dos destinos eternos conforme a su elección mientras estuvo en la tierra, el cielo donde está Dios, que es un lugar real o el infierno, sin Dios, que también es real y no lo deseo para nadie. "Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a Su Hijo unigénito (único), para que todo aquél que cree en El, no se pierda, sino que tenga vida eterna. "Porque Dios no envió a Su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por El. "El que cree en El no es condenado (juzgado); pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito (único) Hijo de Dios. "Y éste es el juicio: que la Luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la Luz, pues sus acciones eran malas. "Porque todo el que hace lo malo odia la Luz, y no viene a la Luz para que sus acciones no sean expuestas. "Pero el que practica la verdad viene a la Luz, para que sus acciones sean manifestadas que han sido hechas en Dios." (Juan 3: 16-21 NBLH).

Si la persona, estando en vida, ha decidido creer en Jesucristo como Su Salvador y Señor, entonces decidió por el cielo con Dios, pero si al contrario, no quiso creer ni aceptar a Jesucristo como Su Salvador y Señor, entonces también ha decidido por la otra opción, el infierno, sin Dios. Conforme hayamos creído, vamos a definir nuestro destino eterno, pero conforme nos hayamos conducido en este período terrenal, determinamos nuestra recompensa, o grado de cómo pasaremos la eternidad. Inclusive en el infierno habrá grados o niveles de castigo."Y tú, Capernaúm, ¿acaso serás elevada hasta los cielos? ¡Hasta el Hades (región de los muertos) descenderás! Porque si los milagros que se hicieron en ti se hubieran hecho en Sodoma, ésta hubiera permanecido hasta hoy. "Sin embargo, les digo que en el día del juicio será más tolerable el castigo para la tierra de Sodoma que para ti." (Mateo 11: 23 NBLH). Observen que no lo digo yo, sino aquel que vino de la eternidad, que todo lo sabe. Ahora miren lo que Jesús les dijo a los escribas y Fariseos. "¡Ay de ustedes, escribas y Fariseos, hipócritas, que devoran las casas de las viudas, aun cuando por pretexto hacen largas oraciones! Por eso recibirán mayor condenación." (Mateo 23: 14 NBLH).

"Poco después, Jesús les dijo a sus discípulos: --No se preocupen. Confíen en Dios y confíen también en mí. En la casa de mi Padre hay lugar para todos. Si no fuera cierto, no les habría dicho que voy allá a prepararles un lugar. Después de esto, volveré para llevarlos conmigo. Así estaremos juntos." (Juan 14: 1-3 BLS). ¡Qué maravillosa promesa! Jesús dijo que estaremos con Él, por eso Él toma en cuenta cada detalle de nuestra vida, cada actitud de nuestro corazón, para poder darnos según nuestras obras. “Por este motivo confiamos y deseamos estar ausentes del cuerpo y presentes ante nuestro Señor, y nos esforzamos para que, ya sea presentes o ausentes, le seamos agradables, porque todos nosotros habremos de comparecer ante el tribunal del Cristo, para que cada uno sea recompensado de acuerdo a lo que hizo estando en el cuerpo, haya sido bueno o haya sido malo.” (2ª Corintios 5: 8-10). El último libro de la Biblia confirma lo que estamos diciendo: “También vi un trono blanco y al que estaba sentado en él, de cuya presencia se apartaron la Tierra y los cielos, y no se encontró lugar para ellos. Y vi a los muertos, grandes y pequeños, que estaban de pie delante del trono. Y los libros fueron abiertos. Después otro libro fue abierto, que es el de la vida. Y los muertos fueron juzgados por las cosas que estaban registradas en los libros, conforme a sus hechos. El mar entregó a los muertos que estaban en él, y la Muerte y el Seol entregaron a los muertos que se encontraban en ellos, y fueron juzgados cada uno conforme a sus acciones. Y la Muerte y el Seol fueron arrojados al lago de fuego. Ésta es la segunda muerte: el lago de fuego. Y el que no se hallaba inscrito en el libro de la vida, era arrojado al lago de fuego.” (Apocalipsis 20: 11- 15 SyEspañol).


El resultado de lo que hayamos hecho por Jesús aquí en la tierra determinará el grado de recompensa en el cielo; pero también las obras malas tendrán un grado de pago en el infierno. Entonces, mis amados cada cosa que hagamos, por muy pequeña que nos parezca, es tomada en cuenta por Dios. Que esta breve reflexión nos sirva para medir bien lo que hacemos para que nuestra recompensa pueda ser mayor, porque Dios es un Dios que recompensa por la eternidad. Entonces, mis obras también cuentan para Dios, porque hay una conexión directa entre lo que hacemos y la eternidad. Las decisiones que tomemos en vida, nos seguirán por la eternidad, así que no busquemos una recompensa terrenal, sino eterna. Hagamos todo como para Cristo y por amor a Él, porque la actitud con que lo hacemos también cuenta.

domingo, 10 de octubre de 2010

PERDONA NUESTROS PECADOS

PERDONA NUESTROS PECADOS

“… y perdona nuestros pecados, porque nosotros también perdonamos a todos los que nos han hecho mal.” (Lucas 11: 4 PDT)

Es importante, que al orar, solicitando el perdón de Dios, Le pidamos primero que el Espíritu Santo escudriñe nuestro corazón para ver qué cosas ocultamos en lo más profundo de nuestro ser, quizá todavía haya un antiguo resentimiento contra alguien, o algún otro pecado que debemos confesar, luego nos ponemos de acuerdo con Dios, nos arrepentimos y confesamos nuestro pecado, entonces Dios nos va a perdonar. “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.” (1ª Juan 1: 9 RV 60)

Sólo vamos a poder solicitar al Padre que nos perdone si nosotros también perdonamos, de lo contrario, con qué cara podríamos estar pidiéndole algo que nosotros no somos capaces de hacerlo. Cuando perdonamos las ofensas tenemos autoridad para frenar el daño y solicitar la protección divina. Perdonar no significa permitir que abusen de nosotros, tampoco nos da vía libre para juzgar al ofensor. Perdonar es no dejar que los gérmenes de la ofensa incuben en nuestro corazón. Con el perdón cuidamos nuestro pellejo, más que el ajeno. Perdonar también es un acto de amor, no sólo hacia el ofensor, sino también hacia nosotros mismos.

Cuando Jesús pendía de la cruz sin vida, un soldado romano quiso verificar si ya estaba muerto y le clavó su lanza en el corazón, en ese instante brotó agua y sangre de Su corazón abierto. La vida de Dios se manifestaba con Su muerte. La semilla que el Padre plantó yacía sin vida, para recibir una cosecha abundante de vidas salvadas por Su perdón liberado en la cruz. “Y Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen." (Lucas 23: 34ª). Cuando Jesús desató el perdón, todas las cadenas de opresión fueron rotas, para que todo aquel que acuda a Él obtenga perdón gratuito.

Cuando Jesús exclamó: “Padre, perdónalos…”, el infierno tembló, porque se rompía el poder del opresor que por miles de años mantuvo cautiva a la humanidad. La liberación de perdón de Jesús abrió las puertas del cielo a todo pecador que arrepentido se acogiera a la Gracia perdonadora de Dios, porque “por gracia somos salvos, por medio de la fe y esto no procede de nosotros, sino que es un regalo de Dios a toda la humanidad y no es por obra para que nadie tenga de qué gloriarse” (Efesios 2:8,9).

El Reino de los cielos es un Reino de perdón. El perdón da reposo a nuestro corazón y nos permite llegar a Dios en adoración y gozar de la intimidad con Él. Hay un tremendo poder en el perdón, es un milagro de vida, porque todo se vuelve estéril por la falta de perdón, en cambio cuando se libera a las personas perdonándolas, la vida de Dios fluye como un manantial que refresca no sólo nuestro corazón reseco y resquebrajado, sino el corazón y la vida de quienes nos han ofendido; porque no podemos pretender vivir sin perdonar, ya que no puede haber vida sin perdón.

“Todo aquel que aborrece a su hermano es homicida; y sabéis que ningún homicida tiene vida eterna permanente en él.” (1ª Juan 3: 15). Cuando estamos aborreciendo o detestando a alguien, lo estamos matando; y si permanecemos en esa actitud ¿Cuál va a ser nuestro fin? La muerte. ¿Qué clase de muerte? “Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre Celestial” (Mateo 6: 14) ¿Habrá algo que nos garantice la vida eterna sin el perdón de Dios? Recuerda que el homicida no tiene vida eterna permanente en él. ¿Quién otorga la vida eterna? Aquél que perdonó todos nuestros pecados. No podemos decir que amamos a Dios si aborrecemos al hermano, porque entonces estamos mintiendo. “Si alguien afirma: "Yo amo a Dios", pero odia a su hermano, es un mentiroso; pues el que no ama a su hermano, a quien ha visto, no puede amar a Dios, a quien no ha visto.” (1ª Juan 4:20). Si no amamos a Dios, no vamos a poder estar eternamente con Él.

La vida de Dios está en Su Hijo y el que tiene al Hijo no puede ser portador de muerte. Así que amados, permitamos que el Espíritu Santo revise nuestro corazón y perdonemos a quienes nos han ofendido, y en lugar de guardar ofensas, almacenemos perdón para el momento en que necesitemos liberarlo. El perdón y el amor se unen para dar vida. “Porque Cristo, cuando aún estábamos muertos en nuestros delitos y pecados, nos dio vida juntamente con Él, perdonándonos todos los pecados y anuló el documento que el diablo tenía en nuestra contra, se lo quitó y lo clavó en la cruz triunfando sobre todo principado y potestad, exhibiéndolos públicamente, para que nunca más tuviesen potestad sobre nosotros que hemos buscado la vida en Cristo y hemos recurrido a Su gratuito perdón.” (Colosenses2: 13-15).


Perdonar es un acto de fe que nos permite ver al ofensor transformado aun cuando siga ofendiéndonos. Entonces no perdonamos porque sentimos hacerlo o porque nuestra razón nos da razones para ello, sino porque le hemos creído a Jesús y estamos dispuestos a obedecerle para nuestro bien. Si somos inteligentes vamos a perdonar, porque nadie va a querer dañar su cuerpo, alma y espíritu almacenado resentimiento. Entonces de nuestro espíritu hacemos brotar fe para el perdón.

Cuando seamos capaces de amarnos como para no permitir que algo nos dañe, vamos a poder amar al prójimo como nos amamos a nosotros mismos, y estaremos tan resueltos a perdonar, que aun antes que llegue la ofensa, ya hemos vertido el bálsamo del perdón sobre el ofensor y lo hemos derramado también sobre nuestro corazón; entonces nuestra alma no se llenará de heridas y vamos a estar sanos, satisfechos, felices, en paz, rebosando de gozo y amando aun cuando no seamos amados. El perdón es uno de los dones más maravillosos de Dios y que está al alcance de toda persona que quiera recibirlo. Decide creerle al Espíritu Santo de Dios y recibe este don. Perdona y serás inmensamente feliz.

Dios no puede ir en contra de nuestra voluntad, pero, desde que hemos elegido la vida, el perdón de Dios debe fluir a través de nosotros. Hay vida en ti y el diablo no puede robar lo que tú no le permitas. Agárrate de la vida de Dios y “ocúpate de tu salvación con temor y temblor, porque Dios es el que produce en ti, así el querer como el hacer, por su buena voluntad” y lo que “Él ha empezado en ti lo completará hasta el día de Jesucristo.” (Filipenses 2: 12,13; 1:6).

lunes, 6 de abril de 2009

LA VICTORIA EN LA CRUZ

LA VICTORIA EN LA CRUZ

"Sabemos que nuestro viejo yo fue muerto en la estaca de ejecución con El, para que el cuerpo entero de nuestra propensión pecaminosa pudiera ser destruido, y a fin de no ser esclavizados más por el pecado." (Romanos 6: 6 TKIM-DE)
Es en la cruz donde se muere para resucitar en victoria; sin la experiencia de la muerte en cruz no podremos vivir en victoria. Nuestra mayor batalla no es con el diablo o los demonios, sino con nuestra propia “carne”, con nuestra vieja naturaleza acostumbrada a pecar y a satisfacerse para su propia destrucción. Muchas veces cuando no podemos controlar la ira o el resentimiento, o los celos, o la mentira, etc., tendemos a querer expulsar a los demonios que nos impulsan a pecar, cuando en realidad es nuestra propia concupiscencia arraigada en nuestra carne que nos pide con angurria satisfacer su apetito, que nos llevará a la destrucción. La carne (nuestra alma y nuestro cuerpo atados a la vieja naturaleza de pecado) se auto destruye, tiene una naturaleza suicida y quienes le hacen caso van rumbo a la muerte. “La mentalidad pecaminosa es muerte, mientras que la mentalidad que proviene del Espíritu es vida y paz.” (Romanos 8: 6 NVI).

Fue en la cruz del Calvario que se ganó la mayor de las victorias, que puso al alcance de toda la humanidad la capacidad de conseguir el perdón de todos los pecados y darnos acceso a la vida eterna al lado de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, quien habiendo derrotado el poder del diablo nos abrió la vía al cielo sin que esto nos cueste un solo centavo, pues Él ya pagó el precio por nuestra salvación, precio que sólo se podía pagar con sangre. Fue en la cruz que Jesús vertió Su preciosa sangre para librarnos de una vez por todas de las ataduras del diablo, con que nos tenía presos y nos empujaba al infierno. Fue en la cruz que Jesucristo puso en vergüenza a nuestro archienemigo Satanás y lo exhibió frente a todos quienes se agolparon ante la cruz para ver cuándo Jesús claudicaba de Su misión, pero habiendo vencido, aplastó la cabeza de la serpiente, que es el diablo, delante de todas las huestes celestiales y marchó en su desfile triunfal hasta el mismo infierno para quitarle el poder con que nos tenía atados, quitó al diablo las llaves de la muerte y ascendiendo al Padre en los cielos llevó cautiva la cautividad, para que todo aquel que le reciba (a Jesucristo) como Su Señor y Salvador, tenga vida eterna y sea librado del poder del pecado y de la muerte.

Fue en la cruz que Jesús hizo un trueque: Su vida por nuestra vida, para que todo aquel que le reciba, tenga vida eterna. Nada, ni nadie puede darnos la salvación, sólo Jesucristo, porque Él venció a Satanás quien nos mantenía esclavos del pecado con sus mentiras y engaños. Sólo Jesucristo tiene ese mérito porque habiendo vivido en un cuerpo de carne, jamás cometió pecado alguno, sino que se mantuvo puro y sin mancha hasta el final, para que tú y yo seamos libres de toda esclavitud del pecado y de la carne (naturaleza pecaminosa). Así que una vez que le recibimos como nuestro Señor y Salvador por Su gracia salvadora, podemos, por esa misma gracia recibir fortaleza para romper con todo lo que nos ata a la vieja naturaleza. El diablo va a decirnos que debemos hacer penitencia o cualquier otra cosa, pero eso sólo agravaría nuestra situación, pues ya no necesitamos utilizar nuestra fuerza carnal para lograr algo que sólo la Gracia de Dios puede darnos. "No será por la fuerza ni por ningún poder, sino por mi Espíritu dice el Señor Todopoderoso.” (Zacarías 4: 6b NVI).

Fue en la cruz del Calvario que Cristo sujetó Su carne voluntariamente, para que nosotros pudiéramos ser libres. “El Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad. Por tanto, nosotros todos, mirando con el rostro descubierto y reflejando como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en su misma imagen, por la acción del Espíritu del Señor.” (2ª Corintios 3: 16- 17 RV 95). Somos libres en Cristo, porque él rompió el velo que nos impedía ver a Dios y nos dio acceso hasta la misma presencia del Dios Todopoderoso. “Así que, hermanos, tenemos libertad para entrar en el Lugar santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne.” (Hebreos 10: 19-20). Una vez rotas las prisiones de la cruz que sostuvieron por unas horas a nuestro Amado Salvador, nos dieron a nosotros el poder en Cristo de romper también todo aquello que nos ata al pecado, porque fue en la cruz que Él cargó con todos nuestros pecados y allí deben quedarse, ya no tenemos por qué cargarlos de nuevo. Cristo nos ha hecho libres de toda atadura del diablo, de la carne y del mundo para que vivamos santa y piadosamente en Él, libres de toda contaminación y mancha del pecado.

La victoria en la cruz es también nuestra victoria porque hemos muerto a todo lo que nos llevaba a la muerte y hemos resucitado con Cristo para vivir una nueva vida en santidad y pureza. El pecado no tiene potestad en nosotros porque ya hemos muerto al pecado con sus deseos. “En efecto, si hemos estado unidos con él en su muerte, sin duda también estaremos unidos con él en su resurrección. Sabemos que lo que antes éramos fue crucificado con él para que nuestro cuerpo pecaminoso perdiera su poder, de modo que ya no siguiéramos siendo esclavos del pecado; porque el que muere queda liberado del pecado.” (Romanos 6: 5-7NVI) Por tanto celebra tu libertad en Cristo y no dejes que el diablo te siga engañando. Tú también ya has muerto con Cristo porque allí fue crucificada tu vieja naturaleza, ahora no tiene poder sobre ti, si es que tú no le das permiso. Cierra todo vínculo con el pecado de la carne y vive la victoria de tu resurrección con Cristo, “pues ustedes han muerto y su vida está escondida con Cristo en Dios.” (Colosenses 3: 3 NVI ) "Dios les dio nueva vida, pues los resucitó juntamente con Cristo. Por eso, dediquen toda su vida a hacer lo que a Dios le agrada. Piensen en las cosas del cielo, donde Cristo gobierna a la derecha de Dios. No piensen en las cosas de este mundo."(Colosenses 3:1BLS)

miércoles, 25 de febrero de 2009

LA VICTORIA DEL CALVARIO

LA VICTORIA DEL CALVARIO
"Antes, ustedes estaban muertos, pues eran pecadores y no formaban parte del pueblo de Dios. Pero ahora Dios les ha dado vida junto con Cristo, y les ha perdonado todos sus pecados. La ley escrita estaba en contra de nosotros, pero Dios le puso fin por medio de la muerte de Cristo en la cruz. Dios les quitó el poder a los espíritus que tienen autoridad, y por medio de Cristo los humilló delante de todos, al pasearlos como prisioneros en su desfile victorioso."
(Colosenses 2: 13-15 BLS)
Cuando Dios creó a Adán y Eva, les dio toda autoridad sobre lo creado. (Génesis 1: 28). Ellos eran los gobernantes absolutos sobre la tierra y debían traer el gobierno del cielo a la tierra. Eran los encargados de extender la cultura del reino de los cielos a este planeta. Por medio de ellos, cielo y tierra se unían y la voluntad de Dios se manifestaba. Pero, un día, Satanás se interpuso y astutamente hizo que Adán cediera su señorío al diablo. ¿Qué pasó? Adán decidió ser leal a Satanás y ya no a Dios. A partir de ese momento, su nuevo amo tenía derecho legal sobre ellos y sobre toda su descendencia. Dios no podía intervenir, porque Él respeta Sus leyes y si esa era la decisión del hombre, Dios la respetaba, a pesar de no ser la correcta. La tierra que Dios le dio al hombre fue traspasada a Satanás, pero ese no iba a ser su destino final, porque Dios había establecido que esta tierra le perteneciera a la raza humana, pero, ¿cómo recuperarla legalmente? Sólo un Hombre a la semejanza de Adán, pero sin la mancha del pecado, de la contaminación satánica, sólo Él legalmente podía recuperarla.

"Y si invocáis por Padre a aquel que sin acepción de personas juzga según la obra de cada uno, conducíos en temor todo el tiempo de vuestra peregrinación; sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación, ya destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros, y mediante el cual creéis en Dios, quien le resucitó de los muertos y le ha dado gloria, para que vuestra fe y esperanza sean en Dios." (1ª Pedro 1: 17 -21 RV60)
Entonces Dios, quien ya había destinado a Su Hijo desde antes de la fundación del mundo, para que fuese quien nos rescatase del yugo de esclavitud, llegado el momento, lo envió a rescatarnos; y vanos fueron los intentos de Satanás por destruirlo o hacerlo pecar, porque Jesús de Nazaret se mantuvo sin pecado. Satanás en su saña por destruir al Dios Hombre, lo llevó hasta la más cruenta y horrible muerte, la muerte de cruz, pensando que en algún momento se iba a romper el vínculo entre el Padre y el Hijo, pero sus expectativas se desvanecieron cuando se escucharon la palabras: “Consumado es”. Estas palabras retumbaron por todo el universo, estremeciendo inclusive los cimientos del infierno y paralizando de miedo e impotencia al líder de la pandilla infernal, Satanás, alias el diablo y a todo su ejército, quienes habiendo sido derrotados, fueron despojados de su poder y humillados frente a todos los santos ángeles de Dios, mientras el Cristo los exhibía públicamente en Su Gran Desfile Triunfal, destruyendo al que tenía el poder de la muerte, esto es el diablo.
Ahora Jesucristo nos dice: "No tengas miedo. Yo soy el Primero y el Último, y el que vive. Estuve muerto, pero ahora vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del infierno.” (Apocalipsis 1: 18) Iglesia, ya no hay de qué temer porque Satanás está destruido, hace 2000 años atrás ya fue destruido, ya no tiene ningún poder. Celebra tu libertad y empieza a gobernar. Toma autoridad y empieza a reinar.

Cuando se escucharon la palabras: “Consumado es”, Satanás sabía lo que le esperaba, porque había dado muerte a un inocente, ya no había escapatoria, su trampa se volvió contra él. Todo derecho legal que tenía sobre la humanidad le fue quitado; todo poder sobre la raza adámica quedaba anulado, su señorío fue deshecho y su maldad fue manifiesta. “Por tanto, ya que ellos son de carne y hueso, él también compartió esa naturaleza humana para anular, (destruir, derogar, abolir, inutilizar) mediante la muerte, al que tiene el dominio de la muerte --es decir, al diablo--, y librar a todos los que por temor a la muerte estaban sometidos a esclavitud durante toda la vida.” (Hebreos 2: 14, 15 NVI). Como Cristo no tenía la naturaleza de Adán en sus genes, no era esclavo de Satanás, por lo tanto aun siendo totalmente humano, derrotó al diablo y le quitó el derecho que tenía sobre nosotros. ¡Aleluya! Somos libres del tirano y nada tenemos con él, así como Jesucristo nada tenía con el príncipe de este mundo. "No hablaré mucho más con ustedes, porque viene el príncipe (gobernante) de este mundo, y él no tiene nada en Mí” (Juan 14: 30 NBLH). Las cadenas ya han sido rotas y el poder de Satanás ya ha sido anulado y toda autoridad ha vuelto a los hijos de Dios.

Entonces, ¿por qué todavía el diablo sigue haciendo de las suyas? Porque el diablo ha sometido a las personas por engaño, que es lo único que sabe hacer y les ha hecho creer que él todavía tiene poder, cuando en realidad ya ha sido despojado de su poder, ahora sólo es un pobre diablo. Dios ha delegado a Su Iglesia la autoridad para extender Su reino. “Jesús se acercó entonces a ellos y les dijo: Se me ha dado toda autoridad en el cielo y en la tierra. Por tanto, vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes. Y les aseguro que estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo.” (Mateo 28: 18-20 NVI) Al Vencedor se le dio toda potestad en los cielos y en la tierra y Él nos ha dado la orden de avanzar y tomar posesión de lo que por derecho nos pertenece. “Ellos lo han vencido por medio de la sangre del Cordero y por el mensaje del cual dieron testimonio; no valoraron tanto su vida como para evitar la muerte.” (Ap. 12:11) Este mensaje es la victoria de Cristo en la cruz y la derrota de Satanás. A él no le gusta oír de su derrota. Dísela y declara tu libertad mediante la sangre del Cordero por Su victoria en la cruz. Aleluya.

sábado, 21 de febrero de 2009

EL INFIERNO ES REAL

EL INFIERNO ES REAL
"Había una vez un hombre muy rico, que vestía ropas muy lujosas. Hacía fiestas todos los días, y servía las comidas más caras. En cambio, junto a la entrada de su casa había un hombre pobre, llamado Lázaro, que tenía la piel llena de llagas. Unas personas lo sentaban siempre allí, y los perros venían a lamerle las llagas. Este pobre hombre tenía tanta hambre que deseaba comer, por lo menos, las sobras que caían de la mesa del hombre rico."Un día, el hombre pobre murió y los ángeles lo pusieron en el sitio de honor, junto a su antepasado Abraham. Después murió también el hombre rico. Lo enterraron y se fue al infierno, donde sufría muchísimo. Desde allí vio a lo lejos a Abraham, y a Lázaro sentado junto a él. "Entonces el rico llamó a Abraham y le dijo: "¡Abraham, antepasado mío, compadécete de mí! Manda a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua y me refresque la lengua. Sufro muchísimo con este fuego". Pero Abraham le respondió: "Tú eres mi descendiente, pero recuerda que cuando ustedes vivían, a ti te iba muy bien, y a Lázaro, muy mal. Ahora, él es feliz aquí, mientras que a ti te toca sufrir. Además, a ustedes y a nosotros nos separa un gran abismo, y nadie puede pasar de un lado a otro". El hombre rico dijo: "Abraham, te ruego entonces que mandes a Lázaro a la casa de mi familia. Que avise a mis cinco hermanos que, si no dejan de hacer lo malo, vendrán a este horrible lugar". Pero Abraham le contestó: "Tus hermanos tienen la Biblia. ¿Por qué no la leen? ¿Por qué no la obedecen?" El hombre rico respondió: "Abraham, querido antepasado, ¡eso no basta! Pero si alguno de los muertos va y habla con ellos, te aseguro que se volverán a Dios". Abraham le dijo: "Si no hacen caso de lo que dice la Biblia, tampoco le harán caso a un muerto que vuelva a vivir"". (Lucas 16: 19 -31 BLS)

Tanto el cielo como el infierno son reales, aunque el infierno no fue creado para el ser humano, sino para Satanás y los ángeles que le siguieron."Luego dirá a los que estén a su izquierda: Ápártense de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles." (Mateo 25: 41 NVI). Pero lamentablemente, todos los que siguen a Satanás y no quieren arrepentirse y recibir a Cristo y seguirle, se irán al infierno. No basta con ser bueno según nuestro criterio o según lo que el mundo dicta, lo que importa es aceptar el sacrificio de Cristo y reconocer que nosotros no nos podemos salvar, sino sólo Jesucristo lo puede hacer. Reconocer esto y aceptarlo recibiendo a Jesucristo en nuestro corazón y obedeciendo Su Palabra nos libra del infierno. "No tengan miedo de la gente que puede destruir el cuerpo, pero no el alma. Teman a Dios, que sí puede destruir en el infierno el cuerpo y el alma." (Mateo 10: 28 BLS). Esto lo dijo Jesús, tan crudamente como lo leemos, Él no dudó en hablar del infierno y lo hizo para que nadie fuera allí, sino que temiendo a Dios, "temer" en el sentido de: “Pasión del ánimo, que hace huir o rehusar aquello que se considera dañoso, arriesgado o peligroso” según el Diccionario DRAE, podamos huir a tiempo, mientras estamos vivos en la tierra y no sufrir por la eternidad en el infierno. Tan sólo aceptando a Jesucristo de corazón, con arrepentimiento genuino y obedeciéndole, vamos a ser libres del infierno. Como ven, no es algo muy costoso, es sólo cuestión de decidirnos por Cristo.

"Habitantes del pueblo de Cafarnaúm, ¿creen que van a ser bienvenidos en el cielo? Déjenme decirles que van a ser enviados a lo más profundo del infierno. Si los milagros que se han hecho entre ustedes se hubieran hecho entre los habitantes de la ciudad de Sodoma, ellos habrían cambiado y la ciudad aún existiría. Les aseguro que en el día del juicio final el castigo que ustedes recibirán será peor que el de ellos". (Mateo 11: 23, 24 BLS). La incredulidad de las personas, cegadas por su orgullo, debido a la dureza del corazón, que ni aun viendo el poder de Dios no se arrepienten, dará como resultado que sean enviadas al infierno.

"Jesús les dijo: El que siembra la buena semilla de trigo soy yo, el Hijo del hombre. El terreno es el mundo, y las buenas semillas de trigo son todos los que obedecen las leyes del reino de Dios. Las semillas de cizaña son los que obedecen al diablo, que fue quien las sembró en el mundo. El tiempo de la cosecha es el juicio final, y los trabajadores que recogen la cosecha son los ángeles. Así como se arranca la mala hierba y se quema, así sucederá cuando Dios juzgue a todos. Yo, el Hijo del hombre, enviaré a mis ángeles para que saquen de mi reino a todos los que hacen lo malo y obligan a otros a hacerlo. Los ángeles echarán a esas personas en el infierno, y allí tendrán tanto miedo que llorarán y rechinarán los dientes. Pero los que obedecen a Dios brillarán como el sol en su reino. ¡Ustedes, si en verdad tienen oídos, presten atención!" (Mateo 13: 37-43 BLS) Al final del tiempo señalado por Dios, Él va a juzgar a la humanidad y separará a los que obedecieron al diablo para que sean echados al infierno, pero los que obedecemos al Dios Todopoderoso y a Jesucristo nuestro Salvador brillaremos por siempre en el Reino de Dios, con la luz que irradia de nuestro Amado Señor Jesucristo. “Dios dice en la Biblia: "Yo los escuché en el momento oportuno; llegó el momento de salvarlos, y lo hice". ¡Escuchen! Ese momento oportuno ha llegado. ¡Hoy es el día en que Dios puede salvarlos! (2ª Corintios 6: 2 BLS) Por tanto no desaproveches esta oportunidad, quizá mañana sea demasiado tarde. Recibe ahora a Jesucristo, el Hijo de Dios como tu Salvador y Señor. Pide perdón por tus pecados y vive para obedecerle en todo. En la Biblia encontrarás Su voluntad. ¡Léela!
Puedes leer
: Romanos 14: 15; 2ª Pedro 2: 4; Judas 1: 23; Apocalipsis 19: 20; cap.20: 10, 14, 15; cap. 21: 8)

lunes, 17 de noviembre de 2008

VIVIENDO LA VIDA DE DIOS EN NOSOTROS

VIVIENDO LA VIDA DE DIOS EN NOSOTROS,
UNA VIDA DE RESURRECCIÓN

Para vivir la vida de Dios en nosotros, necesitamos seguir por fe algunos pasos que la Biblia nos indica. Si no actuamos con fe, esto sería mera religiosidad que nos llevaría al fanatismo y daríamos lugar al espíritu de crítica. “Todo lo que no proviene de fe, es pecado.” (Romanos 14: 23). Lo que Jesús hizo en la cruz, no tiene precio, no podemos pagárselo con nada, fue algo incomparable, fue un verdadero acto de amor. Lo único que nos toca hacer es vivir la vida que Él ganó para nosotros. “Así que no dejen que el pecado controle su vida aquí en la tierra. No obedezcan los deseos de su naturaleza humana.” (Romanos 6:12 PDT). No hay nada que el diablo pueda hacer sin nuestro consentimiento. Por eso es importante mantenernos centrados en la Palabra de Dios para no dejar que el enemigo nos engañe con sus argucias, él sólo habla mentira porque es padre de mentiras. No debemos oírlo ni por un instante.
Pidamos a Dios entendimiento para hacer lo que Él nos manda, muriendo cada día y viviendo para Él. (Es importante leer cada texto citado y analizarlo, pidiendo a Dios que nos dé espíritu de sabiduría y revelación)

1º. Arrepintámonos de corazón y humillémonos delante de Dios confesando nuestras debilidades y pecados. (Salmo 51)
2º. Tomemos la decisión de renunciar a todo lo carnal en nosotros. A todo aquello que nos induce a pecar. (Tito 2: 11-14)
3º. Pongamos en práctica esta renuncia, haciendo morir lo terrenal en nosotros. Huyamos de todo lo que nos arrastra a pecar, (Colosenses 3: 5-7) y despojémonos de todo lo que nos lleva a la muerte (Colosenses 3: 8- 10).
4º. Vistámonos con las vestiduras de la nueva naturaleza. (Colosenses 3: 12 -14) Es importante no permanecer desnudos, sino cubiertos inmediatamente con las nuevas vestiduras. Estas vestiduras son las virtudes de Cristo.
5º. Permitamos luego, que la paz de Dios nos gobierne y seamos agradecidos. (Colosenses 3: 15). Vivamos en paz con nosotros, con Dios y con las personas. Controlemos nuestro carácter, pidiéndole al Espíritu Santo que nos ayude. De seguro que Él lo hará.
6º. Que more en abundancia la Palabra de Cristo en nosotros para ser de bendición a las personas. Leamos la Palabra de Dios y que Ella sea nuestro deleite constante. Meditemos en Ella todo el día. (Col. 3: 16)
7º. Que todo lo que hagamos sea para la gloria de Dios. Entonces, ya sea que coman, que beban, o que hagan cualquier otra cosa, háganlo todo para la gloria de Dios. (1ª Corintios 10: 31 NBLH) Sólo Cristo es merecedor de toda gloria.
8º. Ejercitémonos en la piedad (1ª Timoteo 4: 7). Vivamos una vida de excelencia moral.
9º. Perdonemos (Efesios 4: 32). No almacenemos resentimiento dentro de nosotros. Perdonemos de inmediato a quien nos ofenda.
10º. Amemos a Dios y al prójimo. (Deuteronomio 6: 4 -5; Mateo 22: 37-40; Marcos 12: 30-31). El amor a Dios es lo primero y esto nos lleva a amar al prójimo, tomando en cuenta que Dios ama a las personas que Él creó a Su imagen.

La vida de resurrección ya no piensa en la muerte, porque es una vida nueva en Cristo, cambiada y transformada de todas las ataduras del pasado que carcomen el alma y la arrastran al infierno. Una vida resucitada con Cristo ya no vive de acuerdo al sistema de este mundo, sino que va transformando su forma de pensar llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo y comprobando que la voluntad de Dios es buena, agradable y perfecta. La vida resucitada almacena perdón y no ofensas. Mantiene siempre sus aguas saludables porque el perdón las endulza, entonces el rencor y la amargura huyen porque no encuentran dónde estacionarse.

Una vida de resurrección entra al reposo de Dios porque ya no vive en obras muertas, sino que se ejercita en la piedad. Este ejercicio consiste en poner en práctica por fe los diez puntos citados, no olvidando que debemos perdonar en todo tiempo, amándonos unos a otros y amando a Dios sobre todas las cosas. Dios nos ha dado nueva vida para que vivamos en Su presencia todo el tiempo y le adoremos en espíritu y en verdad, porque la carne no puede adorar a Dios. Sólo cuando nos decidimos a morir (a lo carnal) vamos a poder resucitar y estar en la presencia de Dios viviendo en libertad.

Para vivir la vida de Dios en nosotros sólo necesitamos vivirla, es decir, dejar que Cristo actúe en nosotros. No se trata de estar echando fuera a los demonios para que nos dejen en paz, sino de hacer crecer a Cristo en nosotros. Si no hay espacio para el enemigo en nosotros, entonces él no va a poder entrar, porque estaremos llenos del Espíritu de Dios. Nuestra lucha no consiste en estar esquivando al diablo, sino solamente en someternos a Dios haciendo Su voluntad y obedeciéndole en todo, entonces el diablo huirá. Leamos el capítulo 4 de Santiago según la versión en la Biblia Lenguaje Sencillo.
¿Saben por qué hay guerras y pleitos entre ustedes? ¡Pues porque no saben dominar su egoísmo y su maldad! Son tan envidiosos que quisieran tenerlo todo, y cuando no lo pueden conseguir, son capaces hasta de pelear, matar y promover la guerra. ¡Pero ni así pueden conseguir lo que quisieran! Ustedes no tienen, porque no se lo piden a Dios. Y cuando piden, lo hacen mal, porque lo único que quieren es satisfacer sus malos deseos. Ustedes no aman a Dios ni lo obedecen. ¿Pero acaso no saben que hacerse amigo del mundo es volverse enemigo de Dios? ¡Pues así es! Si ustedes aman lo malo del mundo, se vuelven enemigos de Dios. ¿Acaso no creen lo que dice la Biblia, que «Dios nos ama mucho»? En realidad, Dios nos trata con mucho más amor, como dice la Biblia: «Dios se opone a los orgullosos, pero trata con amor a los humildes». Por eso, obedezcan a Dios. Háganle frente al diablo, y él huirá de ustedes. Háganse amigos de Dios, y él se hará amigo de ustedes.¡ Pecadores, dejen de hacer el mal! Los que quieren amar a Dios, pero también quieren pecar, deben tomar una decisión: o Dios, o el mundo de pecado. Pónganse tristes y lloren de dolor. Dejen de reír y pónganse a llorar, para que Dios vea su arrepentimiento. Sean humildes delante del Señor y él los premiará. No critiquen a los demás. Hermanos, no hablen mal de los demás. El que habla mal del otro, o lo critica, es como si estuviera criticando y hablando mal de la ley de Dios. Lo que ustedes deben hacer es obedecer la ley de Dios, no criticarla. Dios es el único juez. Él nos dio la ley, y es el único que puede decir si somos inocentes o culpables. Por eso no tenemos derecho de criticar a los demás. No sean orgullosos. Escúchenme, ustedes, los que dicen así: «Hoy o mañana iremos a la ciudad; allí nos quedaremos todo un año, y haremos buenos negocios y ganaremos mucho dinero». ¿Cómo pueden hablar así, si ni siquiera saben lo que les va a suceder mañana? Su vida es como la niebla: aparece por un poco de tiempo, y luego desaparece. Más bien deberían decir: «Si Dios quiere, viviremos y haremos esto o aquello». Sin embargo, a ustedes les gusta hablar con orgullo, como si fueran dueños del futuro, y eso es muy malo. Si ustedes saben hacer lo bueno y no lo hacen, ya están pecando.
Que Dios nos dé entendimiento para captar lo que el Espíritu nos revela en esta Palabra.