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martes, 28 de abril de 2009

SACRIFICIO DE ALABANZA

SACRIFICIO DE ALABANZA
“Así que, ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él (Jesucristo), sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre.” (Hebreos 13:15)
Es hermoso alabar al Señor en medio de la congregación juntamente con los hermanos y esto fluye espontáneamente sin hacer ningún esfuerzo, si es que estamos acostumbrados a hacerlo; sin embargo cuando las cosas no andan bien, resulta difícil para nuestros labios pronunciar alabanza. ¿Te has preguntado por qué? Porque inconscientemente o muy consciente, tu alma deduce que no puedes alabar a quien no merece alabanza, porque crees que Dios no está haciendo nada por ti, a pesar de ver tu sufrimiento que supones que es el mayor de todos los sufrimientos. ¿Qué estás haciendo entonces? Estás poniendo tu “YO” como el centro sobre el cual deben girar las cosas y estás dejando de lado a Jesucristo, quien debe ser en todo momento el centro de todo, sobre el cual nosotros debemos girar. Sólo Jesucristo es digno de alabanza, aun cuando las cosas no estén saliendo como las esperamos.

Ofrezcamos siempre a Dios”: Siempre quiere decir continuamente, en todo momento. Dios merece siempre nuestra alabanza, aunque ésta implique sacrificio para nosotros y las cosas no anden como quisiéramos. Cuando Jonás estaba en el vientre del pez, por su desobediencia, él invocó a Dios. Su situación no era posible de ser solucionada humanamente, él necesitaba un milagro y sabía a quién recurrir.
Jonás 2: “Entonces Jonás oró al Señor su Dios desde el vientre del pez. Dijo: "En mi angustia clamé al Señor, y él me respondió. Desde las entrañas del sepulcro pedí auxilio, y tú escuchaste mi clamor. A lo profundo me arrojaste, al corazón mismo de los mares; las corrientes me envolvían, todas tus ondas y tus olas pasaban sobre mí. Y pensé: He sido expulsado de tu presencia. ¿Cómo volveré a contemplar tu santo templo? Las aguas me llegaban hasta el cuello, lo profundo del océano me envolvía; las algas se me enredaban en la cabeza, arrastrándome a los cimientos de las montañas. Me tragó la tierra, y para siempre sus cerrojos se cerraron tras de mí. Pero tú, Señor, Dios mío, me rescataste de la fosa. "Al sentir que se me iba la vida, me acordé del Señor, y mi oración llegó hasta ti, hasta tu santo templo. "Los que siguen a ídolos vanos abandonan el amor de Dios. Yo, en cambio, te ofreceré sacrificios y cánticos de gratitud. Cumpliré las promesas que te hice. ¡La salvación viene del Señor!" Entonces el Señor dio una orden y el pez vomitó a Jonás en tierra firme.”

“Yo empero con voz de alabanza te sacrificaré: pagaré lo que prometí: a Jehová sea el salvamento.” (Jonás 2: 9 –RV1865) La alabanza es un elogio o celebración que se hace a alguien por sus proezas. Jonás prometió elogiar a Dios por la tremenda salvación que obtuvo, porque estando prácticamente muerto, sepultado ya y sus ojos veían muy cerca el mismo infierno a donde fue lanzado por su desobediencia, sin embargo, él sabía que si clamaba al Dios misericordioso, Éste le salvaría, entonces él no dejaría de alabarle. Jesucristo nos salvó de una muerte eterna, inminente y segura a causa del pecado que heredamos desde Adán, ¿no habríamos de alabarle todo el tiempo y durante la eternidad? ¿Acaso es menor nuestra salvación que la de Jonás? Nuestra salvación es mucho mayor que la de Jonás porque el precio pagado es incomparablemente mayor, ya que es el precio de la Sangre del Hijo de Dios hecho hombre por nosotros. Por lo tanto no debería faltar la alabanza de nuestros labios. Si sacrificamos alabanza a Dios, es decir que alabamos aun cuando no sintamos hacerlo, estamos haciendo lo que deberíamos hacer y aun así estamos catalogados como “siervos inútiles”, porque sólo hacemos lo que debemos hacer y no más de ello (Lucas 17:10). Si hacemos las cosas porque debemos hacerlas, estamos cayendo en una mera religión, pero si lo que hacemos, lo hacemos por amor y gratitud, esto agrada a Dios. El sacrificio de alabanza debe ser hecho por amor y gratitud, aun cuando no sintamos hacerlo y nuestros labios se nieguen a prorrumpir en alabanza. Estábamos destinados a una muerte segura, sin embargo Jesucristo nos dio vida, Su vida (Efesios 2:1- 10). Alábale desde el fondo de tu corazón, con tus labios y con tu espíritu. Declara las obras maravillosas que Él ha hecho por ti. Alábale.

“Porque mía es toda bestia del bosque, Y los millares de animales en los collados. Conozco a todas las aves de los montes, Y todo lo que se mueve en los campos me pertenece. Si yo tuviese hambre, no te lo diría a ti; Porque mío es el mundo y su plenitud. ¿He de comer yo carne de toros, O de beber sangre de machos cabríos? Sacrifica a Dios alabanza, Y paga tus votos al Altísimo; E invócame en el día de la angustia; Te libraré, y tú me honrarás. Pero al malo dijo Dios: ¿Qué tienes tú que hablar de mis leyes, y que tomar mi pacto en tu boca? Pues tú aborreces la corrección, Y echas a tu espalda mis palabras. Si veías al ladrón, tú corrías con él, Y con los adúlteros era tu parte. Tu boca metías en mal, Y tu lengua componía engaño. Tomabas asiento, y hablabas contra tu hermano; Contra el hijo de tu madre ponías infamia. Estas cosas hiciste, y yo he callado; Pensabas que de cierto sería yo como tú; Pero te reprenderé, y las pondré delante de tus ojos. Entended ahora esto, los que os olvidáis de Dios, No sea que os despedace, y no haya quien os libre. El que sacrifica alabanza me honrará; Y al que ordenare su camino, Le mostraré la salvación de Dios.” (Salmo 50: 10- 23 RV60) Conviene leer todo el capítulo.

El sacrificio de alabanza guardará nuestro corazón de mal, porque vamos a estar centrados en el Dios de nuestra salvación y no en nuestras proezas, o fracasos; en lo que nos hacen o dejan de hacer otras personas. Hagamos de nuestra vida un altar de alabanza a Dios y seamos así aceptables a Él; que no broten de nuestros labios quejas contra Dios, o insulto, o infamia contra nadie, pues ningún ser humano, por quien Jesucristo dio Su vida, merece desprecio, sino nuestro sincero amor y honra, porque honrando al prójimo le honramos a Dios. Todo lo que respira alabe al Señor. Aleluya.”

sábado, 25 de abril de 2009

QUIÉN SOY Y CUÁL ES MI PROPÓSITO


ENTENDIENDO QUIÉN SOY Y CUÁL ES MI PROPÓSITO

"El Espíritu del Señor es sobre mí, por cuanto me ha ungido para predicar el evangelio a los pobres; me ha enviado para sanar a los quebrantados de corazón; para pregonar a los cautivos libertad, y a los ciegos vista; para poner en libertad a los quebrantados; para pregonar el año agradable del Señor." (Lucas 4: 18,19 RV 2000)

Estas palabras fueron dichas por Jesús antes de empezar Su ministerio. Él sabía quién gobernaba Su vida y para qué fue enviado. El hijo/a de Dios debe saber que el Espíritu Santo es quien gobierna su vida, porque desde el momento que nos hemos rendido a Cristo Jesús recibiéndole como Señor y Salvador, ya no tenemos derecho de autogobernarnos, ya no podemos ser independientes en todos los actos de nuestra vida, porque ahora es el Espíritu de Dios quien nos gobierna y Él sabe cómo dirigirnos, porque Dios todo lo sabe. El problema radica en que nuestra alma quiere tener el control de todo nuestro ser e inclusive quiere controlar al mismo Espíritu Santo. Jesús dijo: “El Espíritu del Señor está sobre mí…” Jesús era Dios, pero también era hombre, sujeto a las tentaciones carnales de toda persona, pero venció al tentador y a la tentación porque sabía quién era Él y quién gobernaba Su vida.

En Su humanidad, Jesús tenía las mismas necesidades que tenemos los humanos, por lo tanto, Él tenía que reconocer que quien dirigía Su vida era el Espíritu del Señor, que estaba como una cobertura sobre Jesús. Él no podía hacer las cosas independientemente de Dios. Por eso Él dijo: "No puedo yo de mí mismo hacer nada; como oigo, juzgo; y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió, del Padre." (Juan 5: 30) Cada hijo de Dios debe reconocer que su voluntad debe estar sujeta a la de Dios. Lea Juan 4: 30-34, vemos que Jesús sujetó inclusive su estómago a la voluntad de Dios. Él sabía elegir las prioridades; y antes que la comida, estaban las almas, esa era su mayor prioridad y debe ser la nuestra. Si dedicáramos más tiempo en interceder que en comer, pienso que nuestra nación sería diferente; si dejáramos de pensar en satisfacer las necesidades del estómago y nos dedicáramos a satisfacer a Dios, haciendo Su voluntad, Dios se encargaría de darnos la mejor comida que nosotros nunca pudiéramos obtener con nuestro salario. El hijo/a de Dios no puede hacer las cosas como le plazca, porque ahora su prioridad debe ser satisfacer a Dios; y comparado con lo que Dios hizo por nosotros, eso no suena como sacrificio, porque cualquiera cosa que hagamos para complacer a nuestro Amado Señor, resultará poco. Atrévete a contemplar lo que hizo Jesús por ti en la cruz, para ver lo que significa el sacrificio hecho en el Calvario. Todo lo que Jesús tuvo que renunciar por venir a esta tierra y liberarte del pecado y de Satanás, para darte acceso al cielo, borrando todos y cada uno de tus pecados con Su sangre redentora, cosa que ni tú, ni nadie lo hubiera podido hacer.

El Espíritu del Señor está también sobre ti, créelo y decláralo, esto te librará de pecar, porque no puede pecar quien está sujeto al Espíritu Santo y está ungido por Dios para predicar el evangelio a los pobres, a los necesitados. El mundo está necesitado del verdadero Dios. Muchas almas mueren cada día y van al infierno por nuestra negligencia, por no obedecer el mandato de Jesús de hacer discípulos introduciendo en el Reino de Dios a las personas y no dándoles una religión opresora, porque en el Reino de Dios hay libertad para vivir como Dios quiere que vivamos y no como dicta nuestra razón. Dios siempre tiene lo mejor para nosotros. Sujetándonos a Él nos vamos a evitar de grandes problemas. La voluntad de Dios es la mejor opción para nosotros, confiemos en Él y dejemos que Él haga Su obra en nosotros, no seamos un obstáculo. Vivamos para extender Su Reino. Somos agentes de transformación y no de conformismo.
"Todos ustedes, en cambio, han recibido unción del Santo, de manera que conocen la verdad. No les escribo porque ignoren la verdad, sino porque la conocen y porque ninguna mentira procede de la verdad. ¿Quién es el mentiroso sino el que niega que Jesús es el Cristo? Es el anticristo, el que niega al Padre y al Hijo. Todo el que niega al Hijo no tiene al Padre; el que reconoce al Hijo tiene también al Padre. Permanezca en ustedes lo que han oído desde el principio, y así ustedes permanecerán también en el Hijo y en el Padre. Ésta es la promesa que él nos dio: la vida eterna. Estas cosas les escribo acerca de los que procuran engañarlos. En cuanto a ustedes, la unción que de él recibieron permanece en ustedes, y no necesitan que nadie les enseñe. Esa unción es auténtica --no es falsa-- y les enseña todas las cosas. Permanezcan en él, tal y como él les enseñó. Y ahora, queridos hijos, permanezcamos en él para que, cuando se manifieste, podamos presentarnos ante él confiadamente, seguros de no ser avergonzados en su venida." (1ª Juan 2: 20-28) La permanencia en Cristo nos hace estar en la verdad y no permite dejarnos engañar por mentiras que quieren torcer la Palabra de Dios a favor de intereses mezquinos, que pueden incubarse en nuestra alma si no estamos permaneciendo en Él todo el tiempo. Hemos sido ungidos para predicar el evangelio, no sólo a través de nuestras palabras, sino mayormente de nuestro testimonio. Cristo vivió para mostrar a Dios y la unción que tenemos también debe mostrar a Dios. Esta unción viene de Dios y la recibimos si permanecemos en Él, en intimidad, anhelando al Amado en todo momento, unido al Él, así como Jesús estuvo con el Padre.

Cree y confiesa que el Espíritu de Dios está sobre ti y que eres ungido para predicar el evangelio a los pobres y que además eres enviado para sanar corazones heridos, para dar palabras de consuelo a las personas que sufren; para anunciar que hay libertad en Cristo, porque toda cadena de opresión ya ha sido rota en la cruz. Que toda venda se caiga de tus ojos para que veas lo que Cristo logró en la cruz. Amado/a, eres libre de las prisiones del odio, de la mentira, de todo vicio, porque el Cristo que vive en ti te ha hecho libre, ya no tienes que vivir en amargura recordando un pasado que no vas a poder cambiar. Puedes amar, porque Cristo es amor. El Espíritu del Señor está sobre ti, y en ti, y tú en Él. La atmósfera que te rodea es amor, es paz, es gozo y toda fragancia que produce el fruto del Espíritu de Dios, porque Él sana el corazón quebrantado, el alma herida. Transmite esa atmósfera. Hay sanidad en Su Reino. Hay vida en Cristo, y tú estás en Él para manifestar la vida de Dios; esa vida produce cambios, transforma, liberta. La misión tuya es la misma de Cristo, deshacer las obras del diablo, proclamando libertad, sanando, quitando la venda de los ojos para que vean a Dios. Si entiendes quién eres y cuál es tu propósito, tu vida y tu entorno nunca más van a ser iguales.

martes, 17 de febrero de 2009

¿POR QUÉ VIENEN LAS PRUEBAS?

¿POR QUÉ VIENEN LAS PRUEBAS?
"Y te acordarás de todo el camino por donde te ha traído el SEÑOR tu Dios estos cuarenta años en el desierto, para afligirte, por probarte para saber lo que [había] en tu corazón, si habías de guardar o no sus mandamientos.” (
Deuteronomio 8:2)
El Dios Todopoderoso sabe lo que hay en nuestro corazón, pero a través de las pruebas, Él saca a luz lo que tenemos dentro y lo deja al descubierto para veamos cómo está nuestro corazón. Mientras todo va bien, estamos dispuestos a servirle y creemos que será siempre así, pero venida la prueba, las cosas pueden cambiar, por eso es de suma importancia escudriñar cómo andamos delante de Dios, qué realmente llevamos dentro de nosotros, si es que le servimos por conveniencia solamente, o lo hacemos de corazón. “Hagamos un examen de conciencia y volvamos al camino del Señor.” (Lamentaciones 3:40 NVI) Volvámonos de nuestra incredulidad a creerle a Él. ¿Acaso el Dios del cielo mentiría? Lo que Él dijo que haría respecto a nosotros, lo hará. “Porque somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios dispuso de antemano a fin de que las pongamos en práctica.” (Efesios 2:10) El camino por donde debemos andar ya está trazado, es un camino de buenas obras, por donde se transita por fe. Las obras no son nuestras, son de Dios; así que si nos dejamos guiar por el Espíritu de Dios, esas buenas obras o frutos van a ser evidentes; porque así como se hacen evidentes las obras de la carne, el fruto del Espíritu también debe manifestarse a través de nosotros. Este fruto se hace visible a medida que vamos renunciando a los deseos de la carne, que ahora resultan contrario a nuestra naturaleza, porque somos nuevas criaturas en Cristo; y lo nuevo no es compatible con lo viejo, es totalmente opuesto.

La prueba (sufrimiento) tiene como fin formar el carácter de Cristo en nosotros. No es que a Dios le complazca vernos sufrir, sino que es como un escultor que talla una piedra hasta darle la forma perfecta. Dios quiere que Su templo, el cual somos nosotros, sea digno de albergar la plenitud de la Deidad y para esto, debe estar plenamente cubierto por el mismo Espíritu de Dios, donde no se vea nada de nosotros. Lo que queda de nosotros son como aristas punzantes y Dios tiene que golpear y golpear hasta hacerlas desaparecer, para que podamos, como piedras vivas, encajar una al lado de la otra sin lastimarnos y así unidos formemos el Cuerpo de Cristo. “De este modo, todos llegaremos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a una humanidad perfecta que se conforme a la plena estatura de Cristo.” (Efesios 4:13) El carácter de Cristo es lo que Dios quiere en Su Cuerpo (Iglesia), “para que todos sean uno. “Padre, así como tú estás en mí y yo en ti, permite que ellos también estén en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que me diste, para que sean uno, así como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí. Permite que alcancen la perfección en la unidad, y así el mundo reconozca que tú me enviaste y que los has amado a ellos tal como me has amado a mí.” (Juan 17: 21-23). La unidad, no la uniformidad es lo que demuestra el carácter, pero para llegar a eso necesitamos aprender a vivir unidos a pesar de las diferencias. No podemos pedir que el ojo actúe como la boca. Cada cual cumpla su función para agradar al Señor y desista de mirar lo que otros hacen o dejan de hacer, porque cada uno va a dar razón de sí mismo y no de otro.

“Aunque era Hijo, mediante el sufrimiento aprendió a obedecer; y consumada su perfección, llegó a ser autor de salvación eterna para todos los que le obedecen.” (Hebreos 5: 8, 9) No es fácil obedecer, nuestra naturaleza tiende a rebelarse; se requiere tomar la firme decisión de obedecer y pedirle a Dios que nos ayude. Ese conflicto dentro de nosotros nos causa sufrimiento, porque por un momento queremos complacernos antes que complacer a aquel que nos llamó por soldado, y esa renuncia a nuestro placer nos causa sufrimiento, pero es necesario para que Cristo crezca en nosotros. En algún momento queremos hablar mal de otra persona, pero sabemos que eso no es obrar en justicia, entonces tomamos control de nuestros pensamientos y los llevamos a la cruz de Cristo, sujetos allí, para poder pensar los pensamientos de Cristo. La obediencia absoluta al Soberano Dios, es la ley del Reino de Dios. No tiene que hacerse nuestra voluntad, sino sólo la de Él, porque Su voluntad es lo mejor para nosotros. Aprender a obedecer va a formar carácter en nosotros, nos va a disciplinar y eso muchas veces no es placentero.

“El oro, aunque perecedero, se acrisola al fuego. Así también la fe de ustedes, que vale mucho más que el oro, al ser acrisolada por las pruebas demostrará que es digna de aprobación, gloria y honor cuando Jesucristo se revele." (1ª Pedro 1:7) Las pruebas limpian nuestra conducta para que lleguemos a ser semejantes a Cristo. "Ahora que se han purificado obedeciendo a la verdad y tienen un amor sincero por sus hermanos, ámense de todo corazón los unos a los otros. Pues ustedes han nacido de nuevo, no de simiente perecedera, sino de simiente imperecedera, mediante la palabra de Dios que vive y permanece.” (1ª Pedro 1: 22,23) Recordemos que somos nuevos en Cristo porque Su naturaleza nos ha sido dada para que le conozcamos y nos perfeccionemos más y más. Así que amados, gocémonos en las pruebas porque el fin de éstas es hacernos semejantes a Cristo. Ya no nos quejemos, sino que mantengamos un carácter dócil con el Señor para que Él nos amolde cada vez más a Su imagen y semejanza. Alaba a Dios a pesar de las pruebas, ofrece sacrificio de alabanzas y tu alma será regenerada.