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miércoles, 29 de julio de 2009

AMARGURA POR NO PERDONAR?

¿ESTÁS SIENDO VÍCTIMA DE LA AMARGURA POR NO PERDONAR?
"Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia. Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo."
(Efesios 4: 31-32 RV60)
En algún momento en nuestra vida hemos pasado por esa hiel de amargura llamada “falta de perdón” y siempre hemos encontrado razones suficientes para alimentar ese dañino sentimiento dentro de nosotros. Quiero darte algunas reflexiones para que medites acerca de cuán horrible y detestable es para nuestra vida la incapacidad de perdonar. Está en nuestra voluntad la capacidad de decidir perdonar o no. Ninguna persona con sano juicio y que se ame lo suficiente permanecerá con el tormento de no perdonar. Yo sé que tú eres una persona sabia y que desde ahora, si no lo has hecho antes, estarás dispuesta a perdonar cualquier ofensa, por muy grave que ésta sea, porque Dios nos perdonó lo imperdonable, de lo contrario tendríamos a un Dios amargadísimo, pero Dios es amor y perdonador. Imitemos Su carácter.

Hay algo más amargo que la hiel, es la falta de perdón
La amargura es una cárcel que se llama “Falta de Perdón”
La daga que tortura tu corazón, se llama “Falta de Perdón”.
La falta de perdón es un gigante del cual no hay que tener piedad. ¡Asesínalo!
La falta de perdón te enclaustra en una cámara de tortura.
La amargura es una planta que crece en un terreno llamado falta de perdón.
La falta de perdón endurece tu corazón. Te insensibiliza.
Si quieres ser infeliz, no perdones.
La falta de perdón es un calabozo donde voluntariamente entras; pero también puedes voluntariamente salir si tan sólo perdonas.
La falta de perdón no te permite alcanzar los favores que Dios te ofrece.
A causa de tu orgullo herido te ves imposibilitado de perdonar.
La falta de perdón sale por la boca, por los ojos y por todo el ser de la persona contaminando de esta forma todo su entorno y más allá.
¡AY del pueblo que está regido por una persona amargada por la falta de perdón!
La falta de perdón exige venganza, tiene sed de sangre y busca sus víctimas en el intrincado infierno de su mente.
La persona que no perdona no es capaz de amar.
Aléjate de una persona amargada para que no te salpique su hiel de falta de perdón.
La falta de perdón son recuerdos recurrentes de algo que ha dañado nuestro orgullo.
La falta de perdón es una herida que supura fétida pus.
La falta de perdón tiene dos aliados inseparables: la Amargura y el Resentimiento.
La falta de perdón no sólo envenena el alma, puede también acabar con el cuerpo.
La falta de perdón ya es en sí un infierno interno, porque atormenta día y noche sin piedad.
La falta de perdón nos envuelve con las raíces de la amargura hasta estrangularnos. Sólo hay un cuchillo que puede cortar esas enrevesadas raíces y liberarte de una angustiante muerte, se llama: Perdonar.
El perdonar no es un sentimiento, sino una decisión; tampoco significa olvido, porque la ofensa es una herida que está abierta mientras nos mantenemos ofendidos; pero perdonar es el bálsamo que empieza a curar la herida. Decide perdonar y no te asustes si todavía no puedes olvidar. Si te mantienes en la actitud de perdonar, el olvido va a empezar a manifestarse. Dale tiempo a la herida para que se cicatrice y en el ínterin (entre tanto) bendice al ofensor, éste es otro bálsamo que ayuda a la cicatrización; luego empieza a darle amor, ama a la persona que te ofendió, esto no significa que vas a estar de a besitos con ella, sino que no haya en ti sentimientos negativos contra ella. El amor es el bálsamo que terminará con el proceso de la cicatrización y luego el olvido aparece y sin que nos demos cuenta, ya no nos duele la ofensa aunque la cicatriz de la herida no se borre. Perdona y sé feliz. La vida es tan corta para desperdiciarla con la falta de perdón. Tú tienes derecho a ser feliz. Jesús dijo: “Pero yo les digo: Amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen, para que sean hijos de su Padre que está en el cielo. Él hace que salga el sol sobre malos y buenos, y que llueva sobre justos e injustos.” (Mateo 5: 44-45)

lunes, 29 de diciembre de 2008

QUE TE SEAN RESTITUIDOS TUS SUEÑOS



  • Que este año te sean restituidos aquellos sueños que aún están dormidos y…

  • Que tengas suficiente amor, para amar aun a aquellos que no te aman

  • Que tengas suficiente gozo, para llenar de alegría tu mundo

  • Que tengas suficiente paz, para pacificar tu alma y la de los demás

  • Que tengas suficientes pruebas, para que seas paciente con los que te rodean

  • Que tengas suficiente dinero, para compartir con los necesitados

  • Que tengas suficientes ofensas, para poder perdonar

  • Que tengas suficiente de Jesucristo en tu corazón para darlo a conocer

  • Que tengas suficiente humildad, para no ofenderte

  • Que tengas suficiente mansedumbre, para ser dócil

  • Que tengas suficiente amabilidad, para ser cortés aun con aquellos que son intolerables

  • Que tengas suficiente dominio propio, para controlar tus impulsos de venganza

  • Que tengas suficiente FE para creerle a Dios a pesar de las circunstancias

  • Que tengas suficientes amigos para compartir con ellos este mensaje y que Dios te dé suficientes cosas más de todo aquello que anhela tu corazón.

jueves, 11 de diciembre de 2008

PERDÓN Y FE

PERDÓN Y FE

"Y a [sus] discípulos dice: Imposible es que no vengan escándalos; mas ¡ay de aquel por quien vienen! Mejor le fuera, si una muela (piedra grande) [de un molino] de asno le fuera puesta al cuello, y le lanzasen en el mar, que escandalizar a uno de estos pequeñitos. Mirad por vosotros (se trata de ustedes, no del otro); si pecare contra ti tu hermano, repréndele; y si se arrepintiere, perdónale. Y si siete veces al día pecare contra ti, y siete veces al día se volviere a ti, diciendo, me arrepiento; tú le perdonarás. Y dijeron los apóstoles al Señor: Auméntanos la fe. Entonces el Señor dijo: Si tuvieseis fe como un grano de mostaza, diréis a este sicómoro: Desarráigate, y plántate en el mar; y os obedecerá." (Lucas 17:1-6 RV2000)

Qué difícil es perdonar. Realmente se necesita mucha fe para hacerlo, eso pensaron los discípulos; pero cuando ellos pidieron a Jesús que les aumentara la fe para poder perdonar, Él sencillamente les dijo: Si han recibido la semilla de fe, que no tiene que ser la más grande, sino más bien, tan grande como una semillita de mostaza, que puede contener todo el código genético de la planta, entonces ustedes podrán hacer hasta lo imposible. Parece imposible perdonar a quien nos está pinchando todo el tiempo y después con su misma cara de palo viene a nosotros a pedirnos perdón, o como si nada hubiera pasado nos sigue hablando de la forma más natural. Esto nos desconcierta y nos enfurece, pero el perdón puede desarraigar ese estorbo y arrojarlo al mar. ¿Vivirá una planta terrestre en el salado mar? Por supuesto que no. Entonces nuestro problema queda resuelto si tenemos fe para perdonar. Recordemos que el estorbo no es la persona, sino nuestra actitud hacia ella. El sicómoro que debemos desarraigar es nuestra actitud, es el resentimiento que se va gestando dentro de nosotros. Pero ¿cómo? Perdonando para no ser causa de escándalo a los más débiles. Si tenemos la capacidad de generar perdón en nosotros para que cuando llegue el momento lo usemos, entonces brotará el perdón en cuanto sintamos el pinchazo; y en este caso el perdón es como una anestesia, que aplacará el dolor de la punzada y no permitirá que la semilla del resentimiento penetre en nosotros y se desarrolle. Cuando la semilla de fe para perdonar es sembrada en nosotros, porque decidimos creerle a Jesús y obedecerle; entonces se produce en nuestro interior una planta llamada “perdón”, que produce frutos con el mismo nombre. Esta planta tiene la capacidad de sanar nuestro terreno y fortalecer nuestra intimidad con Dios.

Casi siempre hemos culpado a la actitud de la otra persona como causa de nuestro resentimiento y falta de perdón, pero ahora el Señor nos muestra que el problema está en nuestro corazón, por lo tanto examinemos lo que hay dentro de nosotros. Lo único que tenemos que hacer con respecto a la persona que nos ofende es perdonarla; esto no significa que estamos de acuerdo con lo que ella hace, ni que no nos haya afectado lo que hizo; sino que decidimos creerle a Dios y obedecerle para perdonar y no almacenar rencor en nosotros; esto lo hacemos por nuestro bien, así como por el bien de la otra persona, de ese modo nos liberamos de la opresión y de nuestra consecuente destrucción. Cuando perdonamos liberamos aquella energía que nos consume y arrojamos de nosotros el rencor que corroe nuestra alma. ¿Por qué vamos a avivar la llama del resentimiento para seguir quemándonos? Cuando la ofensa produce en nosotros una llaga, no vamos a buscar un soplete para que esa flama consuma la llaga; esto sería muy tonto de nuestra parte, pues ahondaría más la herida. Lo que debemos hacer es colocarle el bálsamo del perdón y poco a poco la llaga se va curando, hasta que sólo queda una cicatriz que la seguimos friccionando con aceite (símbolo del Espíritu Santo) hasta que la piel se recupere, en algunos casos completamente y en otros quedará todavía una señal del daño, pero ya no causará dolor. En ciertas ocasiones necesitaremos mayor tiempo para curar determinadas heridas o pérdidas que hayamos podido tener en el transcurso de nuestra vida. Quizá busquemos una serie de pretextos para no perdonar; a veces uno de estos pretextos es esperar que quien nos haya ofendido, se arrepienta primero para poderlo perdonar; pero debemos darnos cuenta que esa espera nos consume cada día que pasa y destruye la paz y la felicidad que necesitamos; además obstruye nuestra comunión con Dios.

Quiero que entendamos algo: La fe no es un sentimiento, aunque se siente muchas veces. Fe y razón no son compatibles, aunque la razón debe admitirla. La fe es una sustancia espiritual, es la naturaleza de Dios, proviene de Dios; y esa fe de Dios nos es dada en el momento que hemos recibido a Jesús en nuestro corazón. Lo que tenemos que hacer es activarla con la Palabra de Dios. "Así que la fe viene como resultado de oír el mensaje, y el mensaje que se oye es la palabra de Cristo." (Romanos 10: 17). Debemos regarla cada día hasta que crezca y se desarrolle. En la semilla de la fe está la naturaleza de Dios para que realicemos hasta lo imposible, pero porque es de Dios no actúa racional ni sentimentalmente, sino espiritualmente.

El perdonar es un acto de fe que nos permite ver al ofensor transformado aun cuando siga ofendiéndonos. Entonces no perdonamos porque sentimos hacerlo o porque nuestra razón nos da razones para ello, sino porque le hemos creído a Jesús y estamos dispuestos a obedecerle para nuestro bien. Si somos inteligentes vamos a perdonar, porque nadie va a querer dañar su cuerpo, alma y espíritu almacenado resentimiento. Entonces de nuestro espíritu hacemos brotar fe para el perdón. El perdón nos da autoridad para frenar el daño y solicitar la protección divina. Perdonar no significa permitir que abusen de nosotros, tampoco nos da vía libre para juzgar al ofensor. Perdonar es no dejar que los gérmenes de la ofensa incuben en nuestro corazón. Con el perdón cuidamos nuestro pellejo, más que el ajeno. Perdonar también es un acto de amor, no sólo hacia el ofensor, sino más hacia nosotros mismos. Cuando seamos capaces de amarnos como para no permitir que algo nos dañe, vamos a poder amar al prójimo como nos amamos a nosotros mismos, y estaremos tan resueltos a perdonar, que aun antes que llegue la ofensa, ya hemos vertido el bálsamo del perdón sobre el ofensor y lo hemos derramado también sobre nuestro corazón; entonces nuestra alma no se llenará de heridas y vamos a estar sanos, satisfechos, felices, en paz, rebosando de gozo y amando aun cuando no seamos amados. El perdón es uno de los dones más maravillosos de Dios y que está al alcance de toda persona que quiera recibirlo. Decide creerle al Espíritu Santo y recibe este don. Perdona y serás inmensamente feliz.

lunes, 8 de diciembre de 2008

TOMA TUS ARMAS

TOMA TUS ARMAS

Pues Dios no nos ha dado un espíritu de timidez, sino de poder, de amor y de dominio propio.(2ª Timoteo 1:7)
Todo lo puedo en Cristo que me fortalece. (Filipenses 4: 13)
En el amor no hay temor, sino que el amor perfecto echa fuera el temor. El que teme espera el castigo, así que no ha sido perfeccionado en el amor. (1ª Juan 4:17, 18)
Dichoso el que resiste la tentación porque, al salir aprobado, recibirá la corona de la vida que Dios ha prometido a quienes lo aman. (Santiago 1: 22-11)
Las armas con que luchamos no son del mundo, sino que tienen el poder divino para derribar fortalezas. (2ª Corintios 10: 4)
Por último, fortalézcanse con el gran poder del Señor. (Efesios 6: 10)

Ni un soldado va a la guerra sin sus armas, y sin conocer antes los planes del enemigo. Necesitamos estar consciente que estamos en guerra y en esta guerra no hay tregua. Vamos a ver tres importantes armas que siempre debemos usar, para que el enemigo no avance ni un milímetro más en nuestro territorio.

1. Perdonemos al que nos ofendió
Más bien, sean bondadosos y compasivos unos con otros, y perdónense mutuamente, así como Dios los perdonó a ustedes en Cristo. (Efesios 4: 32) La forma de perdonar es como Dios nos perdonó y Él nos perdonó lo imperdonable.

Así dice 1ª Corintios 2: 5-11: “No quiero exagerar en este asunto, pero la persona que causó mi tristeza, hasta cierto punto también causó la tristeza de todos ustedes. Pero ya es suficiente con el castigo que la mayoría de ustedes le impuso. Ahora deben perdonarlo y ayudarlo a sentirse bien, para que no vaya a enfermarse de tanta tristeza y remordimiento. Yo les ruego que le muestren nuevamente que lo aman. La carta que les escribí era para saber si realmente están dispuestos a obedecerme en todo. Yo, por mi parte, estoy dispuesto a perdonar a todo el que ustedes perdonen, suponiendo que haya algo que perdonar. Lo hago pensando en ustedes, y poniendo a Cristo como testigo. Así Satanás no se aprovechará de nosotros. ¡Ya conocemos sus malas intenciones!” ¿Cómo responder ante el agravio? Perdonando. El perdón es una decisión, es un acto de nuestra voluntad, no un sentimiento. ¿Cómo sabemos que no hemos perdonado? En algunos casos, cuando todavía no podemos sacar de nuestra mente al agresor y siempre recordamos el daño que nos hizo; esto nos causa dolor, autocompasión y no queremos tener a esa persona cerca de nosotros. Sin embargo nuestro corazón nos puede engañar, haciéndonos creer que hemos perdonado y hasta parece que nos hemos olvidado, pero la herida está todavía latente. Muchas veces las ofensas no vienen únicamente del supuesto agresor, sino de nuestras suposiciones. Nuestras suposiciones son réplicas o manifestaciones de nuestro corazón herido. Debemos dejar al Espíritu de Dios que escudriñe nuestro corazón y nos muestre lo que llevamos dentro. El perdón no es sinónimo de olvido, es un acto de obediencia que nos va a ayudar a ser libres, dándonos la capacidad de amar al ofensor.

El perdón significa liberación. Cuando no perdonamos, tomamos como prisionero al agresor y nos volvemos en su carcelero. De este modo ambos estamos en una misma cárcel. Ambos estamos prisioneros, porque el carcelero debe cuidar al prisionero y no puede alejarse de la celda. Es más: el prisionero está esposado al carcelero. De modo que a donde vaya el carcelero, también irá el prisionero. La llave para soltar las esposas se llama perdón. Está en el carcelero la posibilidad de mantener o no, sujeto a él al prisionero, porque el carcelero tiene la llave. Cuando no perdonamos, Satanás gana ventaja sobre nosotros, gana terreno en nuestro corazón y va envenenando nuestras aguas de tal forma que empezamos a decaer tanto física, mental y espiritualmente. Va sembrando en nuestro territorio las siguientes hierbas: amargura, resentimiento, crítica, angustia, opresión, incredulidad, culpar a otros, venganza, desprecio y muchas hierbas más. De este modo el enemigo debilita nuestras fuerzas y toma control de nuestro ser, pero todavía tenemos la llave que podemos usar en cualquier momento y liberarnos de todo lo que el diablo sembró en nuestro corazón; él no puede impedirte que la uses. Así que, adelante. Puedes ser libre. Usa la llave del perdón.

2. Arrepentimiento: El arrepentimiento es la decisión firme de cambiar de actitud o de manera de pensar y esto no es una mera emoción. “El sacrificio que te agrada es un espíritu quebrantado; tú, oh Dios, no desprecias al corazón quebrantado y arrepentido.” (Salmo 51: 17). El arrepentimiento tiene que ser continuo en nuestra vida. Tras la ofensa a Dios, debemos inmediatamente arrepentirnos, porque de lo contrario le daremos lugar al enemigo para que nos condene y ponga en nuestro corazón remordimiento. El arrepentimiento es un acto de humildad. Debemos reconocer que muchas veces hemos sido incrédulos, hemos decidido no creerle a Dios y hemos aceptado las sugerencias del diablo. Si no nos arrepentimos por nuestras malas acciones contra Dios (incluyen las acciones contra el prójimo), estamos endureciendo nuestro corazón. Si no tomamos la decisión de perdonar e inmediatamente perdonamos, el arrepentimiento no puede darse. El arrepentimiento conlleva la confesión (pedir perdón) de nuestras ofensas a Dios y en algunos casos también al prójimo. “¿Está alguno enfermo entre vosotros? Llame a los ancianos de la iglesia para que oren por él, ungiéndolo con aceite en el nombre del Señor. Y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo levantará; y si ha cometido pecados, le serán perdonados. Confesaos vuestras ofensas unos a otros y orad unos por otros, para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede mucho.” (Santiago 5: 14-16). Cuando confesamos con arrepentimiento vamos a recibir sanidad tanto del alma como del cuerpo. Vamos a ser libres.

3. Renuncia: Tomemos la decisión de renunciar a todo aquello que todavía nos ata al diablo. La renuncia es un acto de nuestra voluntad, como las anteriores, no de nuestra razón, pues ésta nos puede dar argumentos para no renunciar, porque hasta puede estar controlada por el enemigo. No le permitamos al diablo que tome ni una pizca de nuestra alma. “Al que disimula el pecado, no le irá bien; pero el que lo confiesa y lo deja (renuncia), será perdonado.” (Proverbios 28: 13). El pecado nos aleja de Dios y esto da ventaja al diablo para que nos tome. “Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo, quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras.” (Tito 2: 11-14)

El perdón, el arrepentimiento y la renuncia son tres armas que siempre deben estar desenvainadas y listas para ser usadas. Que Dios nos dé sabiduría y entendimiento en Su palabra. La decisión es nuestra. Tomemos estas poderosas armas, que no son carnales, sino espirituales y tendremos la victoria.

lunes, 17 de noviembre de 2008

VIVIENDO LA VIDA DE DIOS EN NOSOTROS

VIVIENDO LA VIDA DE DIOS EN NOSOTROS,
UNA VIDA DE RESURRECCIÓN

Para vivir la vida de Dios en nosotros, necesitamos seguir por fe algunos pasos que la Biblia nos indica. Si no actuamos con fe, esto sería mera religiosidad que nos llevaría al fanatismo y daríamos lugar al espíritu de crítica. “Todo lo que no proviene de fe, es pecado.” (Romanos 14: 23). Lo que Jesús hizo en la cruz, no tiene precio, no podemos pagárselo con nada, fue algo incomparable, fue un verdadero acto de amor. Lo único que nos toca hacer es vivir la vida que Él ganó para nosotros. “Así que no dejen que el pecado controle su vida aquí en la tierra. No obedezcan los deseos de su naturaleza humana.” (Romanos 6:12 PDT). No hay nada que el diablo pueda hacer sin nuestro consentimiento. Por eso es importante mantenernos centrados en la Palabra de Dios para no dejar que el enemigo nos engañe con sus argucias, él sólo habla mentira porque es padre de mentiras. No debemos oírlo ni por un instante.
Pidamos a Dios entendimiento para hacer lo que Él nos manda, muriendo cada día y viviendo para Él. (Es importante leer cada texto citado y analizarlo, pidiendo a Dios que nos dé espíritu de sabiduría y revelación)

1º. Arrepintámonos de corazón y humillémonos delante de Dios confesando nuestras debilidades y pecados. (Salmo 51)
2º. Tomemos la decisión de renunciar a todo lo carnal en nosotros. A todo aquello que nos induce a pecar. (Tito 2: 11-14)
3º. Pongamos en práctica esta renuncia, haciendo morir lo terrenal en nosotros. Huyamos de todo lo que nos arrastra a pecar, (Colosenses 3: 5-7) y despojémonos de todo lo que nos lleva a la muerte (Colosenses 3: 8- 10).
4º. Vistámonos con las vestiduras de la nueva naturaleza. (Colosenses 3: 12 -14) Es importante no permanecer desnudos, sino cubiertos inmediatamente con las nuevas vestiduras. Estas vestiduras son las virtudes de Cristo.
5º. Permitamos luego, que la paz de Dios nos gobierne y seamos agradecidos. (Colosenses 3: 15). Vivamos en paz con nosotros, con Dios y con las personas. Controlemos nuestro carácter, pidiéndole al Espíritu Santo que nos ayude. De seguro que Él lo hará.
6º. Que more en abundancia la Palabra de Cristo en nosotros para ser de bendición a las personas. Leamos la Palabra de Dios y que Ella sea nuestro deleite constante. Meditemos en Ella todo el día. (Col. 3: 16)
7º. Que todo lo que hagamos sea para la gloria de Dios. Entonces, ya sea que coman, que beban, o que hagan cualquier otra cosa, háganlo todo para la gloria de Dios. (1ª Corintios 10: 31 NBLH) Sólo Cristo es merecedor de toda gloria.
8º. Ejercitémonos en la piedad (1ª Timoteo 4: 7). Vivamos una vida de excelencia moral.
9º. Perdonemos (Efesios 4: 32). No almacenemos resentimiento dentro de nosotros. Perdonemos de inmediato a quien nos ofenda.
10º. Amemos a Dios y al prójimo. (Deuteronomio 6: 4 -5; Mateo 22: 37-40; Marcos 12: 30-31). El amor a Dios es lo primero y esto nos lleva a amar al prójimo, tomando en cuenta que Dios ama a las personas que Él creó a Su imagen.

La vida de resurrección ya no piensa en la muerte, porque es una vida nueva en Cristo, cambiada y transformada de todas las ataduras del pasado que carcomen el alma y la arrastran al infierno. Una vida resucitada con Cristo ya no vive de acuerdo al sistema de este mundo, sino que va transformando su forma de pensar llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo y comprobando que la voluntad de Dios es buena, agradable y perfecta. La vida resucitada almacena perdón y no ofensas. Mantiene siempre sus aguas saludables porque el perdón las endulza, entonces el rencor y la amargura huyen porque no encuentran dónde estacionarse.

Una vida de resurrección entra al reposo de Dios porque ya no vive en obras muertas, sino que se ejercita en la piedad. Este ejercicio consiste en poner en práctica por fe los diez puntos citados, no olvidando que debemos perdonar en todo tiempo, amándonos unos a otros y amando a Dios sobre todas las cosas. Dios nos ha dado nueva vida para que vivamos en Su presencia todo el tiempo y le adoremos en espíritu y en verdad, porque la carne no puede adorar a Dios. Sólo cuando nos decidimos a morir (a lo carnal) vamos a poder resucitar y estar en la presencia de Dios viviendo en libertad.

Para vivir la vida de Dios en nosotros sólo necesitamos vivirla, es decir, dejar que Cristo actúe en nosotros. No se trata de estar echando fuera a los demonios para que nos dejen en paz, sino de hacer crecer a Cristo en nosotros. Si no hay espacio para el enemigo en nosotros, entonces él no va a poder entrar, porque estaremos llenos del Espíritu de Dios. Nuestra lucha no consiste en estar esquivando al diablo, sino solamente en someternos a Dios haciendo Su voluntad y obedeciéndole en todo, entonces el diablo huirá. Leamos el capítulo 4 de Santiago según la versión en la Biblia Lenguaje Sencillo.
¿Saben por qué hay guerras y pleitos entre ustedes? ¡Pues porque no saben dominar su egoísmo y su maldad! Son tan envidiosos que quisieran tenerlo todo, y cuando no lo pueden conseguir, son capaces hasta de pelear, matar y promover la guerra. ¡Pero ni así pueden conseguir lo que quisieran! Ustedes no tienen, porque no se lo piden a Dios. Y cuando piden, lo hacen mal, porque lo único que quieren es satisfacer sus malos deseos. Ustedes no aman a Dios ni lo obedecen. ¿Pero acaso no saben que hacerse amigo del mundo es volverse enemigo de Dios? ¡Pues así es! Si ustedes aman lo malo del mundo, se vuelven enemigos de Dios. ¿Acaso no creen lo que dice la Biblia, que «Dios nos ama mucho»? En realidad, Dios nos trata con mucho más amor, como dice la Biblia: «Dios se opone a los orgullosos, pero trata con amor a los humildes». Por eso, obedezcan a Dios. Háganle frente al diablo, y él huirá de ustedes. Háganse amigos de Dios, y él se hará amigo de ustedes.¡ Pecadores, dejen de hacer el mal! Los que quieren amar a Dios, pero también quieren pecar, deben tomar una decisión: o Dios, o el mundo de pecado. Pónganse tristes y lloren de dolor. Dejen de reír y pónganse a llorar, para que Dios vea su arrepentimiento. Sean humildes delante del Señor y él los premiará. No critiquen a los demás. Hermanos, no hablen mal de los demás. El que habla mal del otro, o lo critica, es como si estuviera criticando y hablando mal de la ley de Dios. Lo que ustedes deben hacer es obedecer la ley de Dios, no criticarla. Dios es el único juez. Él nos dio la ley, y es el único que puede decir si somos inocentes o culpables. Por eso no tenemos derecho de criticar a los demás. No sean orgullosos. Escúchenme, ustedes, los que dicen así: «Hoy o mañana iremos a la ciudad; allí nos quedaremos todo un año, y haremos buenos negocios y ganaremos mucho dinero». ¿Cómo pueden hablar así, si ni siquiera saben lo que les va a suceder mañana? Su vida es como la niebla: aparece por un poco de tiempo, y luego desaparece. Más bien deberían decir: «Si Dios quiere, viviremos y haremos esto o aquello». Sin embargo, a ustedes les gusta hablar con orgullo, como si fueran dueños del futuro, y eso es muy malo. Si ustedes saben hacer lo bueno y no lo hacen, ya están pecando.
Que Dios nos dé entendimiento para captar lo que el Espíritu nos revela en esta Palabra.

martes, 21 de octubre de 2008

EL PERDÓN, LA LLAVE DE LA VIDA


EL PERDÓN, LA LLAVE DE LA VIDA
Cuando Jesús pendía de la cruz sin vida, un soldado romano quiso verificar si estaba muerto y clavó su lanza en el corazón de Jesús, en ese instante brotó agua y sangre de Su corazón abierto. La vida de Dios se manifestaba con Su muerte. La semilla que el Padre plantó yacía sin vida, para recibir una cosecha abundante de vidas salvadas por Su perdón liberado en la cruz. “Y Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. (Lucas 23: 34ª). Cuando Jesús desató el perdón, todas las cadenas de opresión fueron rotas, para que todo aquel que acuda a Él obtenga perdón gratuito. Cuando la lanza atravesó Su corazón y las últimas gotas de sangre mezcladas con agua brotaron, la Gracia de Dios en la persona de Jesucristo, penetró hasta el mismo infierno y arrebató las llaves de la muerte y del Hades, “y destruyó por medio de la muerte, al que tenía el imperio de la muerte, esto es al diablo, para liberar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre.” (Hebreos 2: 14b, 15).

Cuando Jesús exclamó: “Padre, perdónalos…”, el infierno tembló, porque se rompía el poder del opresor que por miles de años mantuvo cautiva a la humanidad. La liberación de perdón de Jesús abrió las puertas del cielo a todo pecador que arrepentido se acogiera a la Gracia perdonadora de Dios, porque “por gracia somos salvos, por medio de la fe y esto no procede de nosotros, sino que es un regalo de Dios a toda la humanidad y no es por obra para que nadie tenga de qué gloriarse” (Ef 2:8,9). Ninguno de los de la turba que torturaban a Jesús, pensó en pedirle perdón, pero Él tenía que concluir la obra de la cruz y sólo era posible liberando perdón. Tú y yo hemos podido entrar a formar parte de la familia de Dios, gracias al perdón emitido desde la cruz del Calvario, perdón que rompió las ataduras o pecados pasados, presentes y futuros y abrió las puertas de la prisión donde el diablo nos había colocado, y nos dio la libertad, para que nunca jamás viviésemos prisioneros, torturados y encadenados por las mentiras del diablo. La gracia perdonadora está al alcance de todos para que lo que hemos recibido por gracia, lo demos por gracia.

El perdón de Jesucristo nos dio la libertad para que nosotros a través de nuestro perdón podamos poner en libertad a los cautivos y a nosotros mismos. Somos libres para dar libertad. La cruz que retenía a Cristo, no le impidió liberar perdón para todos. No hay nada que pueda retenerte para liberar perdón, tan sólo exclama desde lo más profundo de tu ser: “Yo perdono a ……………… y te pido Padre, que no le tomes en cuenta este pecado. Abro las puertas del cielo para que Tu bendición venga sobre …………… Desato la vida de …………….. y lo declaro libre, así como Jesús me hizo libre. Amén. No es necesario esperar que te lo pidan. Empieza a perdonar ahora por lo que te han hecho, por lo que te están haciendo y por lo que te podrían hacer en el futuro. Libérate con el perdón ya que es la única llave que abre las puertas de la cárcel de opresión. Debido al perdón de Jesús, Él pudo arrebatarle las llaves del infierno y la muerte al diablo y te dio libertad, para que la muerte ocasionada por la falta de perdón no destruya tu vida. Cristo destruyó Su vida para que la tuya no fuera destruida. Tienes la llave para tu liberación, úsala y las puertas del Hades (infierno) no podrán prevalecer contra ti. El perdón te libera y libera a las personas a quienes perdonas.

El reino de los cielos es un reino de perdón. El perdón da reposo a nuestro corazón y nos permite llegar a Dios en adoración y gozar de la intimidad con Él. Hay un tremendo poder en el perdón, es un milagro de vida, porque todo se vuelve estéril por la falta de perdón, en cambio cuando se libera a las personas perdonándolas, la vida de Dios fluye como un manantial que refresca no sólo nuestro corazón reseco y resquebrajado, sino el corazón y la vida de quienes nos han ofendido; porque no podemos pretender vivir sin perdonar, ya que no puede haber vida sin perdón. “Todo aquel que aborrece a su hermano es homicida; y sabéis que ningún homicida tiene vida eterna permanente en él.” (1ª Jn 3: 15). Cuando estamos aborreciendo o detestando a alguien, lo estamos matando; y si permanecemos en esa actitud ¿Cuál va a ser nuestro fin? La muerte. ¿Qué clase de muerte? “Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre Celestial” (Mt. 6: 14) ¿Habrá algo que nos garantice la vida eterna sin el perdón de Dios? Recuerda que el homicida no tiene vida eterna permanente en él. ¿Quién otorga la vida eterna? Aquél que perdonó todos nuestros pecados. No podemos decir que amamos a Dios si aborrecemos al hermano, porque entonces estamos mintiendo (1ª Jn 4:20). Si no amamos a Dios, no vamos a poder estar eternamente con Él.

La vida de Dios está en Su Hijo y el que tiene al Hijo no puede ser portador de muerte. Así que amados, revisemos nuestro corazón y perdonemos a quienes nos han ofendido y en lugar de guardar ofensas en nuestro corazón, almacenemos perdón para el momento en que necesitemos liberarlo. "Porque Cristo, cuando aún estábamos muertos en nuestros delitos y pecados, nos dio vida juntamente con Él, perdonándonos todos los pecados y anuló el documento que el diablo tenía en nuestra contra, se lo quitó y lo clavó en la cruz triunfando sobre todo principado y potestad, exhibiéndolos públicamente, para que nunca más tuviesen potestad sobre nosotros que hemos buscado la vida en Cristo y hemos recurrido a Su gratuito perdón." (Colosenses2: 13-15). Dios no puede ir en contra de nuestra voluntad, pero, desde que hemos elegido la vida, el perdón de Dios debe fluir a través de nosotros. Hay vida en ti y el diablo no puede robar lo que tú no le permitas. Agárrate de la vida de Dios y “ocúpate de tu salvación con temor y temblor, porque Dios es el que produce en ti, así el querer como el hacer, por su buena voluntad” y lo que “Él ha empezado en ti lo completará hasta el día de Jesucristo.” (Filipenses 2: 12,13; 1:6).

Si todavía no eres hijo de Dios, di estas palabras, dilas en forma audible: Recibo a Jesucristo como mi Señor y Salvador y te pido Padre que me perdones. Me arrepiento de haber vivido alejado de Ti. Pero ahora sé que al recibir a Tu Hijo, como dice tu Palabra en Juan 1: 12, me otorgas el derecho de ser tu hijo. “Mas a cuantos lo recibieron, a los que creen en su nombre, les dio el derecho de ser hijos de Dios.” Gracias Padre por hacerme tu hijo. En el nombre de Jesucristo mi Señor y Salvador, amén.