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viernes, 17 de febrero de 2012

EL REINO DE DIOS

EL REINO DE DIOS
"Así que no estén ansiosos preguntando: '¿Qué comeremos?' '¿Qué beberemos?' O '¿cómo nos vestiremos?' Porque los paganos (idólatras) son los que ponen en su corazón estas cosas. Tu Padre celestial sabe que necesitas todas estas cosas. Busca primero El Reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se te darán también. No te inquietes por el mañana; ¡el mañana traerá su propia inquietud! ¡El día de hoy ya tiene suficiente con su propia aflicción!
(Mateo 6: 31-31 TKIM-DE)

Dios tiene un Reino y el principio fundamental de ese Reino es “justicia”, porque Dios es justo; y no se trata solamente de dar a cada cual lo que le corresponde, sino de hacer manifiesta Su justicia en cada súbdito de Su Reino, es decir, que cada uno viva en justicia. Si lees el contexto de Mateo 6 encontrarás allí también la famosa oración, “El Padre Nuestro”, allí dice, en el versículo 10: “Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra.” EL Reino de Dios consiste en hacer Su voluntad, ésta es Su justicia, pero, ¿cómo la podemos comprimir en nuestra vida? “Abram creyó al Señor, y el Señor lo reconoció a él como justo”. (Génesis 15: 6 NVI). “Creer”: creerle a Dios nos lleva a vivir Su justicia y creerle a Dios es “hacer Su voluntad” de la misma forma que en el cielo se ejecuta la voluntad de Dios, así debe establecerse en nuestra vida en todo.

Habacuc 2: 4; Romanos 1: 17, Gálatas 3: 11 y Hebreos 10: 38, expresan: “el justo vivirá por la fe”, es evidente que por la fe en Dios. Entonces, la justicia que debe perseguir todo hijo de Dios es vivir por fe, creyéndole a Dios sin importar las circunstancias, porque su fe no está basada en lo que se ve, sino en lo que Dios dice.
El salmo 23 es la expresión de vivir por fe. Cuando David escribió este salmo no se encontraba tranquilo sentado en su trono, sino perseguido y deambulando por lugares inhóspitos, sin embargo su confianza en Dios lo sostuvo, él sabía en quién había creído y que era digno de confianza, pues Su Palabra nunca falla. “El Señor es mi pastor, nada me falta; en verdes pastos me hace descansar. Junto a tranquilas aguas me conduce; me infunde nuevas fuerzas por amor a su nombre. Aun si voy por valles tenebrosos, no temo peligro alguno porque tú estás a mi lado; tu vara de pastor me reconforta. Dispones ante mí un banquete en presencia de mis enemigos. Has ungido con perfume mi cabeza; has llenado mi copa a rebosar. La bondad y el amor me seguirán todos los días de mi vida; y en la casa del Señor habitaré para siempre.” (Salmo 23 NVI) Jesús dijo: “Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas.” (Juan 10: 11 NVI) Nuestro Buen Pastor quiere que creamos que teniéndolo a Él, lo tenemos todo, así que no importa que nuestro valle parezca muy tenebroso, si estamos con y en Cristo, ¿qué puede hacernos el diablo? “Hijitos, vosotros sois de Dios, y los habéis vencido; porque mayor es el que está en vosotros, que el que está en el mundo.” (1ª Juan 4: 4 RV60)
(Romanos 8: 31 – 39 BLS) "Sólo nos queda decir que si Dios está de nuestra parte, nadie podrá ponerse en contra nuestra. Dios no nos negó ni siquiera a su propio Hijo, sino que lo entregó por nosotros, así que también nos dará junto con él todas las cosas. ¿Quién puede acusar de algo malo a los que Dios ha elegido? ¡Si Dios mismo los ha declarado inocentes! ¿Puede alguien castigarlos? ¡De ninguna manera, pues Jesucristo murió por ellos! Es más, Jesucristo resucitó, y ahora está a la derecha de Dios, rogando por nosotros. ¿Quién podrá separarnos del amor de Jesucristo? Nada ni nadie. Ni los problemas, ni los sufrimientos, ni las dificultades. Tampoco podrán hacerlo el hambre ni el frío, ni los peligros ni la muerte. Como dice la Biblia: "Por ti nos enfrentamos a la muerte todo el día. Somos como las ovejas que se llevan al matadero". En medio de todos nuestros problemas, estamos seguros de que Jesucristo, quien nos amó, nos dará la victoria total. Yo estoy seguro de que nada podrá separarnos del amor de Dios: ni la vida, ni la muerte, ni los ángeles, ni los espíritus, ni lo presente, ni lo futuro, ni los poderes del cielo, ni los del infierno, ni nada de lo creado por Dios. ¡Nada, absolutamente nada, podrá separarnos del amor que Dios nos ha mostrado por medio de nuestro Señor Jesucristo!"
La incredulidad lastima el corazón de Dios porque se lo está tildando de mentiroso y se lo está comparando al “padre de la mentira”. “Ustedes son de su padre, el diablo, cuyos deseos quieren cumplir. Desde el principio éste ha sido un asesino, y no se mantiene en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando miente, expresa su propia naturaleza, porque es un mentiroso. ¡Es el padre de la mentira!” (Juan 8: 44) “El que cree en el Hijo de Dios acepta este testimonio. El que no cree a Dios lo hace pasar por mentiroso, por no haber creído el testimonio que Dios ha dado acerca de su Hijo. Y el testimonio es éste: que Dios nos ha dado vida eterna, y esa vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios, no tiene la vida.” (1ª Jn. 5: 10 – 12 NVI). El Reino de Dios y Su justicia es creerle a Dios respecto a todo lo que Su Hijo ha hecho por nosotros y no permitir que las mentiras del diablo socaven la verdad de Dios. Dios es luz y nosotros debemos andar en la luz de Su verdad, Su Palabra es verdad, todo lo que no concuerda con ella, o la contradice proviene del “padre de la mentira”. Cuánto más le creas a Dios, más lo irás conociendo y conocerlo es obtener la vida eterna. “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.” (Jn. 17: 3). Si buscas ante todo Su Reino y Su justicia, Dios se encargará de darte aquello por lo que se afligen los incrédulos.

sábado, 10 de septiembre de 2011

CÓMO SER GUIADOS

CÓMO SER GUIADOS POR EL ESPÍRITU SANTO
Cuando nacemos empezamos a ser conscientes de este mundo natural y a medida que vamos creciendo vamos desarrollando más nuestro ser consciente. Hemos crecido respondiendo a este ámbito natural y nuestros sentidos naturales se fueron desarrollando por el uso. Sin embargo, un día decidimos recibir a Cristo en nuestro corazón y algo en nuestro interior ha pasado. Empezamos a percibir vagamente, en primera instancia, algo del mundo espiritual. Esto, ¿por qué? Porque hemos sido unidos a Cristo por el poder de Dios. “Pero gracias a él (Dios) ustedes están unidos a Cristo Jesús, a quien Dios ha hecho nuestra sabiduría --es decir, nuestra justificación, santificación y redención.” (1ª Corintios 1: 30 NVI). En otras palabras, se nos devolvió la verdadera vida, la vida de Dios, la vida del Espíritu. Aquella vida que Adán y Eva perdieron cuando desobedecieron a Dios y decidieron gobernarse por cuenta propia. Entonces, ya no vivimos por vista, por lo que vemos, sino por la fe en Dios, por aquello que en el mundo natural no se ve; sin embargo, en el mundo espiritual, llegamos a ser consciente de lo que realmente es.

Vivir guiados por el Espíritu Santo de Dios es vivir más conscientes de Dios, que de lo que vemos o sentimos, porque Dios vive dentro de nosotros, entonces sabemos quiénes somos en Cristo. Cuando Jesús estuvo aquí en la tierra, sabía quién era, si bien, no lo supo desde pequeño, pero fue aprendiéndolo a medida que estudiaba las Escrituras y se comunicaba con Su Padre. Jesús era el Hijo de Dios, y ¿qué somos nosotros que le hemos recibido como Señor y Salvador de nuestras vidas? “Mas a cuantos lo recibieron, a los que creen en su nombre, les dio el derecho de ser hijos de Dios.” (Juan 1: 12 NVI) Somos hijos de Dios y necesitamos ser conscientes de quién es nuestro Padre. Así como en lo natural recibimos los genes de nuestros padres, que nos hacen semejantes a ellos, en lo espiritual es lo mismo, recibimos la herencia genética, si vale el término, de nuestro Papá Celestial. “Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Y vosotros no recibisteis un espíritu que de nuevo os esclavice al miedo, sino el Espíritu que os adopta como hijos y os permite clamar: «¡Abba! ¡Padre!» El Espíritu mismo le asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios.” (Romanos 8: 14-16).

El deseo de Dios ha sido siempre conformarnos a Su imagen y semejanza, por eso creó a Adán y Eva conforme a Su imagen y semejanza, parecidos a Él. Y ¿cómo es Dios? “Dios es espíritu, y los que le adoran deben ser guiados por el Espíritu para que lo adoren como se debe. Se acerca el tiempo en que los que adoran a Dios el Padre lo harán como se debe, guiados por el Espíritu, porque el Padre quiere ser adorado así. ¡Y ese tiempo ya ha llegado!” (Juan 4: 23 BLS). Así como es Dios, somos nosotros sus hijos, es decir, somos espíritu, tenemos un alma viviente y ocupamos momentáneamente este cuerpo, para poder estar en la esfera terrestre. Dios quiso hacernos seres espirituales para que podamos tener comunión con Él, porque sólo nuestro espíritu es capaz de comunicarse con Dios, porque es allí donde reside el Espíritu del Señor. "En cambio, quien se une con el Señor se hace un solo cuerpo espiritual con él." (1ª Corintios 6: 17 BLS) ¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, (el cual está) en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque comprados sois por (gran) precio; glorificad, pues, (y traed) a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios. (1ª Corintios 6: 19, 20 RV2000)

Cuando nos dejamos guiar por el Espíritu, caminamos en la luz, sabemos lo que hacemos y a dónde vamos. “Porque ustedes antes eran oscuridad, pero ahora son luz en el Señor. Vivan como hijos de luz.” (Efesios 5: 8 NVI). Cuando nacemos de nuevo, hemos sido introducidos en Cristo y allí somos luz, porque en Él no hay ninguna tiniebla. Somos luz, pero a veces pensamos, o hablamos tinieblas, necesitamos constantemente dejarnos guiar por el Espíritu que nos habita para caminar en luz, sobre todo principado, potestad o señorío de tinieblas, tomando gobierno y autoridad sobre toda tiniebla y enarbolando el estandarte de Jesucristo, quien nos dio la victoria, haciendo resplandecer la luz de Dios para que huyan las tinieblas y el Reino de Dios se establezca en esta tierra.





jueves, 18 de febrero de 2010

DEJEMOS QUE NUESTRA LUZ BRILLE

DEJEMOS QUE NUESTRA LUZ BRILLE
“Mirad, pues, cómo andéis avisadamente; no como locos, sino como sabios; redimiendo (aprovechando) el tiempo, porque los días son malos. Por tanto, no seáis imprudentes, sino entendidos de cuál sea la voluntad del Señor. Y no os embriaguéis de vino, en lo cual hay disolución; mas sed llenos de Espíritu; hablando entre vosotros con salmos, y con himnos, y canciones espirituales, cantando y alabando al Señor en vuestros corazones; dando gracias siempre de todo al Dios y Padre en el Nombre del Señor nuestro, Jesús, [el] Cristo; sujetados los unos a los otros en el temor de Dios.” (Efesios 5:15-21 RV2000)Debemos tener cuidado cómo nos conducimos, no sólo delante de Dios, sino también delante de los hombres. Debemos guardarnos en todo tiempo, eso es ser sabios. Nuestro tiempo debe ser bien aprovechado, haciendo la voluntad de Dios, trabajando para el Reino de Dios, haciendo del Reino y de Su Rey nuestra prioridad, especialmente en estos tiempos donde la maldad reina. Busquemos diligentemente y con toda paciencia hacer la voluntad de Dios. Llenémonos de Su Espíritu. Debemos vaciarnos de nosotros mismos, de nuestro ego y llenarnos del Espíritu Santo, ser controlados por Él, dejar de ser guiados por uno mismo, por el éxito personal, vanagloria, soberbia, etc. Es importante mantenernos en la luz de Dios para que la oscuridad no nos envuelva y podamos ver por dónde caminamos. ¿Cómo podemos mantenernos en la luz de Dios? “Animaos unos a otros con salmos, himnos y canciones espirituales. Cantad y alabad al Señor con el corazón, dando siempre gracias a Dios el Padre por todo, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo.”(Efesios 5: 19-20 BAD). Es una gran responsabilidad mantener encendida nuestra lámpara, pues nuestro espíritu es lámpara del Señor. "El espíritu humano es la lámpara del Señor, pues escudriña lo más recóndito del ser." (Proverbios 20: 27). Mantengamos un carácter gozoso y agradecido; cantemos al Señor, animemos al desanimado, levantemos al caído, consolemos al enfermo y oremos por él; y sobre todo amemos a las personas.
"De manera que yo, hermanos, no pude hablaros como a espirituales; sino como a carnales; [es a saber], como a niños en Cristo. Os di a beber leche, [y] no vianda; porque aún no podíais, ni aún podéis [ahora]; porque todavía sois carnales, pues habiendo entre vosotros celos, y contiendas, y divisiones, ¿no sois carnales, y andáis como hombres?" (1ª Corintios 3: 1-3) ¿Cómo está nuestro espíritu?¿Está cansado, debilitado por no perdonar o por almacenar resentimiento? ¿Está alumbrando con toda su potencia? Recuerden que somos luz del mundo para manifestar la gloria del Señor. Debemos mantener nuestro espíritu lleno del aceite del Espíritu Santo para que permanezca encendido. Cuando se va apagando nuestra lámpara, puede ser porque quizá el espíritu está angustiado, o se tiene una herida en el alma a causa de algún dolor que no hemos curado con el perdón. Para el herido en el alma, lo mejor es el perdón para sanar la herida. El perdón nos enfrenta a la realidad. El resentimiento huye de la realidad por temor de sufrir, pero sin embargo sufre más. El temor no permite que se viva en amor, sino en sufrimiento. “En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor, porque el temor involucra castigo, y el que teme no es hecho perfecto en el amor.” (1ª Juan 4:18). El resentido es temeroso y se oculta bajo una falsa apariencia de extrema sensibilidad y ahonda más la herida permitiendo al enemigo tomar control de sus pensamientos. El resentido es de doble ánimo, un día está muy espiritual y el otro día decae hasta no querer vivir. De esa forma no va a recibir nada permanente del Señor, porque viene la duda en su mente. Lo que debemos hacer es que, ni bien hemos sido heridos, acudamos al perdón y tomemos la decisión de bendecir a quien nos ha ofendido, antes que la herida se profundice y atormente nuestra alma y apague el espíritu.

"Mirad que ninguno dé a otro mal por mal; antes seguid lo bueno siempre los unos para con los otros, y para con todos. Estad siempre gozosos. Orad sin cesar. Dad gracias en todo; porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús. No apaguéis el Espíritu." (1ª Tesalonicenses 5: 15-19). La debilidad, la angustia, la inmadurez, la desidia espiritual, la falta de perdón no dejan brillar el espíritu, lo apagan porque taponan la lámpara, son basuras que no nos permiten brillar. La prueba viene para ver si la lámpara brilla, para ver si tiene suficiente aceite, ése es el propósito de la prueba; para ver si la lámpara permanece encendida durante la ofensa o la dificultad, cuando todo parece oscuro y sin solución. "Estamos viviendo tiempos muy importantes y ustedes han vivido como si estuvieran dormidos. ¡Ya es hora de que despierten! Ya está muy cerca el día en que Dios nos salvará; mucho más cerca que cuando empezamos a creer en Jesús. ¡Ya casi llega el momento! Así que dejemos de pecar, porque pecar es como vivir en la oscuridad. Hagamos el bien, que es como vivir en la luz. Controlemos nuestros deseos de hacer lo malo, y comportémonos correctamente, como si todo el tiempo anduviéramos a plena luz del día. No vayamos a fiestas donde haya desórdenes, ni nos emborrachemos, ni seamos vulgares, ni tengamos ninguna clase de vicios. No busquemos pelea ni seamos celosos. Más bien, dejemos que Jesucristo nos proteja." (Romanos 13: 11-14)

Vayamos al altar, a la cruz, allí ya ha sido crucificada nuestra vieja naturaleza y allí debemos acudir todos los días para entregar nuestro "YO". "Por lo tanto, hermanos, tomando en cuenta la misericordia de Dios, les ruego que cada uno de ustedes, en adoración espiritual ofrezca su cuerpo como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios. No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente. Así podrán comprobar cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta." (Romanos 12: 1-2). Ofrecernos a Dios es un acto voluntario. Nuestra mente decide nuestras acciones, por eso, Proverbios 23: 7 dice que somos lo que pensamos. Si somos hijos de Dios, Él ha cambiado nuestro espíritu y puso Su naturaleza dentro de nosotros, pero a nosotros nos toca cambiar nuestra forma de pensar. Si las personas sin Dios pueden hacerlo cuando se lo proponen, cuánto más nosotros que ya somos uno con el Señor, porque nuestro espíritu se ha unido al de Él. El sacrificio en el altar es para que crezcamos y lleguemos a la plenitud de Cristo. "De este modo, todos llegaremos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a una humanidad perfecta que se conforme a la plena estatura de Cristo."(Efesios 4: 13). No vamos a poder alcanzar el lugar Santísimo sin sacrificio, no vamos a poder ver a Dios sin la santidad que se obtiene por medio del sacrificio. No vamos a atrapar a Cristo sin antes morir a nuestro “YO”. Las vírgenes insensatas no quisieron morir, disfrutaban de su tibieza espiritual y de su vida cómoda sin sacrificios; en cambio las prudentes fueron al altar, compraron con alto precio el aceite para que sus lámparas estuvieran siempre encendidas y la oscuridad no las ocultara del Maestro. Las prudentes conocieron íntimamente al Señor porque pasaron por el altar y buscaron la presencia de Dios, no se conformaron con un poco de aceite, se mantenían llenas del Espíritu de Dios y Jesús las conocía muy bien; en cambio a las insensatas Él no las conoció porque nunca las vio en el Lugar de Su presencia, en el Santísimo lugar. Allí no se entra con la vieja naturaleza, allí se entra con nuestro YO muerto, para que sólo sea vista la naturaleza de Dios, entonces se reflejará Su gloria y dejaremos brillar la luz de Dios no sólo en nuestros corazones, sino que reflejaremos a otros también.

domingo, 11 de octubre de 2009

PONIENDO EN ALTO NUESTRA LUZ

PONIENDO EN ALTO NUESTRA LUZ

"Ustedes son la luz del mundo. Un pueblo asentado sobre un monte no se puede esconder. Igualmente, cuando la gente enciende una lámpara, no la cubren con un tazón, sino la ponen sobre el candelero para que alumbre a todos en la casa. Asimismo dejen que su luz alumbre delante de la gente, de manera que puedan ver las buenas obras que hacen, y alaben a su Padre que está en el cielo.” (Mateo 5: 14 -16TKIM-DE)
“Dios es LUZ, en Él no hay ni una tiniebla” (1ª Juan 1: 5 RV 60) porque Dios no tiene nada que esconder. La luz transparenta todo. Vino Jesús al mundo y dijo que nosotros somos luz, ¿será que vamos a brillar tan intensamente como brillaba Moisés después de haber estado con Dios? Pues sí. Sin embargo esta luz va a ser evidente por la transparencia de nuestras acciones. Cristo dijo que no ocultemos nuestra luz. Literalmente, ¿cómo la vamos a ocultar? Cuando no permitimos que la luz que está en nuestro espíritu salga a flote, porque estamos siendo condescendientes con nuestra vieja naturaleza haciendo cosas que son de las tinieblas. El diseño de Dios para nuestras vidas es que seamos gobernados por nuestro espíritu, porque es allí, si es que hemos recibido a Jesucristo como Señor y Salvador de nuestras vidas, donde reside el Espíritu Santo de Dios, y Él es LUZ. “Lámpara de Jehová es el espíritu del hombre, la cual escudriña lo más profundo del corazón.” (Proverbios 20: 27RV 60) Nuestro espíritu es el que recibe la luz de Dios y nosotros podemos elevarla y hacerla visible o esconderla. Cuando permitimos que el alma (allí se encuentran las emociones, voluntad y pensamiento) sea quien gobierne nuestra vida, estamos tapando la luz y no nos vamos a diferenciar de las demás tinieblas, porque nuestras acciones no van a armonizar con la justicia de Dios.

“Si decimos que tenemos comunión con él y andamos en tinieblas, mentimos y no practicamos la verdad. Pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros y la sangre de Jesucristo, su Hijo, nos limpia de todo pecado.” (1ª Juan 1: 6-7). Una clara evidencia o manifestación que andamos en luz es porque tenemos una comunión transparente con las demás personas, entonces esto hace que la sangre de Jesucristo nos vaya limpiando más y más; pero si nuestra comunión no es sincera, entonces estamos en tinieblas, estamos tapando la luz que tenemos porque nuestra relación con algunas personas no es la correcta. “La lámpara del cuerpo es el ojo; así que, si tu ojo es bueno, todo tu cuerpo estará lleno de luz; pero si tu ojo es maligno, todo tu cuerpo estará en tinieblas. Así que, si la luz que en ti hay es tinieblas, ¿cuántas no serán las mismas tinieblas?” (Mateo 6: 22-23). La palabra “ojeriza” que proviene de ojo, según el DRAE es: “Enojo y mala voluntad contra alguien.” ¿Cómo vemos a algunas personas? Jesús caminó con Judas y sabía quién era, sin embargo nunca tuvo mala voluntad hacia él, sino más bien trató de persuadirlo hasta el final a que deje esa actitud malvada, no con el fin de salvarse Él, sino con el fin de salvarlo a Judas. Si nuestra luz no brilla, jamás va a poder disipar las tinieblas.

"El que afirma que está en la luz, pero odia a su hermano, todavía está en la oscuridad. El que ama a su hermano permanece en la luz, y no hay nada en su vida que lo haga tropezar." (1ª Juan 2: 9-10NVI) La mayor evidencia de buenas obras que el mundo puede ver es el amor, cualquiera cosa que hagamos por muy buena que sea, pero sin amor es tiniebla. Lo que oculta nuestra luz es la falta de amor hacia las personas. Cierto día un joven muy rico se acercó a Jesús para preguntarle qué cosas debía hacer para obtener la vida eterna y Jesús le respondió que vendiera todo lo que tenía y lo diera a los pobres. En realidad le quiso decir que con los bienes materiales no se puede comprar la vida eterna y que debía dejar su apego a las riquezas. Pero hay algo que resalta en esta conversación y es lo siguiente: “Jesús lo miró con amor y añadió:-Una sola cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo. Luego ven y sígueme.” (Marcos 10: 21) La mirada de Jesús estaba cargada de amor a pesar de que Él sabía que este joven no iba a desprenderse de sus riquezas. El amor no es un mero sentimiento que nace del alma; el genuino amor está en el espíritu, en el santuario de Dios y es ese amor que debemos dar a las personas, sin egoísmos, sin ambiciones ni dobleces, sino transparente en todo y a pesar de todo. Cuando hagamos todas las obras movidas únicamente por este amor, la tierra va a empezar a llenarse del conocimiento de la gloria de Dios. "Porque así como las aguas cubren los mares, así también se llenará la tierra del conocimiento de la gloria del Señor." (Habacuc 2: 14NVI)
La esencia de Dios es amor, Él es amor, así como es luz. El amor y la luz se complementan porque donde no se actúa por amor hay tinieblas, por eso el apóstol Juan dijo: "El que permanece en amor, permanece en Dios, y Dios en él. Ese amor se manifiesta plenamente entre nosotros para que en el día del juicio comparezcamos con toda confianza, porque en este mundo hemos vivido como vivió Jesús. En el amor no hay temor, sino que el amor perfecto echa fuera el temor. El que teme espera el castigo, así que no ha sido perfeccionado en el amor." (1ª Juan 4: 16b -18 NVI). El amor es luz porque transparenta cada acción y por eso no teme. Dios nos ha llamado a manifestar Su Luz y la única forma de lograrlo es amando, porque el amor nos hace permanecer en Dios. El “almud” que cubre nuestra luz es la falta de amor. Es hora de arrojarlo al mar y nunca más tratar de recuperarlo. Tú y yo somos la luz que necesita el mundo. Empecemos a alumbrar amando como Jesús nos amó.

lunes, 21 de septiembre de 2009

LA PRIORIDAD DE JESÚS

LA PRIORIDAD DE JESÚS
Pero, como estaba angustiado, se puso a orar con más fervor, y su sudor era como gotas de sangre que caían a tierra. Cuando terminó de orar y volvió a los discípulos, los encontró dormidos, agotados por la tristeza. "¿Por qué están durmiendo? -les exhortó-. Levántense y oren para que no caigan en tentación." (Lucas 22: 44)
Cuando los discípulos le pidieron a Jesús que les enseñara a orar fue porque ellos entendieron que la oración era lo que hacía que Jesús obtuviera fortaleza en Dios. Él no hacía nada sin orar.

.En su angustia se refugió en la oración para fortalecerse y soportar lo que vendría. (Lucas 22: 44)
.Para la elección de los doce discípulos Jesús pasó la noche orando. “Por aquel tiempo se fue Jesús a la montaña a orar, y pasó toda la noche en oración a Dios. Al llegar la mañana, llamó a sus discípulos y escogió a doce de ellos, a los que nombró apóstoles”
(Lucas 6: 12, 13).
.Cuando hizo el milagro de la multiplicación de los panes y los peces, Jesús “dio gracias”, “miró al cielo”, es decir, oró al Padre agradeciendo por la bendición de la multiplicación, antes de partir los panes y los peces y darlo a la gente hambrienta. “Y mandó a la gente que se sentara sobre la hierba. Tomó los cinco panes y los dos pescados y, mirando al cielo, los bendijo. Luego partió los panes y se los dio a los discípulos, quienes los repartieron a la gente. Todos comieron hasta quedar satisfechos, y los discípulos recogieron doce canastas llenas de pedazos que sobraron. Los que comieron fueron unos cinco mil hombres, sin contar a las mujeres y a los niños.” (Mateo 14: 19 -21).

.Después de este milagro, Jesús no se quedó saboreando la fama, sino que fue a la montaña a orar. Esto lo hizo para guardar su alma de cualquier indicio de vanagloria, reconociendo que todo lo que hacía dependía de Dios. “Los que comieron fueron cinco mil. En seguida Jesús hizo que sus discípulos subieran a la barca y se le adelantaran al otro lado, a Betsaida, mientras él despedía a la multitud. Cuando se despidió, fue a la montaña para orar.” (Marcos 6: 44 -46)
.Cuando Jesús resucitó a Lázaro, Él oró agradeciendo a Dios porque lo había escuchado. Esto nos muestra que Jesús ya había orado al Padre antes de realizar este milagro. Recuerden que Él no hacía nada por cuenta propia. “Entonces quitaron la piedra. Jesús, alzando la vista, dijo: -Padre, te doy gracias porque me has escuchado. Ya sabía yo que siempre me escuchas, pero lo dije por la gente que está aquí presente, para que crean que tú me enviaste. Dicho esto, gritó con todas sus fuerzas: -¡Lázaro, sal fuera! El muerto salió, con vendas en las manos y en los pies, y el rostro cubierto con un sudario. -Quítenle las vendas y dejen que se vaya -les dijo Jesús.” (Juan 11: 41 -44).
.La fortaleza de Jesús era la oración. “Sin embargo, la fama de Jesús se extendía cada vez más, de modo que acudían a él multitudes para oírlo y para que los sanara de sus enfermedades. Él, por su parte, solía retirarse a lugares solitarios para orar.” (Lucas 5: 15, 16)

Jesús oraba constantemente, Él necesitaba estar en contacto con Su Padre para saber qué hacer y qué decir; Él era Dios, pero también Hombre, como Hombre necesitaba la dirección divina en todo momento y no podía descuidar ni una milésima de segundo su relación íntima con Dios. Si Jesús, siendo tanto Dios y Hombre necesitaba orar, cuánto más nosotros. Lutero decía: “En realidad, tengo tanto que hacer que me voy a pasar las tres primeras horas en oración.” (J. Oswald Sanders “LIDERAZGO ESPIRITUAL”). Pablo nos exhorta que oremos sin cesar, en todo tiempo. (1ª Tesalonicenses 5: 17; Efesios 6: 18). No podemos concebir una vida cristiana victoriosa sin oración. En el “Padre Nuestro”, Jesús enseñó que debemos pedir que venga el Reino de Dios a la tierra, para que Su voluntad sea hecha. Podemos declarar en oración cada día que se establezca Su reino sobre nosotros, nuestros hijos, los hijos de Dios, la ciudad donde vivimos y la nación.

La oración necesita alcanzar lo sobrenatural, entrar al Reino de Dios, allí donde Su luz irradia y toda tinieblas (iniquidad, pecado) es expuesta para ser consumida, se requiere un poder Mayor a nuestras fuerzas, el poder del Espíritu Santo orando a través de nosotros. “Así mismo, en nuestra debilidad el Espíritu acude a ayudarnos. No sabemos qué pedir, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos que no pueden expresarse con palabras. Y Dios, que examina los corazones, sabe cuál es la intención del Espíritu, porque el Espíritu intercede por los creyentes conforme a la voluntad de Dios.” (Romanos 8: 26, 27). El Espíritu Santo todo lo escudriña, aun lo escondido de Dios. “Sin embargo, como está escrito: "Ningún ojo ha visto, ningún oído ha escuchado, ninguna mente humana ha concebido lo que Dios ha preparado para quienes lo aman." Ahora bien, Dios nos ha revelado esto por medio de su Espíritu, pues el Espíritu lo examina todo, hasta las profundidades de Dios.” (1ª Corintios 2: 9, 10). Orar en el Espíritu, guiados por Él, nos lleva a usar tanto la mente como el espíritu unidos en sujeción al Espíritu de Dios para saber cómo orar, porque sólo Él conoce la mente de Dios y está dispuesto a ayudarnos si le pedimos. Recurre a Él por ayuda en todo momento pidiéndole que Él te guíe para saber cómo oarar.

jueves, 23 de julio de 2009

PALABRAS QUE PRODUCEN VIDA

PALABRAS QUE PRODUCEN VIDA
“El Espíritu da vida; la carne no vale para nada. Las palabras que les he hablado son espíritu y son vida.”
(Juan 6: 63 NVI)
Cuando Jesús hablaba, hablaba sólo palabras que producían vida. El dijo: “El Espíritu da vida”. Las palabras que brotaban de Sus labios se generaban en Su espíritu que a la vez estaba unido al Espíritu de Dios y esto hacía que la vida emergiera. Recuerden que Jesús era “Hombre”, así como era también Dios. Como Hombre necesitaba estar sujeto al Espíritu de Dios, porque así y sólo así Sus Palabras serían vida. Cuando Él dijo que la carne para nada aprovecha, estaba enfatizando la verdad que sólo el Espíritu es quien produce vida y la forma de entender Sus palabras es a través de nuestro espíritu unido al Espíritu Santo, porque lo carnal no discierne lo espiritual. “El que no tiene el Espíritu no acepta lo que procede del Espíritu de Dios, pues para él es locura. No puede entenderlo, porque hay que discernirlo espiritualmente.” (1ª Corintios 2: 14 RV 95). Como humanos estamos acostumbrados a razonar todo, a tratar de entenderlo con nuestra mente natural, esto funciona en el ámbito natural, pero en lo espiritual ya no funciona; sin embargo la persona espiritual puede discernir también lo natural, porque el espíritu gobierna todo. El espíritu unido al Espíritu Santo de Dios ve más allá de lo tangible porque se ha introducido en la misma Vida que es Jesucristo. Cuando la persona nacida de nuevo busca constantemente a Dios a través de Su Palabra, dejándose guiar por el Espíritu de Dios, ella empieza a discernir lo que viene de Dios y a aceptarlo y practicarlo porque entiende que ahí hay vida y vida verdadera.

“La exposición de tus palabras nos da luz, y da entendimiento al sencillo.” (Salmo 119: 130NVI). Las palabras de Dios son las que abren nuestro entendimiento para que Su Luz penetre en nosotros y podamos ver con claridad, de lo contrario estaríamos en tinieblas. “Este es el mensaje que hemos oído de él, y os anunciamos: Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él.” (1ª Juan 1: 5) Para poder entender la vida de Dios necesitamos dejarnos alumbrar por Él. “Porque contigo está el manantial de la vida; En tu luz veremos la luz.” (Salmo 36: 9 RV60). La vida de Dios es luz y quien tiene a Dios debe manifestar esa luz a través de sus palabras. Cada palabra que emitimos es un haz de luz si está sacada de nuestro espíritu agarrado al Espíritu de Dios, porque sólo de Él brota la vida, de lo contrario seremos emisarios de las tinieblas y no queremos eso, ¿verdad? Vida y luz se complementan, por eso Jesucristo que es la vida, es también luz y Él dijo que ahora nosotros, sus hijos somos luz, porque tenemos el Espíritu de Dios en nosotros y en Él no hay tinieblas. Entonces, ¿qué nos hace caminar todavía en tinieblas? Pues el hecho de no dejarnos guiar por el Espíritu Santo a través de nuestro espíritu. Estamos permitiendo todavía que nuestra alma gobierne nuestro ser y si en nuestra alma no ha penetrado la luz, entonces no podemos hablar luz. Luz, vida y verdad se perfeccionan porque nacen de un espíritu donde la luz transparenta todo. La verdad es luz, así como la vida. Jesús dijo:"Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por Mí.” (Juan 14: 6).El Camino (Jesús, Su Palabra) es luz verdadera y vida verdadera, tenemos que pasar por Él para llegar al Padre.

La Palabra, que es el mismo Jesucristo, tiene poder de producir; cuando Su Palabra sale de Su boca produce resultado. “… así es mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié.” (Isaías 55. 11). La Palabra de Jesús produce porque es dicha con fe, porque Él es un Dios de fe; cuando habla, viene a la existencia lo que antes no había; fue así como creó el universo. Él nunca dudó de Su Palabra. La fe no admite duda. La duda es tiniebla, por lo tanto es muerte y no puede generar vida. Cuando la Palabra de Dios es dicha con fe, produce resultados. La fe brota del corazón o espíritu, no de la razón. “Por la fe entendemos que el universo fue hecho por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve, fue hecho de lo que no se veía.” (Hebreos 11: 3). La fe de Dios en nosotros nos da entendimiento que se pueden producir cosas a través de la Palabra de Dios, que podemos traer aquello que no está visible en el mundo natural y hacerlo una realidad tangible. La fe es sobrenatural, es espiritual y trabaja con la palabra. La palabra es el poder activo de la fe. La palabra sin incertidumbre activará y traerá lo que es invisible a la visibilidad. Eso hizo Jesús (la Palabra) en la creación. Ahora bien, como la fe es espiritual, las cosas que quieras activar en lo natural, debes primeramente verlas y creerlas en lo espiritual; para eso necesitas una revelación de la Palabra de Dios en ti. Lo espiritual debe comprenderse desde el ámbito espiritual, no racional. Nuestra fe tiene que estar basada en lo que dice Su Palabra revelada a nuestros corazones, para ello debemos constantemente oír Su palabra, porque la fe de Dios viene a nosotros por el oír Su Palabra (Romanos 10:17), no otras palabras que pueden hacernos dudar. La palabra que brota de un corazón con la fe de Dios, producirá vida. Necesitamos saturarnos de la Palabra de Dios para que Su vida se geste en nosotros, y lo que salga de nuestros labios produzca vida y no muerte, porque “la muerte y la vida están en poder de la lengua; cual sea el uso que de ella hagas, tal será el fruto.” (Proverbios 18: 21 NC). Nuestras palabras tienen un tremendo poder para producir cosas y si éstas salen de la Fuente de Vida que es La Palabra de Dios, entonces produciremos vida, la vida de Dios que está en nosotros, de lo contrario seremos portadores de muerte; por lo tanto, guarda tu corazón, revisa bien lo que colocas en él, porque pronto saldrá a luz a través de tus palabras.

viernes, 8 de mayo de 2009

EL PODER DE LA PALABRA HABLADA

EL PODER DE LA PALABRA HABLADA
Antes de que todo comenzara ya existía aquel que es la Palabra. La Palabra estaba con Dios, y era Dios .Cuando Dios creó todas las cosas, allí estaba la Palabra. Todo fue creado por ella, y sin ella, nada se hizo. De la Palabra nace la vida, y ella, que es la vida, es también nuestra luz. La luz alumbra en la oscuridad, ¡nada puede destruirla!
(Juan 1: 1-5 BLS)
La palabra tiene poder creativo. La prudencia nos lleva a cuidar bien lo que hablamos, porque nuestras palabras tienen tremendo poder de muerte o vida (Proverbios 18. 21). En el principio todo se hizo a través de La Palabra. Los sueños de Dios se hicieron realidad cuando la Palabra fue dicha. La Palabra estaba en el corazón de Dios y cuando fue pronunciada emergió la luz que disipó las tinieblas y continuó la Palabra fluyendo y creando, porque La Palabra es vida y la vida es luz. Cuando la luz de la Palabra penetra en las áreas oscuras de nuestro ser, emerge la vida y aleja la muerte. Las tinieblas son muerte y no hay comunión con la luz, porque vida y muerte no son compatibles.

“Jesucristo nos enseñó que Dios es luz, y que donde Dios está no hay oscuridad. Este es el mensaje que ahora les anunciamos. Si decimos que somos amigos de Dios y, a la vez, vivimos pecando, entonces resultamos ser unos mentirosos que no obedecen a Dios. Pero si vivimos en la luz, así como Dios vive en la luz, nos mantendremos unidos como hermanos y Dios perdonará nuestros pecados por medio de la sangre de su Hijo Jesús.” (1ª Juan 1: 5-7 BLS) La luz de Dios en nuestras vidas nos hace transparentes, sin dobleces, y las palabras que broten de nuestra boca serán palabras de vida para quienes las oigan. Entonces dejaremos de juzgarnos unos a otros, de condenarnos, sino más bien nos exhortaremos unos a otros en amor, para ver si podemos levantar al caído y que Dios lo restaure. "Hermanos en Cristo, no les estoy dando un mandamiento nuevo. En realidad, es el mismo mandamiento que Dios les dio desde el principio. Es un mandamiento muy antiguo, y ustedes ya lo conocen. Sin embargo, esto que les escribo es un mandamiento nuevo, y ya saben lo que significa, como también Cristo lo sabe. Él es la luz verdadera, que brilla cada vez más fuerte y hace que la oscuridad vaya disminuyendo. Si alguno dice que vive en la luz, pero odia a otro miembro de la iglesia o a cualquier persona, en realidad vive en una gran oscuridad. El que ama a los demás, vive bajo la brillante luz de Dios y no causa ningún problema a los de su iglesia Pero el que odia a otro cristiano, vive en la oscuridad, y no sabe a dónde va, porque la oscuridad lo ha dejado ciego." (1ª Juan 2: 7-11). El amor de Dios en nuestras vidas hace que brille Su luz en nosotros y las palabras que broten de nuestros labios serán poderosas para dar vida porque salen cargadas de fe y nunca dirán nada que dañe al prójimo.

Las palabras están en el espíritu y de allí brotan. Cuando nuestro espíritu está lleno del Espíritu Santo de Dios, entonces nuestras palabras serán luz y crearán vida. Cuando Dios creó las cosas, este planeta estaba desordenado y vació, pero Su Palabra lo llenó de luz y vida. Cuando el caos reine a nuestro alrededor, dejemos que la luz que está en nosotros brille y hablemos vida, declarando con fe que Aquel que es Todopoderoso removerá las tinieblas y hará que Su Vida se manifieste, porque es el único que tiene poder para resucitar muertos y crear cosas nuevas. Dejemos que Jesús, que es la Palabra, salga de nuestra boca.

Por eso, hermanos míos, ya que Dios es tan bueno con ustedes, les ruego que dediquen toda su vida a servirle y a hacer todo lo que a él le agrada. Así es como se debe adorarlo. Y no vivan ya como vive todo el mundo. Al contrario, cambien de manera de ser y de pensar. Así podrán saber qué es lo que Dios quiere, es decir, todo lo que es bueno, agradable y perfecto. (Romanos 12: 1, 2 BLS) Necesitamos urgentemente cambiar nuestra forma de pensar para poder pensar los pensamientos de Cristo, y como los pensamientos se traducen en palabras, pronto estaremos hablando las palabras de Él y manifestando Su luz. Dios quiere que seamos manifestadores de Su Luz para que demos de Su vida a los demás. Cuando todo nuestro ser esté entregado a Dios, vamos a fluir en el lenguaje de Dios, en la fe que va a redundar en adoración; y allí en la intimidad, vamos adquiriendo el estilo de vida de Dios, nos empapamos de Él, hasta que todo nuestro ser se conjugue con el de Dios, así dejamos de poner nuestra mirada en nosotros mismos y sólo la centramos en Dios, pues Él es el único que importa, entonces fluye la adoración, porque sólo lo vemos a Él; Su Santidad nos envuelve de tal forma que no podemos mirarnos, sino contemplar la belleza de Su Santidad, la hermosura del más hermoso de los hombres. Allí atrapamos el corazón de Dios y nuestra vida deja de ser nuestra, porque ya se la hemos dado a nuestro Dueño y Señor. La Luz nos absorbe y Su Vida destila de nuestro ser para vida; nuestros pensamientos los sujetamos a Cristo; nuestras palabras son luz y verdad y brota de nuestro ser el amor, porque hemos entrado en Él. Dios es amor y lo manifestó en la cruz. Cuando Su amor se hace vida en nosotros, se manifiesta en la crucifixión de nuestro YO, para soltar ligaduras de impiedad, para sacar de la cárcel a los presos, para quitar la venda de los ojos para que puedan ver, para libertar y para darnos como Cristo se dio por nosotros. Nuestras palabras pueden soltar, sacar, quitar, libertar y redundar en otros, vaciarnos para que ellos reciban vida, la vida de Dios. Somos comunicadores de vida, manifestadores de la luz de Dios y nuestras palabras tienen poder. Usa ese poder para producir vida, la vida de Dios.

viernes, 17 de abril de 2009

SAL Y LUZ DE LA TIERRA

TÚ HAS SIDO LLAMADA/O PARA SER SAL Y LUZ DE LA TIERRA
"Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve insípida, ¿cómo recobrará su sabor? Ya no sirve para nada, sino para que la gente la deseche y la pisotee. "Ustedes son la luz del mundo. Una ciudad en lo alto de una colina no puede esconderse. Ni se enciende una lámpara para cubrirla con un cajón. Por el contrario, se pone en la repisa para que alumbre a todos los que están en la casa. Hagan brillar su luz delante de todos, para que ellos puedan ver las buenas obras de ustedes y alaben al Padre que está en el cielo.
(Mateo 5: 13 -16)
Jesucristo dejó Su Cuerpo, que es Su Iglesia, aquí en la tierra para darle sabor, el sabor característico del reino de Dios, por eso cuando Él enseñó el “Padre Nuestro” mandó que trajeran los diseños del cielo a la tierra, cuando dijo, “venga tu reino, sea hecha tu voluntad aquí en la tierra, así como se hace en los cielos”. Según el orden de prioridades, en la oración enseñada por el Señor Jesucristo, viene primero la declaración de la santidad de Dios, el reconocimiento de quién es Dios y luego la petición para que venga Su gobierno a esta tierra; este gobierno es el que dará sabor de vida porque preservará la vida misma implantando la Vida de Dios en los corazones de las personas. Sin embargo, si Los hijos de Dios siguen la corriente de este sistema mundial, van perdiendo su sabor, entonces se volverán el hazme reír de los hijos del diablo y la maldad se incrementará. El diablo es el príncipe de este mundo, pero nosotros, los hijos de Dios, estamos aquí para marcar la diferencia y no para seguir la corriente satánica con todos sus fugaces encantos. La Iglesia de Cristo tiene que implantar la cultura del reino de Dios y dar sabor a la tierra.

Nuestra tarea es sazonar la sociedad que está corrompida, es darle el sabor de reino de Dios, es empezar a gobernar según los decretos celestiales, es traer el cielo a la tierra. Implantar la cultura del Reino es decretar los diseños de Dios para esta tierra. No vamos a pelear contra el príncipe de este mundo, él ya está vencido, vamos a establecernos como una cultura celestial que asienta sus bases en este planeta y si el diablo quiere hacernos frente y no ceder territorio, entonces tomamos las armas poderosísimas y le ordenamos retirarse del lugar donde nosotros nos plantemos. “Porque así como las aguas cubren los mares, así también se llenará la tierra del conocimiento de la gloria del Señor.” (Habacuc 2: 14 NVI). Esta declaración es para este tiempo porque la gloria de Dios ha de verse en cada hijo suyo. La luz de Dios se alzará y brillará manifestando la justicia de Dios y quebrando el yugo de injusticia satánica debido a la unción de los manifestadores del Reino de Dios. Entonces el temor, el miedo que no permitía levantar la luz de Dios huirá, y vendrá el reverente temor a Dios en todos Sus hijos y brillarán como antorchas en medio de la oscuridad, entonces la santidad a Dios se podrá ver en sus vidas porque Dios mismo los guardará, porque ellos guardaron sus vidas y sus pensamientos para Dios.

Levántate Iglesia y brilla, porque el Sol de Justicia está sobre ti. Ha llegado tu tiempo. Este es el tiempo, es el tercer día, es la resurrección, es la gloria de Dios sobre la Iglesia. La oscuridad que ha invadido la tierra empieza a desvanecerse porque viene el día, brilla el sol y Su Gloria se manifiesta. Es tiempo de preparar los graneros porque viene la lluvia que madurará los frutos. Esfuérzate por conocerlo. Busca Su presencia. Toma autoridad, empieza a traer los diseños de Dios a la tierra. Gobierna, toma ciudades, pide naciones para Cristo, porque tu tiempo ha llegado. La gloria de la resurrección está sobre ti. La lluvia tardía traerá sanidad y restauración y bañará el desierto y brotará la vida. Alza tu voz y no calles. Es hora de arrepentimiento y clamor. Es hora de no mirar atrás, es hora de avanzar, porque lo que está en ruinas tiene que reedificarse. La sociedad corrompida tiene que sanarse. Tus hijos pródigos volverán. Extiende tus brazos para recibirlos. Ensánchate y avanza. Alcanza a los débiles e infúndeles fuerza; a los atormentados dales paz. Gobierna con cetro de justicia y lazos de amor. “¡Vengan, volvámonos al Señor! Él nos ha despedazado, pero nos sanará; nos ha herido, pero nos vendará. Después de dos días nos dará vida; al tercer día nos levantará, y así viviremos en su presencia. Conozcamos al Señor; vayamos tras su conocimiento. Tan cierto como que sale el sol, él habrá de manifestarse; vendrá a nosotros como la lluvia de invierno, como la lluvia de primavera que riega la tierra.” (Oseas 6: 1-3)

“Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Y ustedes no recibieron un espíritu que de nuevo los esclavice al miedo, sino el Espíritu que los adopta como hijos y les permite clamar: "¡Abba! ¡Padre!" El Espíritu mismo le asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, somos herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, pues si ahora sufrimos con él, también tendremos parte con él en su gloria.” (Romanos 8: 14 – 17). Los hijos maduros de Dios se dejan guiar por el Espíritu Santo y el temor huye de ellos, empiezan a gobernar decretando los diseños de Dios para esta tierra y la voluntad de Dios se establece, Su luz brilla y la sal empieza a detener la corrupción por los decretos de los hijos de Dios. La luz descubre lo escondido y las tinieblas huyen porque la justicia de Dios se manifiesta. Los hombres malos aborrecen la luz porque no quieren ser descubiertos en sus maldades. La Iglesia del tercer milenio debe levantarse y gobernar en el Nombre de Jesucristo, “porque toda la creación está confiada y expectante por la manifestación de los hijos de Dios” (Romanos 8: 19) Este es el tiempo de la manifestación gloriosa de los hijos de Dios.

domingo, 15 de marzo de 2009

EMPIEZA A BRILLAR



EMPIEZA A BRILLAR
Si tan sólo vinieres al mundo, para ocupar un espacio en este planeta, tu vida no se diferenciaría de la de un miserable gusano, que pese a su corta e insignificante estancia en este planeta, cumple su función y el propósito para lo cual ha sido creado.
Tu vida tiene un propósito; propósito que a diferencia de la del insecto, cumple una noble y específica función, función que inclusive los ángeles desearían cumplir. Tu función y misión en esta vida es la de “anunciar las virtudes de Aquel que te sacó de las tinieblas y te llevó a Su luz admirable.”(1ª Pedro 2: 9)
No puedes permanecer callada/o después de haber sido rescatada/o de una inminente muerte a causa del pecado. “Porque la paga del pecado es muerte…” (Romanos 6: 23ª); pero Dios en Su amor te extendió Su Gracia salvadora, entregando a su Hijo Jesucristo para liberarte y esa Gracia que alcanzaste, que fue superior a tu pecado te dio vida eterna. “… mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús.” (Romanos 6: 23b). Éste es el mensaje que los ángeles quisieran publicar, pero no se les está permitido, porque Jesucristo murió por los humanos y somos nosotros los que debemos anunciarlo a viva voz. Trabajes o no en tu misión, deberás responder ante tu Creador en el día del juicio y si has cumplido el propósito para lo cual Él te creó, lo escucharás decir: “Bien, buen siervo y fiel, sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré. Entra en el gozo de Tu Señor”. (Mateo 25: 21)
Tu vida debe ser faro, que brillando muestre el rumbo a otras vidas que detrás de ti vendrán. Si cumples el propósito para lo cual estás aquí y ocupas tu lugar como faro, pronto las tinieblas desaparecerán y tu brillo opacará el brillo mismo de las estrellas.

Dios es luz y en Él no hay ni una tiniebla y Él ha dicho que Sus hijos somos luz del mundo. Empieza a brillar como un faro en medio de la oscuridad.

miércoles, 4 de marzo de 2009

EL REINO DE DIOS ES UN REINO DE LUZ


EL REINO DE DIOS ES UN REINO DE LUZ
“En él (Jesús) estaba la vida, y la vida era la luz de la humanidad. Esta luz resplandece en las tinieblas, y las tinieblas no han podido extinguirla.” (Juan 1: 4,5)
Al principio, en la creación, cuando la tierra se encontraba desordenada y vacía, Dios empezó a poner orden y lo primero que hizo para restablecer el orden fue manifestar la luz. “Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz. Y vio Dios que la luz era buena; y separó Dios la luz de las tinieblas.” (Génesis 1: 3, 4). Exactamente lo mismo sucede cuando nacemos de nuevo. Nuestro ser, que debido al pecado estaba en desorden, una vez que el Espíritu de Dios, por milagro de la nueva creación, entra en nuestro espíritu, la luz de Dios se manifiesta en nosotros y hace la separación de la luz y las tinieblas. “Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable; vosotros que en otro tiempo no erais pueblo, pero que ahora sois pueblo de Dios; que en otro tiempo no habíais alcanzado misericordia, pero ahora habéis alcanzado misericordia.” (1ª Pedro 2: 9, 10). Esta luz la recibimos al aceptar el sacrificio de Cristo en la cruz, permitiendo que Su Sangre nos limpie y nos cubra como un manto que es la justicia de Dios en nosotros. “Porque al que no conoció pecado, por ti y por mí, Dios lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en Él.” (2ª Corintios 5: 21)

Ahora nosotros somos la luz del mundo. "Ustedes son la luz del mundo. Una ciudad en lo alto de una colina no puede esconderse. Ni se enciende una lámpara para cubrirla con un cajón. Por el contrario, se pone en la repisa para que alumbre a todos los que están en la casa. Hagan brillar su luz delante de todos, para que ellos puedan ver las buenas obras de ustedes y alaben al Padre que está en el cielo.” (Mateo 5:14-16). Tenemos que mostrar nuestra luz a través de lo que hacemos, para que los que no conocen a Dios puedan conocerlo por medio de nosotros y le den gloria a Dios. Cuando la luz de Dios se haga manifiesta, las tinieblas van a tener que retroceder, porque la luz va a poner al descubierto toda obra del infierno. Cristo vino para deshacer la obras del diablo (1ª Juan 3:8) y Él vive en nosotros, Él es la luz verdadera, y esa luz deshará toda obra del diablo. Por tanto es de suma importancia que nuestra vida esté libre de tinieblas para poder manifestar la luz de Cristo. No podemos ser manifestadores de la luz del Dios Todopoderoso y de las tinieblas al mismo tiempo. Nuestra vida debe ser transparente, sin nada en lo cual el diablo pueda tener una razón para tomarnos. Pidamos a Dios que nos muestre qué partes de nuestro ser todavía están en tinieblas. Recuerda que las tinieblas no son de Dios, por lo tanto tenemos que desecharlas.

Somos hijos de luz. “Todos ustedes son hijos de la luz y del día. No somos de la noche ni de la oscuridad.” (1ª Tesalonicenses 5: 5, 9) por lo tanto, tenemos que manifestar lo que somos y tenemos. Somos luces, (Efesios 5: 8) y se nos exhorta a andar como tales, porque nuestra luz es para alumbrar a todos los que nos rodean. (Mateo 5: 14-16) Nuestra luz debe alumbrar en nuestro hogar, en el lugar donde trabajamos y por donde nos movemos, porque “luz está sembrada para el justo, y alegría para los rectos de corazón.” (Salmo 97: 11). La siembra de luz en nuestra vida debe extenderse, porque la alegría acompaña a los rectos. Luz y gozo se complementan, porque la tristeza del mundo opaca la luz, pues produce muerte. (2ª Corintios 7: 10).

Somos manifestadores de la luz de Dios y ¿cómo se manifiesta esa luz? Veremos solamente dos aspectos:
1. Por la comunión que tenemos entre los hermanos. “Este es el mensaje que hemos oído de él y que les anunciamos: Dios es luz y en él no hay ninguna oscuridad. Si afirmamos que tenemos comunión con él, pero vivimos en la oscuridad, mentimos y no ponemos en práctica la verdad. Pero si vivimos en la luz, así como él está en la luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de su Hijo Jesucristo nos limpia de todo pecado.” (1ª Juan 1: 7). Si entre nosotros está la luz de Dios, vamos a vivir transparentemente entre hermanos, sin enemistades, ni recelos, sino en plena comunión. La comunión es de suma importancia para nosotros, pues somos un Cuerpo en Cristo y si no estamos en comunión, la luz de Dios que está nosotros, va menguando y muchas veces se apaga y no cumple con el propósito de Dios para la humanidad. Pablo al hablar a los corintios y decirles que huyan de la idolatría, les reflexiona de esta manera: “Como a sensatos os hablo; juzgad vosotros lo que digo. La copa de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo? Siendo uno solo el pan, (Cristo) nosotros, con ser muchos, somos un cuerpo; pues todos participamos de aquel mismo pan.” (1ª Corintios 10: 15-17). Somos un cuerpo en Cristo, por lo tanto este Cuerpo es santo y debe estar en unidad.
2. Por el amor a los hermanos. “El que afirma que está en la luz, pero odia a su hermano, todavía está en la oscuridad. El que ama a su hermano permanece en la luz, y no hay nada en su vida que lo haga tropezar. Pero el que odia a su hermano está en la oscuridad y en ella vive, y no sabe a dónde va porque la oscuridad no lo deja ver.” (1ª Juan 2: 10) El diccionario DRAE define el odio como: "Antipatía y aversión hacia algo o hacia alguien cuyo mal se desea." No podemos desear el mal a nadie, por mucho que esa persona nos esté dañando. Cristo nos dijo que bendigamos cuando nos maldicen y ultrajan. Eso es manifestar la luz de Dios. Eso es buenas obras. La luz se hace manifiesta a través de nuestras buenas obras y nuestras buenas obras son producto de nuestros buenos pensamientos. Es en nuestros pensamientos que debemos dejar que la luz de Dios brille, para que las palabras que salgan de nuestra boca sean luz y no tinieblas. La luz no va a venir como un haz del cielo para hacer resplandecer nuestros pensamientos, sino más bien, somos nosotros que de acuerdo a Filipenses 4: 8 y 2ª Corintios 10: 5, debemos guardar nuestros pensamientos centrados en Cristo, llevando cautivo todo pensamiento a la cruz de Cristo, porque sólo en la luz de Dios veremos la luz. “Porque en ti está la fuente de la vida, y en tu luz podemos ver la luz.” (Salmo 36: 9). Fuera de Él, todo es tinieblas.

“La justicia y el derecho son el fundamento de tu trono, y tus heraldos, el amor y la verdad. Dichosos los que saben aclamarte, Señor, y caminan a la luz de tu presencia; los que todo el día se alegran en tu nombre y se regocijan en tu justicia.” (Salmo 89: 14-16). Amén.

jueves, 20 de noviembre de 2008

LA PALABRA DE DIOS ES TRANSFORMADORA


LA PALABRA DE DIOS ES TRANSFORMADORA

"Por la palabra del Señor fueron creados los cielos, y por el soplo de su boca, las estrellas. Él recoge en un cántaro el agua de los mares, y junta en vasijas los océanos. Tema toda la tierra al Señor; hónrenlo todos los pueblos del mundo; porque él habló, y todo fue creado; dio una orden, y todo quedó firme." (Salmo 33: 6-9 -NVI) La palabra de Dios transformó el desorden en orden, trajo la luz y empezó a producir vida donde no había. La Palabra de Dios sale con un propósito y lo cumple. “Así como la lluvia y la nieve descienden del cielo, y no vuelven allá sin regar antes la tierra y hacerla fecundar y germinar para que dé semilla al que siembra y pan al que come, así es también la palabra que sale de mi boca: No volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo deseo y cumplirá con mis propósitos.” (Isaías 55: 19,11 -NVI) Toda Palabra de Dios vuelve a Él con el propósito cumplido. Cuando nosotros hablamos la Palabra de Dios, debemos estar seguros que Ésta se cumplirá. Debemos estar tan seguros que nada nos hará mover de esa palabra sobre la cual nos hemos establecido. Podemos decir: Yo me quedo firme sobre esta Palabra y no importa los vientos y la tempestad, nadie me mueve de este lugar.

El centurión citado en Mateo 8: 5-13, entendió y creyó en el poder de la Palabra que salía de la boca de Jesús, por eso le dijo: “Pero basta con que digas una sola palabra, y mi siervo quedará sano.” (Mateo 8:8). Basta una sola palabra dicha con fe y ella vuela para cumplir su propósito. Las personas que hablen de parte de Dios siempre van a producir una transformación en ellas y en otras personas. Jesús hablaba de parte de Dios, hablaba lo que Dios le decía que hable. El centurión fue muy sagaz y entendió esto, dado que, como él lo hacía en lo natural con sus subalternos, en lo espiritual era lo mismo. Él se dio cuenta de la autoridad que tenía Jesús y creyó con fe en su corazón, por eso dijo que sólo bastaba una palabra para que los espíritus de rangos inferiores obedezcan. Esa autoridad que Cristo tenía en la tierra, ahora la tenemos nosotros (Lucas 10: 19), sólo falta que la creamos con fe. Una vez que aceptemos creer en lo que hemos recibido de parte de Dios, entonces nuestra palabra producirá buenos frutos y traerá lo que Dios tiene en el cielo a esta tierra para crear vida donde no hay. El Cristo que vive en nosotros es siempre Mayor que el que gobierna el mundo, por lo tanto, cuando dejamos que Él hable a través de nosotros, todo nombre tiene que inclinarse ante el Nombre que es sobre todo nombre, Jesucristo el Señor. Somos personas bajo autoridad, por tanto di la palabra y producirá el efecto deseado. ¡Obediencia! Esa es la clave para la victoria.

La Palabra de Dios en nosotros tiene que empezar a transformar no sólo nuestro entorno mediato, sino más allá, porque Ella primeramente va a penetrar nuestro ser partiendo el alma y el espíritu y escudriñando lo más recóndito de nosotros, discerniendo nuestros pensamientos e intenciones del corazón. (Hebreos 4: 12) Cuando la palabra de Dios va exponiéndonos a Su luz, no hay argumentos que valgan para seguir en pecado, sólo nos queda arrepentirnos humildemente y decidir no cometer más pecados contra Dios. La luz de Dios tiene que penetrar cada área de nuestro ser y esto sólo es posible si dejamos que Su Espada abra camino cortando nuestra carne y poniendo de manifiesto todo pensamiento e intenciones que llevamos muy adentro. Si le permitimos a la espada de Dios cortar nuestro ser, entonces el fluir de Su Palabra avanzará sin impedimento alguno y lo que salga de nuestra boca, será Palabra transformadora de Dios. No leamos la Palabra de Dios para saber mucho de Ella, dejemos que sea Ella quien nos lea, para exponer cuánto nos falta de Dios en nosotros.

Jesucristo es la Palabra viva de Dios y es esa Palabra la que vamos a hablar, es a Jesucristo a quien vamos a predicar y es por Él que vamos a levantar bandera y no por una denominación. Jesucristo es la vida (Juan 14:6) y si queremos engendrar esa vida en nosotros, es necesario embarazarnos de Su Vida para darlo luego a luz, no como quien arroja un caramelo de la boca, sino con verdaderos dolores de parto. Si no sufrimos por las almas que sufren, no vamos a poder darles la Vida de Dios. Los primeros cristianos fueron llamados trastornadores o transformadores del mundo (Hechos 17:6), porque por donde ellos pasaban las cosas empezaban a cambiar, porque sus palabras ardían con el poder de Dios y ese fuego empezaba a consumir la escoria del pecado y miles se convertían al Dios vivo. ¿Cuál era el secreto? Ellos sólo miraban a Jesucristo y hablaban las Palabras de Jesucristo; vivían y morían por Él. ¿Qué hablamos como cristianos? ¿Por quién vivimos y por quién morimos? La única palabra que va a transformar el mundo es la Palabra de Dios, porque “las palabras que Él habla son espíritu y son vida.” (Juan 6: 63).

El poder de la Palabra de Dios no ha cambiado, el fuego espera ser avivado, pero si nos vamos a pelear discutiendo si la mujer puede o no predicar, o si tal denominación que empieza a echar fuera a los demonios está en entredichos, ¿qué estamos haciendo? Echándole agua al fuego y apagando el poder de la Palabra. Los primeros cristianos estaban unánimes, enfocados en Cristo, sin miramientos, entonces el fluir de Dios arrasaba el mismo infierno. Señor, hágase tu voluntad para que unánimes hablemos una misma palabra: Tu Palabra; que tengamos una misma visión: almas para tu reino; que avancemos por un mismo camino, el camino de Santidad; que sintamos lo que Cristo sintió: humildad; que amemos como Cristo amó que se entregó por nosotros; que ya no nos juzguemos, sino que bendigamos, para que Tu Reino se extienda en la tierra y que las tinieblas retrocedan mientras Tu luz avance, para que Tu nombre, Jesús, sea engrandecido. Amén