domingo, 17 de enero de 2010

UNO CON CRISTO

UNO CON CRISTO
"No ruego sólo por éstos. Ruego también por los que han de creer en mí por el mensaje de ellos, para que todos sean uno. Padre, así como tú estás en mí y yo en ti, permite que ellos también estén en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que me diste, para que sean uno, así como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí. Permite que alcancen la perfección en la unidad, y así el mundo reconozca que tú me enviaste y que los has amado a ellos tal como me has amado a mí."
(Juan 17: 20-23)
Al unirnos a Cristo no anulamos nuestro “YO” sino que lo fortalecemos porque Cristo nos devuelve nuestra posición original, como era antes del pecado de Adán. En Cristo nuestros derechos son reivindicados, se nos restituye lo que perdimos a causa del pecado. Se nos restablece la autoridad, el dominio y el poder sobre todo lo creado. Y dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, y en las aves de los cielos, y en las bestias, y en toda la tierra, y en toda serpiente que [se] anda arrastrando sobre la tierra. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; macho y hembra los creó. Y los bendijo Dios; y les dijo Dios: Fructificad y multiplicaos, y llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, y en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra. (Génesis 1: 26-28 RV 2000). Adán y Eva tenían el dominio de todo aquí en la tierra porque el poder de Dios gobernaba sus vidas, eran uno con Dios. La vida de ellos estaba llena del Espíritu de Dios. Cuando permitimos que el Espíritu Santo gobierne nuestras vidas, nos unimos a Dios y nuestra voluntad carnal se somete conscientemente y por amor al Espíritu de Dios, entonces empezamos a vivir la vida abundante que Cristo ofrece. “El ladrón no viene más que a robar, matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia.” (Juan 10: 10). Satanás sólo quiere arruinarnos y nos hace creer que si vivimos independientes de Dios, vamos a gobernar y vamos a poder hacer nuestra voluntad y llegar a ser como Dios. Así que ingenuamente muchos hijos de Dios se someten al diablo viviendo de acuerdo a su vieja naturaleza.

“Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él (Cristo), para que el cuerpo del pecado sea deshecho, a fin de que no sirvamos más al pecado. (Romanos 6: 6 RV 1865).
“Sabemos que nuestro viejo yo fue muerto en la estaca de ejecución con El, para que el cuerpo entero de nuestra propensión pecaminosa pudiera ser destruido, y a fin de no ser esclavizados más por el pecado.” (Romanos 6: 6 TKIM-D). Tenemos que saber y comprender que esa naturaleza voluntariosa, caprichosa, propensa a pecar ya ha sido clavada en la cruz para que nosotros ya no seamos más esclavos del pecado, sino que vivamos en la libertad con que Cristo nos hizo libres.

“De la misma manera considérense ustedes mismos muertos al pecado, pero vivos para YAHWEH por su unión con el Mashíaj Yahshúa” (Mesías Jesús). (Romanos 6: 11TKIM-D). Tenemos que creer de una vez por todas que ya hemos muerto al pecado. ¡Creámoslo! Es que no nos queda otra cosa que creer o creer para poder vivir libres de pecado y unidos a Cristo. En la cruz se destruyó el deseo de pecar, porque nuestro viejo YO, lo que éramos antes de venir a Cristo, ya fue muerto en la cruz; ahora entendiendo esto, vivamos la nueva vida en Cristo sin dejar que el pecado vuelva a formar cuerpo en nosotros. “Por lo tanto, no dejen que el pecado reine en sus cuerpos mortales, y los siga obligando a obedecer sus deseos; y no ofrezcan ningún miembro de sus cuerpos al pecado como instrumento de perversidad. Por el contrario, ofrezcan sus cuerpos a YAHWEH como personas que estaban muertas y han vuelto a vivir, y entreguen sus cuerpos como instrumentos para justificación ante El.” (Romanos 6: 12 -13). Ahora nuestro cuerpo pertenece a Cristo quien nos rescató del pecado, así que ya no hagamos caso a las demandas de pecar de la carne o vieja naturaleza. “Por tanto, hermanos, tenemos una obligación, pero no es la de vivir conforme a la naturaleza pecaminosa. Porque si ustedes viven conforme a ella, morirán; pero si por medio del Espíritu dan muerte a los malos hábitos del cuerpo, vivirán. Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Y ustedes no recibieron un espíritu que de nuevo los esclavice al miedo, sino el Espíritu que los adopta como hijos y les permite clamar: "¡Abba! ¡Padre!" (Romanos 8: 12-15 NVI)

Tenemos que saber que ya no somos pecadores, es decir que ya no vivimos pecando voluntariamente, aunque no estamos exentos de pecar alguna vez; repito: "alguna vez"; pero si así sucede, inmediatamente acudimos a Dios con arrepentimiento de corazón y pedimos perdón, para no volver a cometer la misma falta, porque no podemos burlarnos de Dios pretendiendo hacerle creer que nos hemos arrepentido, sin embargo, volvemos a lo mismo, porque todavía la vieja naturaleza nos impele a hacerlo y además porque nos gusta pecar. “Mis queridos hijos, les escribo estas cosas para que no pequen. Pero si alguno peca, tenemos ante el Padre a un intercesor, a Jesucristo, el Justo.” (1ª Juan 2: 1) “Si confesamos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, nos los perdonará y nos limpiará de toda maldad.” (1ª Juan 1: 9). Nuestra confesión con arrepentimiento nos vuelve a la unión con Cristo otra vez, porque el pecado nos separa de Dios. Unidos a Cristo, ya no vamos a tener que esforzarnos por pretender vivir conforme a la voluntad de Dios, sino que sin esfuerzo alguno nos dejaremos guiar por nuestro espíritu que está unido al Espíritu de Dios. Siempre debemos mantener nuestra alma en sujeción a nuestro espíritu que está sujeto al Espíritu de Dios y así ya no andaremos satisfaciendo los deseos de la carne, sino que andaremos y viviremos en el Espíritu, unidos con Cristo. Declara cada día: Mi “YO” con todos sus deseos mengua para que Cristo crezca y se fortalezca en mí.