domingo, 23 de mayo de 2010

DIOS QUIERE QUE SEAMOS SUS VOCEROS
"El que habla, hágalo como quien expresa las palabras mismas de Dios; el que presta algún servicio, hágalo como quien tiene el poder de Dios. Así Dios será en todo alabado por medio de Jesucristo, a quien sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén." (1ª Pedro 4: 11) Nuestra forma de hablar debe ser como quienes estamos hablando por Dios mismo y esto podemos hacerlo si el Espíritu de Dios vive en nosotros/as y nos dejamos gobernar por Él. Jeremías 15: 19 dice así: “Por tanto, así dijo Jehová: Si te convirtieres, yo te restauraré, y delante de mí estarás; y si entresacares lo precioso de lo vil, serás como mi boca. Conviértanse ellos a ti, y tú no te conviertas a ellos.” Dios ha dado a los seres humanos la capacidad de hablar y sólo a ellos, no lo hizo así con los animales; si bien en la Biblia se menciona de dos animales que hablaron, esos son excepciones y no la regla general. El primer animal que habló se encuentra en Génesis 3: 1 al 5 y fue inducido por Satanás para engañar a Eva; el segundo animal que habló, mencionado en la Biblia, se encuentra en Número 22: 28 al 30 y fue Dios mismo quien hizo hablar a la burra, para que el “burro” de Balaam entendiera que Dios estaba disgustado con él por su obstinación en desobedecerle; pero era tan burro este profeta que no entendió el mensaje. Dios quiere que seamos sus portavoces, que hablemos lo que Él dice acerca de cada persona, para que la gente sepa cuán bueno es Dios. El apóstol Pablo nos dice: “Empéñense en seguir el amor y ambicionen los dones espirituales, sobre todo el de profecía.” (1ª Corintios 14: 1) Aquí nos dice que ambicionemos los dones, que deseemos de todo corazón recibir los dones de Dios, pero sobre todo el don de profecía, porque es a través de ese don que podemos decir lo que Dios tiene en Su corazón, porque “el que profetiza habla a los demás para edificarlos, animarlos y consolarlos.” (1ª Corintios 14: 3). Dios quiere que crezcamos en el conocimiento de Jesucristo, “hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del pleno conocimiento del Hijo de Dios, a la condición de un hombre maduro, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo.” (Efesios 4: 13 NBLH).

“Preocupémonos los unos por los otros, a fin de estimularnos al amor y a las buenas obras. No dejemos de congregarnos, como acostumbran hacerlo algunos, sino animémonos unos a otros, y con mayor razón ahora que vemos que aquel día se acerca.” (Hebreos 1º: 24, 25 NVI) Hay muchas formas de estimularnos y animarnos para seguir firmes en la fe, una de ellas y quizá la principal es a través del habla. Cuando nos reunimos, que debemos hacerlo con frecuencia, porque nos necesitamos unos a otros, puesto que no somos una isla en el último confín del Océano, lo hacemos para animarnos, confortarnos, levantarnos para seguir adelante en la carrera de la fe. “Que habite en ustedes la palabra de Cristo con toda su riqueza: instrúyanse y aconséjense unos a otros con toda sabiduría; canten salmos, himnos y canciones espirituales a Dios, con gratitud de corazón. Y todo lo que hagan, de palabra o de obra, háganlo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios el Padre por medio de él.” (Colosenses 3: 16, 17). Para poder hablar palabras de vida, necesitamos llenarnos de la Palabra Viva, que es Jesucristo, el Verbo hecho carne. Si saturamos nuestro ser de la Palabra de Cristo, ésta va a salir para edificación de quienes nos escuchen. Instruir, aconsejar, cantar, son acciones que se hacen a través del habla que debe brotar de nuestra boca con gratitud de corazón. Necesitamos más que nunca, hablar el lenguaje de Dios, el lenguaje del Reino de Dios, así como lo hizo Jesucristo. Una linda hermana en Cristo, hija de Dios por supuesto, estaba refiriéndose de su madre y dijo así: -“Mi madre nunca va a cambiar”. Yo que la escuché le dije que no hablara así, porque ese no era el lenguaje del Reino de Dios, ni la voluntad de Dios, pues es Dios quien transforma y cambia las vidas, por tanto: “No nos cansemos de hacer el bien, porque a su debido tiempo cosecharemos si no nos damos por vencidos.” (Gálatas 6: 9 NVI) Si no nos cansamos de orar por las personas y declarar palabras de vida sobre ellas, vamos a recibir el fruto de nuestra siembra y nos vamos a gozar. Hablemos lo mejor de las personas aunque no veamos eso en ellas, profeticemos sobre sus vidas palabras de bendición.

¿Quieres que tu esposo ame a Dios? ¡Profetiza! Di: Profetizo, en el nombre de Jesucristo que mi esposo (di el nombre) ama a Dios de todo corazón. Que Dios ocupa el primer lugar en su vida. Declara la palabra y no cambies hasta ver materializado tus dichos. Lo mismo puedes hacer con todas las personas, e inclusive con ciudades y naciones, pero ¿qué es lo primero que se dice?: - Al paso que vamos, las cosas no van a cambiar- Y es por esos dichos que no cambian. ¿Qué sería de nosotras/os si Dios pensara como pensamos? Pero Dios dice: “Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis.” (Jeremías 29: 11 RVG-R) Qué reconfortantes son estas palabras. Que nuestros pensamientos sean de paz hacia las personas, pensemos bien y para bien de las personas, no mirando lo que ellas son o hacen, sino declarando palabras de bendición, esto no quiere decir que vamos a estar de acuerdo con lo malo que están haciendo, sino que por medio del poder de nuestras palabras de bendición vamos a romper barreras de maldición sobre las vidas porque, “ un siervo del Señor no debe andar peleando; más bien, debe ser amable con todos, capaz de enseñar y no propenso a irritarse. Así, humildemente, debe corregir a los adversarios, con la esperanza de que Dios les conceda el arrepentimiento para conocer la verdad, de modo que se despierten y escapen de la trampa en que el diablo los tiene cautivos, sumisos a su voluntad.” (2ª Timoteo 2: 245 -26)