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viernes, 10 de abril de 2009

VOLVÁMONOS AL PLAN ORIGINAL DE DIOS


VOLVÁMONOS AL PLAN ORIGINAL DE DIOS
Así dice el Señor: "Deténganse en los caminos y miren; pregunten por los senderos antiguos. Pregunten por el buen camino, y no se aparten de él. Así hallarán el descanso anhelado. Pero ellos dijeron: No lo seguiremos." (Jer. 6: 16) Como hijos de Dios estamos diseñados para caminar por los caminos establecidos por el Señor (Lee Efesios 2: 10) y si no lo hacemos, nuestra alma no va a hallar descanso. Hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, para que en nuestro ser quepa Dios y no haya lugar para nadie más. Dios no se aloja a la fuerza, Él espera ser invitado y que le permitamos llenarnos a plenitud. Su mayor deseo es volvernos a Su Semejanza nuevamente, para que nos parezcamos a Su Hijo Jesucristo. Cuando Dios creó a Adán, lo creó como Él y le dio un reino, le dio este planeta Tierra, para que gobernara con autoridad divina y estableciera los principios de Dios, pero el hombre entregó su autoridad a Satanás y llegó a ser esclavo de él. No obstante, Dios, que no cambia, levantó al segundo Adán, Jesucristo, que restauró lo perdido por el primer Adán y nos dio nuevamente el dominio de este planeta para que establezcamos Sus principios sobre él, para que demos a conocer Su Reino. Cuando Cristo, el segundo Adán, vino a la tierra, estableció el Reino de Dios sobre los principios fundamentales de Dios, sobre Su Palabra, porque cielo y tierra pasarán, pero Su Palabra nunca pasará. Jesús hizo la voluntad de Dios, vivió Su Palabra.

Al principio Dios colocó a Adán en un huerto y allí habían dos árboles: el Árbol de la Vida y el de la ciencia del bien y del mal. Dios le encargó no comer del último, del árbol de la ciencia del bien y del mal, porque indefectiblemente moriría. Adán no obedeció y la muerte se apoderó de él, porque comió muerte. Fue expulsado del huerto para que no comiese del Árbol de la Vida y viviese por siempre en pecado. Desde ese momento el hombre no podía tener acceso al Árbol de la Vida y empezó a hacer su propia obra, conforme él había elegido; pero a pesar de eso, Dios mantuvo una generación justa que decidió seguir Sus mandamientos y les dio revelación para que pudieran comprender cómo vivir en obediencia a Dios. De esa generación vino Jesucristo, el Justo, para devolvernos lo que el hombre perdió en el Edén. ¿Qué perdió? El acceso al Árbol de la Vida. Este acceso nos lleva al descanso en Dios.

Por el poder del Justo, por el sacrificio en la cruz del Calvario, Jesús nos dio nuevamente acceso al Árbol de la Vida, nos dio acceso a Su Vida y se plantó en el centro de nuestro huerto, en nuestro espíritu, para que al comer cada día de Él, la muerte que fue plantada en nuestro ser, debido a la desobediencia de un hombre, empiece a ser expulsada de nuestro huerto, mientras es desarrollado Cristo como el Árbol de la Vida. El comer de Cristo fortalece Su vida en nosotros y nos otorga Vida verdadera. Él es el tronco de la Vid y nosotros las ramas que nos alimentamos de Su Vida para dar frutos y ser de alimento a otros haciendo la voluntad de Dios y enseñándola.

Los “senderos antiguos” son los decretados desde la eternidad hasta la eternidad y se nos manifestó en el principio, cunado Dios creó al hombre y le dijo: “Puedes comer de todos los árboles de tu jardín, pero NO comas del árbol de la ciencia del bien y del mal porque morirás”. El Árbol de la Vida estaba al alcance del hombre, juntamente con los otros árboles, disponible para que él coma, pero tomó una mala decisión y desechó lo bueno para probar lo malo y cuando probó lo malo, recién se dio cuenta cuán malo era y cuán mala fue su decisión. El hombre tenía la Vida a su alcance y no la tomó. Ahora esa Vida, Jesucristo, está a tu alcance para que la tomes todos los días y comas de Ella y te desarrolles y vivas para siempre. Este Árbol de Vida es mencionado sólo en el Génesis y el Apocalipsis; al principio y al final de la Palabra de Dios, porque Él es el Alfa y la Omega. Existe alusiones a este árbol en toda la Escritura, pero en una forma muy clara lo vemos en el principio y el final de Ella.

"El que tenga oídos, que oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. Al que salga vencedor le daré derecho a comer del árbol de la vida, que está en el paraíso de Dios. (Apocalipsis 2: 7) A cada lado del río estaba el árbol de la vida, que produce doce cosechas al año, una por mes; y las hojas del árbol son para la salud de las naciones." (22: 2) "Dichosos los que lavan sus ropas para tener derecho al árbol de la vida y para poder entrar por las puertas de la ciudad." (22:14) Los vencedores tendrán acceso a ese Árbol y vivirán en salud y entrarán por las puertas de la nueva Jerusalén. Tú eres un vencedor en Cristo, eres el huerto de Dios y Su Vida está en medio de ti. Sus corrientes fluyen en ti para vida, y la plenitud de Dios está en ti. Eres la atmósfera donde se mueve el Espíritu de Dios y Su luz resplandece en la oscuridad. Cuanta más Vida de Dios introduzcas en ti, menos de ti permanecerá, entonces brillará tu luz y el yugo de opresión se pudrirá y regarás tu huerto con las corrientes del río de Dios y beberás de Él y serás saciado, entonces, de tu interior brotarán ríos de agua que producen vida, porque el Espíritu de Dios es la Vida de Dios que está en ti y se mueve y sale para llenar la tierra con la gloria de Dios. Tú tienes esa gloria, no la busques fuera de ti, hazla salir, es el fruto de Dios ( Lee Gálatas 5: 22,23) para dar vida a las naciones, porque Dios quiere manifestar Su gloria y sólo puede hacerlo a través de ti, porque hemos sido creados en Cristo para alabanza de Su gloria y para andar en los caminos que Él ya preparó para nosotros. (Lee Efesios 1: 12 y 2: 10).

"Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los malvados, ni se detiene en la senda de los pecadores ni cultiva la amistad de los blasfemos, sino que en la ley del Señor se deleita, y día y noche medita en ella. Es como el árbol plantado a la orilla de un río que, cuando llega su tiempo, da fruto y sus hojas jamás se marchitan. ¡Todo cuanto hace prospera!" (Sal. 1: 1-3) "Dichoso el que halla sabiduría, el que adquiere inteligencia." (Prov 3: 11) "Ella es árbol de vida para quienes la abrazan; ¡dichosos los que la retienen!" (3:18) "Serán llamados robles de justicia, plantío del Señor, para mostrar su gloria. Reconstruirán las ruinas antiguas, y restaurarán los escombros de antaño; repararán las ciudades en ruinas, y los escombros de muchas generaciones." (Is 61: 3b y4) Dios nos ha llamado a ser árboles de vida, entonces debemos nutrimos de la Vida de Dios cada día y dar de esa Vida a las personas, para mostrar Su gloria a las naciones y así reedificaremos lo que fue destruido por el pecado en el Edén y traeremos lo establecido por Dios desde el principio, para que sólo Dios sea glorificado, pues sólo Él debe ser visto, porque es necesario que nosotros mengüemos para que Cristo crezca y sea visto a través de nosotros.

viernes, 5 de diciembre de 2008

ACTIVEMOS LA MENTE DE CRISTO


ACTIVEMOS LA MENTE DE CRISTO EN NOSOTROS

Dios da a conocer sus planes
Sin embargo, cuando hablamos con los que ya entienden mejor el mensaje de Dios, hablamos con sabiduría. Pero no empleamos la sabiduría humana como la emplean la gente y los gobernantes de este mundo. El poder que ellos tienen está condenado a desaparecer. Nosotros enseñamos el mensaje con palabras inteligentes que vienen de Dios. Ese mensaje habla de los planes que Dios tenía en secreto desde antes de crear el mundo, y que él quiso manifestarnos para que podamos compartir su gloria. Claro que este plan inteligente de Dios no lo entendió ninguno de los gobernantes del mundo. Si lo hubieran entendido, no habrían matado en la cruz a nuestro Señor, quien es el dueño de la vida. Como dice la Biblia: "Para aquellos que lo aman, Dios ha preparado cosas que nadie jamás pudo ver, ni escuchar ni imaginar". Dios nos dio a conocer todo esto por medio de su Espíritu, porque el Espíritu de Dios lo examina todo, hasta los secretos más profundos de Dios. Nadie puede saber lo que piensa otra persona. Sólo el espíritu de esa persona sabe lo que ella está pensando. De la misma manera, sólo el Espíritu de Dios sabe lo que piensa Dios. Pero como Dios nos dio su Espíritu, nosotros podemos darnos cuenta de lo que Dios, en su bondad, ha hecho por nosotros. Cuando hablamos de lo que Dios ha hecho por nosotros, no usamos las palabras que nos dicta la inteligencia humana, sino que usamos el lenguaje espiritual que nos enseña el Espíritu de Dios. Los que no tienen el Espíritu de Dios no aceptan las enseñanzas espirituales, pues las consideran una tontería. Y tampoco pueden entenderlas, porque no tienen el Espíritu de Dios. Los que tienen el Espíritu de Dios, todo lo examinan y todo lo entienden. En cambio, los que no tienen el Espíritu, no pueden examinar ni entender a los que sí lo tienen. (1ª Corintios 2: 6-15 BLS)
Como dice la Biblia: "¿Quién sabe lo que piensa el Señor? ¿Quién puede darle consejos?" Pero nosotros tenemos el Espíritu de Dios, y por eso pensamos como Cristo." (1ª Corintios 2:16 BLS)

Necesitamos entender que ya no pertenecemos a este mundo, que realmente somos seres sobrenaturales, que llevamos dentro de nosotros al Espíritu de Dios y que somos uno con Él (1ª Corintios 6:17). Al ser uno con el Señor, Sus pensamientos son nuestros. Pero, ¿qué es lo que impide que pensemos como Cristo? La mente carnal que todavía gobierna nuestros pensamientos. Cuando Dios dijo que lo amemos sobre todas las cosas, nos estaba diciendo que lo amemos más que a nuestros propios pensamientos. ¿Te has dado cuenta cuánto amamos nuestros pensamientos? Ellos determinan lo que somos. Nuestros pensamientos están ligados a nuestro “YO”; es por eso que somos lo que pensamos. No podemos dar rienda suelta a nuestros pensamientos, sino más bien atraparlos para que obedezcan a Cristo; conducirlos o encauzarlos a Cristo. Debemos canalizar nuestros pensamientos hacia Cristo. La mente carnal no puede agradar a Dios, ni tampoco puede sujetarse a Él, pero nosotros no tenemos ya una mente carnal, sino que poseemos la mente de Cristo, porque Su Espíritu gobierna nuestro ser.

Obedecer al Espíritu de Dios
Por eso les digo: Obedezcan al Espíritu de Dios y así no desearán hacer lo malo. Porque los malos deseos están en contra de lo que quiere el Espíritu de Dios, y el Espíritu está en contra de los malos deseos. Por lo tanto, ustedes no pueden hacer lo que se les antoje. Pero si obedecen al Espíritu de Dios, ya no están obligados a obedecer la ley. Todo el mundo conoce la conducta de los que obedecen a sus malos deseos: No son fieles en el matrimonio, tienen relaciones sexuales prohibidas, muchos vicios y malos pensamientos. Adoran a dioses falsos, practican la brujería y odian a los demás. Se pelean unos con otros, son celosos y se enojan por todo. Son egoístas, discuten y causan divisiones. Son envidiosos, y hasta matan; se emborrachan, y en sus fiestas hacen locuras y muchas cosas malas. Les advierto, como ya lo había hecho antes, que los que hacen esto no formarán parte del reino de Dios. En cambio, el Espíritu de Dios nos hace amar a los demás, estar siempre alegres y vivir en paz con todos. Nos hace ser pacientes y amables, y tratar bien a los demás, tener confianza en Dios, ser humildes, y saber controlar nuestros malos deseos. No hay ley que esté en contra de todo esto. Y los que somos de Jesucristo ya hemos hecho morir en su cruz nuestro egoísmo y nuestros malos deseos. Si el Espíritu ha cambiado nuestra manera de vivir, debemos obedecerlo en todo. No seamos orgullosos, ni provoquemos el enojo y la envidia de los demás, creyendo que somos mejores que ellos.
(Gálatas 5: 16-26 BLS)

La mente de Cristo –que está en nosotros- une nuestros pensamientos al Espíritu de Dios a través de nuestro espíritu, sujetando nuestros pensamientos a lo que dicta el Espíritu. No toda persona que ha recibido a Jesús, piensa como Él, por eso Pablo les escribió de ese modo a los gálatas. Nuestros pensamientos determinarán si vamos a formar parte del reino de Dios o no. Lo que creemos en nuestra mente afectará nuestros pensamientos y estos establecerán nuestro destino final. Eva decidió creerle al diablo. Nuestra creencia se define en creerle a Dios o no, para lo cual no hay otra alternativa. “Hoy te doy a elegir entre la vida y la muerte, entre el bien y el mal. Hoy te ordeno que ames al Señor tu Dios, que andes en sus caminos, y que cumplas sus mandamientos, preceptos y leyes. Así vivirás y te multiplicarás, y el Señor tu Dios te bendecirá en la tierra de la que vas a tomar posesión… Hoy pongo al cielo y a la tierra por testigos contra ti, de que te he dado a elegir entre la vida y la muerte, entre la bendición y la maldición. Elige, pues, la vida, para que vivas tú y tus descendientes. Ama al Señor tu Dios, obedécelo y sé fiel a él, porque de él depende tu vida, y por él vivirás mucho tiempo en el territorio que juró dar a tus antepasados Abraham, Isaac y Jacob.” (Deuteronomio 30: 15,15, 19,20)Leamos también Efesios 4: 22- 32.


La obra en la cruz fue completa, pero nuestras elecciones o decisiones son determinantes. Dios no va a imponernos a hacer Su voluntad, Él nos muestra lo que es bueno y lo que es malo y nosotros decidimos qué obedecer. Adán decidió desobedecer y trajo consigo la muerte para él y todos los que descendemos de él, pero Cristo vino para traer la vida para quienes la quieran recibir. La vida de Cristo es diferente a la vida carnal y nos toca a nosotros despojarnos de lo viejo y vivir lo nuevo en Cristo. Debemos poner en funcionamiento lo que ya tenemos dentro de nosotros, que es el Espíritu Santo, obedeciéndole en todo. La obediencia es crucial para la activación de la vida de Dios en nosotros. No vamos a pretender que porque la obra de la cruz fue completa, vamos andar como mundanos, sin temor de Dios y querer heredar las promesas. Si somos de Cristo debemos andar como Él anduvo y la vida de Dios brotará a raudales de nuestro ser. Amar a Dios, obedecerle y serle fiel, nos garantizan la vida.

"No tengas miedo de lo que vas a sufrir. El diablo meterá a algunos de ustedes en la cárcel, para ver si en verdad confían en mí. Ustedes tendrán muchas dificultades durante un corto tiempo. Pero si confían en mí hasta la muerte, yo les daré como premio la vida eterna". (Apocalipsis. 2:10 BLS). La fidelidad a Dios se resume en creerle sin cuestionar, porque si Él lo dijo, de seguro que lo hará.