jueves, 11 de junio de 2009

DOS REALIDADES EVIDENTES

¿QUÉ HACER FRENTE A DOS REALIDADES EVIDENTES?
Si en tu vida te encuentras frente a dos situaciones reales que se oponen y tienes que tomar una decisión, tú te decidirías por la situación correcta o verdadera, aunque la otra realidad también sientes que es verdadera, a pesar de contradecir la verdad. Si tú actúas en base a lo eterno, entonces lo efímero aunque parezca real, no lo es, por lo tanto lo descartas. Esa sería una forma correcta de actuar; sin embargo no siempre es así. Como hijos de Dios, nuestra fe está basada en lo que Su Palabra dice y nos movemos dentro de ese contexto. Por fe creemos que somos salvos al arrepentirnos de nuestros pecados y recibir a Jesucristo como Señor y Salvador y desde ese momento sabemos que somos hijos/as de Dios; no nos queda ninguna duda al respecto, porque el Espíritu de Dios que ahora vive en nosotros da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. “El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios” (Romanos 8:16). Sabiendo en nuestro espíritu que somos hijos/as de Dios, entonces entendemos que tenemos derecho a lo que Cristo logró en la cruz del Calvario para nosotros/as, por el precio que Él pagó que fue inefablemente alto, porque fue Su propia Vida la que entregó a cambio de la nuestra.

Ahora bien, ¿Qué pasó en la cruz a nuestro favor? Isaías 53 lo describe con exactitud mucho antes que Cristo viniera al mundo, porque Él fue dado en sacrificio aun antes de la fundación del mundo. (1ª Pedro 1: 20).
Isaías 53 (NVI)
¿Quién ha creído a nuestro mensaje y a quién se le ha revelado el poder del Señor? Creció en su presencia como vástago tierno, como raíz de tierra seca. No había en él belleza ni majestad alguna; su aspecto no era atractivo y nada en su apariencia lo hacía deseable. Despreciado y rechazado por los hombres, varón de dolores, hecho para el sufrimiento. Todos evitaban mirarlo; fue despreciado, y no lo estimamos. (a) Ciertamente él cargó con nuestras enfermedades y soportó nuestros dolores, pero nosotros lo consideramos herido, golpeado por Dios, y humillado. (b)Él fue traspasado por nuestras rebeliones, y (c) molido por nuestras iniquidades; (d) sobre él recayó el castigo, precio de nuestra paz, y (e) gracias a sus heridas fuimos sanados. Todos andábamos perdidos, como ovejas; cada uno seguía su propio camino, pero el Señor hizo recaer sobre él la iniquidad de todos nosotros. Maltratado y humillado, ni siquiera abrió su boca; como cordero, fue llevado al matadero; como oveja, enmudeció ante su trasquilador; y ni siquiera abrió su boca. Después de aprehenderlo y juzgarlo, le dieron muerte; nadie se preocupó de su descendencia. Fue arrancado de la tierra de los vivientes, y golpeado por la transgresión de mi pueblo. Se le asignó un sepulcro con los malvados, y murió entre los malhechores, aunque nunca cometió violencia alguna, ni hubo engaño en su boca. Pero el Señor quiso quebrantarlo y hacerlo sufrir, y como él ofreció su vida en expiación, verá su descendencia y prolongará sus días, y llevará a cabo la voluntad del Señor. Después de su sufrimiento, verá la luz y quedará satisfecho; por su conocimiento mi siervo justo justificará a muchos, y (f) cargará con las iniquidades de ellos. Por lo tanto, le daré un puesto entre los grandes, y repartirá el botín con los fuertes, porque derramó su vida hasta la muerte, y fue contado entre los transgresores. Cargó con el pecado de muchos, e intercedió por los pecadores.
En la cruz, lo primero (tomaremos sólo ese aspecto) que Jesús cargó fueron nuestras enfermedades y dolores (a); y gracias a sus heridas fuimos sanados (e). En 1ª Pedro 2: 24 dice: “Él mismo, en su cuerpo, llevó al madero nuestros pecados, para que muramos al pecado y vivamos para la justicia. Por sus heridas ustedes han sido sanados.” Este versículo confirma lo dicho por Isaías, de modo que no debe haber duda respecto a nuestra sanidad.
Ahora volvemos a la pregunta: ¿Qué hacer frente a dos realidades evidentes?
Quizá en este momento te encuentres enfermo/a, puede ser un simple resfrío, o un cáncer terminal, o cualquier otra enfermedad. La realidad es que estás enfermo/a y eres hijo/a de Dios. Estás sintiendo los síntomas de la enfermedad en carne propia, no lo puedes negar porque es real y es verdadera, pero tienes otra realidad en la Palabra de Dios que te dice: “Por sus heridas ustedes han sido sanados.” A quién vas a creer: ¿Al diagnóstico del médico o a lo que te dice la Palabra infalible de Dios? Recuerda que somos eternos y las cosas las tenemos que ver desde el ámbito de lo eterno, allí donde está la fe de Dios. Si miras la efímera realidad, entonces estás enfermo/a; pero si miras la verdad eterna de Dios, entonces estás sano/a, a pesar de los síntomas evidentes. Si le creemos a Dios nos mantendremos aferrados a lo que Su Palabra dice, porque “vivimos por fe, no por vista” (2ª Corintios 5: 7). ¿Qué hacer entonces con la realidad de la enfermedad? ¡Rechazarla! Y no vivir en función a ella, sino en función de lo Cristo pagó por nosotros/as en la cruz del Calvario. Fue un precio altísimo como para desperdiciarlo aceptando la enfermedad y rechazando lo que Jesús sufrió para darnos la sanidad. Los latigazos en Su espalda no los sufrió para hacerse el héroe, sino para darnos sanidad y librarnos de las enfermedades y dolores. Vislumbrando esa escena cuando los soldados masacraban sin piedad Su espalda, ¿serías capaz de rechazar tu sanidad ahora? Si aceptas Su Palabra, aférrate a ella declarándola con fe y agradecimiento por lo que Jesús hizo por ti. Declara y sigue declarando aun cuando todavía sientas la enfermedad: ¡Por sus heridas ya he sido sanado/a! Mantente en fe, resiste al diablo aferrándote a la Palabra de Dios y pronto lo verás huir. No te concentres en la enfermedad, concéntrate en lo que Dios dice respecto a tu sanidad, concéntrate en lo que Jesús logró por ti en la cruz.