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miércoles, 9 de febrero de 2011

EL SUSURRO DEL ALMA

EL SUSURRO DEL ALMA
Y Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en sus narices aliento de vida, y el hombre vino a ser alma viviente.
(Génesis 2: 7 VM)
Cuando Dios sopló en el hombre el aliento de vida, Dios formó el alma, entonces el ser humano se convirtió en un ser consciente de su propia existencia. Formó el alma con voluntad, con capacidad de decidir por cuenta propia, Dios le dio libre albedrío; le dotó de una mente para que pensara pensamientos puros y también puso en el alma emociones, haciéndole capaz de sentir alegría, tristeza, agrado o desagrado, en fin, le dotó de personalidad propia. El alma es la personalidad del ser humano, con emociones, pensamientos y voluntad propia, es el ego humano. El alma es lo que la persona es en sí, por eso el ser humano es “alma viviente”.

En el huerto del Edén, antes que el hombre pecara, su alma estaba ligada o sujeta a su espíritu, y éste a la vez estaba sujeto o ligado al Espíritu de Dios, entonces, todo lo que el alma pensaba, decidía o sentía, estaba de acuerdo a lo que Dios también pensaba, decidía o sentía, porque su alma estaba controlada por su espíritu; existía comunicación intrínseca con Dios, de tal forma que Adán y Dios eran “uno” en pensamiento, decisión y sentimiento. Por cuanto su espíritu estaba controlado por el Espíritu de Dios, Adán podía pensar los pensamientos de Dios y sus sentimientos eran nobles. Tenía voluntad propia para decidir y mientras estaba su espíritu unido al de Dios, tomaba decisiones sabias y no se equivocaba. Adán no era como un robot, podía seguir unido a Dios, o no, lo cual hizo, pues decidió desligarse de Dios y le dio el control de su alma al diablo, entonces pecó y con él toda la raza humana. El cuerpo de Adán, antes de la caída, estaba a la vez sujeto a su alma y tenía control sobre sus propios instintos naturales, haciendo sólo lo que su espíritu y alma le dictaban.

Cuando el hombre decidió, por cuenta propia, hacer lo contrario a la voluntad de Dios y desligarse del Espíritu de Dios, entonces simultáneamente su alma toma el control, quedando el espíritu humano atrapado entre el alma y el cuerpo, o desplazado de su lugar. Como nuestra comunión con Dios es a través del espíritu, el hombre, después de pecar, perdió esa comunión, entonces su alma quedó a merced del diablo. El alma no fue creada para tomar el control del ser humano, sino más bien para estar sujeta o controlada por el espíritu. Pablo dijo en 1ª Tesalonicense 5: 23: “Y que el mismo Dios de paz os santifique por completo; y que todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea preservado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo.” Este es el orden porque somos espíritu en esencia, ya que Dios nos creó a Su Imagen y Semejanza y Él es Espíritu y es por medio de nuestro espíritu que nos comunicamos con Dios, no es a través del alma. El alma cuando está sujeta al espíritu recibe la comunicación de éste acerca de quién es Dios y cómo adorarlo. Somos espíritu, poseemos un alma y nuestro cuerpo es sólo nuestra morada temporal. Si nos mantenemos según el orden establecido por Dios, donde el espíritu toma el control, porque está controlado por el Espíritu de Dios, el alma se sujeta al espíritu y el cuerpo al alma, vamos a vivir en equilibrio, nos vamos a gozar haciendo la voluntad de Dios, viviendo en santidad y pureza, entonces seremos preservados irreprensibles para la venida de nuestro Señor Jesucristo.

Cuando el ser humano se deja gobernar por el alma, porque su espíritu no está sujeto al Espíritu Santo de Dios, entonces el alma susurra constantemente pidiendo atención para satisfacer sus caprichos o apetitos carnales. En el caso de los cristianos cuando siguen gobernados por el alma prestan más atención al susurro del alma por ser atendida que a la voz de su espíritu. La persona cristiana controlada por el alma se vuelve un cristiano carnal porque satisface los deseos de la carne, como lascivia, celos, envidia, ira, enojo, etc. “Porque la mente puesta en la carne es muerte, pero la mente puesta en el Espíritu es vida y paz. La mente puesta en la carne es enemiga de Dios, porque no se sujeta a la Ley de Dios, pues ni siquiera puede hacerlo, y los que están en la carne no pueden agradar a Dios.” (Romanos 8: 6-8 NBLH)

El alma constantemente susurra a nuestros oídos para ser atendida y es muy insistente. Muchos de nuestros errores no son culpa del diablo, sino de nosotros mismos por querer satisfacer los deseos del alma. Cuando recibimos a Cristo en nuestro corazón, nuestro espíritu se salva y se une al Espíritu de Cristo, pero nuestra alma necesita entrar en un proceso de salvación. Veamos que dice Santiago 1: 21: “Por lo cual, dejad toda inmundicia y superfluidad de malicia, y recibid con mansedumbre la palabra implantada, la cual puede salvar vuestras almas.” Para salvar nuestro espíritu tan sólo necesitamos arrepentirnos genuinamente de nuestros pecados, recibir a Cristo en nuestro corazón aceptando Su sacrificio en la cruz y reconociéndolo como nuestro único Señor y Salvador; pero para salvar nuestra alma necesitamos dejar o despojarnos de toda impureza o deshonestidad y de toda maldad y aceptar con mansedumbre la Palabra de Dios sembrada en nuestros corazones para que nuestra alma empiece a ser transformada y sea salva de aquello que la deforma. La Palabra de Dios es como el agua que lava nuestra alma, por eso debemos llenarnos de la Palabra de Dios, porque nuestra alma necesita aprender a estar sujeta a nuestro espíritu y a sosegarse dejándose guiar por éste. Cuando esto pasa, entonces nuestra voluntad se sujeta a la voluntad de Dios, nuestros pensamientos los llevamos cautivos a la obediencia a Cristo y nuestras emociones son controladas por el Espíritu Santo de Dios.

Vivir conforme al diseño original de Dios: nuestro espíritu sujeto al Espíritu de Dios, nuestra alma sujeta a nuestro espíritu y nuestro cuerpo sujeto a nuestra alma y espíritu, nos trae paz y nos hace estar en paz con Dios, entonces el susurro del alma será el susurro de Dios, porque nuestro espíritu vivificado nos hará oír la voz de Dios y nuestra voluntad se deleitará en hacer la voluntad de Dios, nuestra mente pensará los pensamientos de Dios y nuestras emociones se gozarán de estar al servicio de Dios. “Bendice, alma mía, al SEÑOR, Y bendiga todo mi ser Su santo nombre. Bendice, alma mía, al SEÑOR, Y no olvides ninguno de Sus beneficios. El es el que perdona todas tus iniquidades, El que sana todas tus enfermedades; El que rescata de la fosa tu vida, El que te corona de bondad y compasión; El que colma de bienes tus años, Para que tu juventud se renueve como el águila." (Salmo 103: 1- 5 NBLH).

miércoles, 31 de marzo de 2010

SEAMOS COMO NIÑOS

SEAMOS COMO NIÑOS
En aquel momento se acercaron los discípulos a Jesús, diciendo: "¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?" El, llamando a un niño, lo puso en medio de ellos, y dijo: "En verdad les digo que si no se convierten y se hacen como niños, no entrarán en el reino de los cielos. "Así pues, cualquiera que se humille como este niño, ése es el mayor en el reino de los cielos. (Mateo 18: 1-4 NBLH)
Una de las características de todo niño es que depende totalmente de sus padres, él no puede sustentarse solo, necesita ser alimentado, asistido, socorrido. Cuando un bebé nace, requiere ser alimentado porque si no morirá de inanición. Dios quiere que dependamos totalmente de Él, porque esa es la forma como se vive en el Reino de Dios. Si reconocemos que Jesucristo es el Rey de Su reino, entonces tenemos que reconocer también que Él se encarga de proveernos todo lo que necesitamos. No es casualidad que Jesucristo empezara su discurso del “Sermón del Monte” (que no es otra cosa que el discurso de cómo se vive en el Reino de Dios) así: "Dichosos los pobres en espíritu, porque el reino de los cielos les pertenece.” (Mateo 5: 3 NVI). Un pobre (indigente, menesteroso) es un necesitado, depende de la misericordia de otra persona que le alcance algo. ¿Quiénes son los bienaventurados o felices? Son aquellos que sienten la verdadera necesidad de depender de Dios. Sólo los indigentes saben en carne propia lo que es pasar hambre y sed. Necesitamos estar sedientos y hambrientos por Su justicia. Necesitamos reconocer que sin Dios guiando cada paso de nuestra vida, nosotros no podemos avanzar en Sus propósitos, por eso Moisés le dijo así a Dios: “Luego Moisés le dijo al Señor: —Si tú no vas a ir con nosotros, entonces no nos hagas ir de aquí.” (Éxodo 33: 15 PDT). Depender totalmente de Dios es lo que necesitamos, por eso debemos alinear nuestro espíritu al Espíritu Santo de Dios y nuestra alma alinearla a nuestro espíritu para que no tome el control y nuestro cuerpo alinear a nuestra alma que está sujeta a nuestro espíritu, que su vez está sujeto al Espíritu Santo.

Cuando Abram tenía noventa y nueve años, el Señor se le apareció y le dijo: Yo soy el Dios Todopoderoso. (El "SHADDAI") Vive en mi presencia y sé intachable. (Génesis 17: 1 NVI) La palabra "SHADDAI" significa "uno que tiene pecho", en otras palabras, "uno que nutre, suple y satisface". Dios es eso para nosotros, es el que nos nutre, por eso Jesús dijo: "Yo soy la vid y ustedes son las ramas. El que permanece en mí, como yo en él, dará mucho fruto; separados de mí no pueden ustedes hacer nada.” (Juan 15: 5) Cristo nos nutre con Su Savia y dependemos totalmente de Él para tener la vida de Dios fluyendo en nosotros/as. No podemos vivir la vida del Reino de Dios aparte de Cristo, confiados en nuestras fuerzas o habilidades, porque nada somos sin Él. Dios nos ha dado de Su Espíritu, la Persona del Espíritu Santo para que mantengamos comunión constante e íntima con Él. Es la Persona más amorosa y gentil, es quien nos conecta con Cristo y el Padre; es Dios en nosotros, toda la Deidad inmersa en nuestro ser para que podamos vivir totalmente dependientes de Dios. No estamos desamparados, el SHADDAI nos nutre si buscamos Su sustento y permanecemos unidos a ÉL.

Depender de Dios significa morir a nuestra independencia o inconexión, no podemos estar desconectados de Dios porque nos vamos a secar, así como la rama que es cortada de la planta. Entonces Jesús dijo a Sus discípulos: "Si alguien quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y que Me siga. "Porque el que quiera salvar su vida (su alma), la perderá; pero el que pierda su vida (su alma) por causa de Mí, la hallará." (Mateo 16: 24, 25 NBLH). (Si te has dado cuenta, esta versión que usé para indicar estos versículos, aclara que la palabra “vida” aquí, se refiere a “alma”). El alma es el asiento de nuestras emociones con sus respectivos sentimientos y también allí se encuentra la voluntad o libre albedrío y los pensamientos con sus imaginaciones. El diablo ataca al alma para descontrolar al ser humano, pero si nos negamos o renunciamos a que el alma tome el control de nuestras vidas y dejamos que nuestro espíritu que está alineado con el Espíritu de Dios nos controle, entonces vamos a hallar la vida de Dios; esto sólo es posible negándonos a nosotros mismos. ¿Qué es negarse? Es renunciar a algo, o morir a ese deseo. Si renunciamos o morimos a los deseos pecaminosos que habitan en el alma para hacer la voluntad de Dios, entonces vamos a hallar la verdadera vida. Perdernos los deleites pecaminosos de este mundo es hallar la verdadera satisfacción en Cristo.

Ser como niños es: depender de un Ser superior a nosotros para que Él satisfaga nuestras necesidades, esa necesidad de justicia de Dios en nuestras vidas. También es reconocer que no podemos vivir la vida del Reino de Dios siendo guiados por nuestro mero razonamiento, necesitamos renunciar a nuestra lógica para que la fe de Dios se desarrolle en nosotros. Un niño no cuestiona nada, tan sólo se deja amamantar, busca desesperadamente el sustento y lo recibe. Es así que Dios quiere que seamos. “Por eso Jesús les decía: "En verdad les digo que el Hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que hace el Padre, eso también hace el Hijo de igual manera.” (Juan 5: 19). Jesucristo dependía totalmente de Dios y nada hizo por cuenta propia, eso es ser humilde y es lo que Él quiere que aprendamos. Vuélvete un niño y busca desesperadamente el alimento que proviene del Padre, sabiendo que sin Él nada somos.

lunes, 23 de marzo de 2009

DILE A TU ALMA QUE ALABE A DIOS


DILE A TU ALMA QUE ALABE A DIOS
“Alaba, alma mía, al Señor; alabe todo mi ser su santo nombre. Alaba, alma mía, al Señor, y no olvides ninguno de sus beneficios. Él perdona todos tus pecados y sana todas tus dolencias; él rescata tu vida del sepulcro y te cubre de amor y compasión; él colma de bienes tu vida y te rejuvenece como a las águilas.”
(Salmo 103 1-5).
Nuestra alma necesita sosegarse y la única manera es alabando al Señor. El salmista David era un hombre de guerra, estaba siempre en batallas y muchas veces su alma lo traicionaba con inquietud y angustia, entonces él tenía que obligarla a alabar a Dios. En su discernimiento espiritual él se dio cuenta que no debía seguir lo que le dictaba su alma, sino más bien, ésta debía sujetarse a su espíritu para alabar a Dios y no sólo ella, también debía hacerlo su cuerpo; y cuando todos, (espíritu, alma y cuerpo) se unían para alabar al Señor, David vencía una de las peores batallas, la batalla contra su propia alma. Es en el alma que el enemigo siembra la duda, la desesperación, la angustia, el temor y todo aquello que es capaz de derrotar a la persona.

¿Estás perdiendo el deseo de alabar a Dios? Tan sólo recuerda de dónde te sacó el Señor, aunque pienses que tus pecados no son muy graves comparados con otras personas que hicieron cosas horribles, pero aun así, sólo Jesús fue capaz de liberarte de una muerte segura; entonces empieza a alabarlo, porque nadie más puede hacer lo que Cristo hizo por ti. Si puedes leer esto o escucharlo, es porque aún estás vivo, ¿no es otra razón suficiente para alabarle? Si Dios te quitara la provisión de oxígeno, que te mantiene vivo, ya no podrías alabarle, pero como no lo ha hecho hasta ahora, ni lo hará después de ahora, entonces tienes otra razón para empezar a alabarle. Empieza a recordarle a tu alma otras razones más por la que Dios merece tu alabanza.

¿Estás pasando por una prueba? Alaba al Señor porque Él te está puliendo, está queriendo estampar Su carácter en ti, Él quiere que seas como Cristo. “El oro, aunque perecedero, se acrisola al fuego. Así también la fe de ustedes, que vale mucho más que el oro, al ser acrisolada por las pruebas demostrará que es digna de aprobación, gloria y honor cuando Jesucristo se revele.” (1ª Pedro 1: 7).
Tu alma necesita aprender que tiene que esperar en Dios porque ella no soluciona nada. Es importante aquietar el alma que se agita con facilidad y arma un revuelo dentro de nosotros. Para ello debes enseñarle a alabar. No puede tu alma dominarte y querer tomar control de tu ser, porque lo descontrolará totalmente. El alma pretende ver lo que no ve, saber lo que no sabe. Por eso necesita ser controlada por tu espíritu en todo momento. Los únicos ojos que tiene el alma, son los ojos del espíritu, pero si no está sujeta a él, entonces navegará a la deriva. La razón que gobierna el intelecto no es capaz de gobernar el espíritu, porque no hay luz en la razón, aunque pretenda descubrir muchos misterios. Sin la luz del espíritu sobre la razón del ser humano, todo es tinieblas. Para que el alma reciba la luz del espíritu debe mantenerse bajo el control de éste y sólo es posible cuando el espíritu humano está sujeto al Espíritu de Dios.

El salmo 118 (léelo), muestra cómo y porqué debemos alabar al Señor. La alabanza va unida al agradecimiento por lo que el Señor ha hecho y hará. Nos hallamos en ventaja respecto al rey David porque él no vivía en esta dispensación, la de la gracia porque todavía Cristo no había venido. Pero ahora que Cristo vino y venció y nos ha dado la victoria, tenemos mayor razón para alabarle sin parar. Esto debe entender el alma y para ello debe empezar a alabar, entonces su alabanza se unirá con la alabanza del espíritu y unánimes alabarán y adorarán al Señor, porque el alma reposará en el espíritu y éste en el Espíritu Santo de Dios. “Bendice alma mía a Jehová y bendiga todo mi ser su santo nombre”. Amén

sábado, 7 de marzo de 2009

¿ES POSIBLE AMAR A DIOS Y AL MUNDO?

¿ES POSIBLE AMAR A DIOS Y AL MUNDO?
“¡Oh gente adúltera! ¿No saben que la amistad con el mundo es enemistad con Dios? Si alguien quiere ser amigo del mundo se vuelve enemigo de Dios." (Santiago 4: 4) La mentalidad pecaminosa es enemiga de Dios, pues no se somete a la ley de Dios, ni es capaz de hacerlo. (Romanos 8: 7) En 1ª Juan 2: 15, 16 dice: "No amen al mundo ni nada de lo que hay en él. Si alguien ama al mundo, no tiene el amor del Padre. Porque nada de lo que hay en el mundo --los malos deseos del cuerpo, la codicia de los ojos y la arrogancia de la vida-- proviene del Padre sino del mundo.” El mundo tiene un sistema, una forma de vida y pensamiento y está regido por un príncipe (Juan 14:30), éste es el diablo. Todo su sistema consiste en separar al ser humano de Dios y ha inventado muchas distracciones para entretener la mente de las personas; luego de ese modo someterla a su forma de pensar y ser. En esta red caen también los hijos de Dios y se enredan con todos los diseños malévolos del archienemigo de los seres humanos. Caen en esa red porque van dividiendo su alma entre el amor de Dios y lo que el mundo les ofrece, pensando que pueden disfrutar de las delicias del Reino de Dios y al mismo tiempo dar rienda suelta a sus pasiones pecaminosas. Sin embargo todo el que se precie de ser hijo de Dios, no puede seguir sus propias pasiones sin ganarse la enemistad de Dios. Dios ama al pecador, pero aborrece el pecado; y si la persona persiste en pecar, se vuelve enemiga de Dios, porque el Dios Santo no puede mantener una amistad con alguien que desprecia los preceptos de Dios viviendo como le venga en gana. Quien sea sabio no buscará tener como enemigo a Dios. El hijo de Dios que persiste en vivir en pecado está diciéndole a Su Padre que prefiere estar bajo el domino del diablo y ¿saben qué? Dios no lo va a forzar a estar bajo Su gobierno, porque Él respeta nuestras decisiones, sean éstas sabias o no. Dios nos ha dado una voluntad y nosotros decidimos sujetarla a Él o al diablo, no hay otra alternativa. Los que viven sujetos a sus bajas pasiones están gobernados por el de abajo; pero los que somos de Cristo miramos las cosas de arriba y buscamos ser cada día como el que nos compró con Su preciosa sangre.

El hijo de Dios debe amoldar su mente a la mente de Cristo; debe poner en sujeción sus pensamientos para no pensar como los que no conocen a Cristo. Debe llenar su mente de Cristo y alejar sus pensamientos de todo aquello que lo induce a pecar. “Por tanto, hermanos, tenemos una obligación, pero no es la de vivir conforme a la naturaleza pecaminosa. Porque si ustedes viven conforme a ella, morirán; pero si por medio del Espíritu dan muerte a los malos hábitos del cuerpo, vivirán. Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Y ustedes no recibieron un espíritu que de nuevo los esclavice al miedo, sino el Espíritu que los adopta como hijos y les permite clamar: "¡Abba! ¡Padre!"” (Rom. 8: 13-15). Los hijos conocemos a nuestro Padre y queremos imitarle haciendo lo que Él nos pide que hagamos. De verdad que no queremos parecernos en nada al enemigo de nuestro Padre, por eso no le hacemos caso en sus insinuaciones para que pequemos y así nos volvamos enemigos de Dios. Sabemos quién es nuestro Padre, si así no fuera, entonces estamos en un serio problema y el enemigo de Dios y nuestro también, nos va a tomar nuevamente como esclavos, seduciendo nuestras almas en aquello que no le hemos rendido a Cristo, en aquello que todavía el diablo tiene derecho sobre nosotros.

El amor a las cosas de este mundo nos priva del amor del Padre y quién en su sano juicio va a querer privarse del amor de Dios. Si alguien no tiene sano su juicio, entonces locamente decide buscar otro amor aparte del amor del Padre y se convierte en adúltero. Su alma se divide y comparte su amor con Dios y el mundo. Lo triste es que Dios no comparte su amor con nadie, o lo amamos a Dios o no lo amamos. Los deseos del cuerpo como adulterio, fornicación, mentiras, egoísmo, celos, chismes, etc, no provienen de Dios. La lujuria y la arrogancia las detesta Dios y quienes somos Sus hijos debemos huir de estas cosas sometiendo nuestros pensamientos a la obediencia a Cristo. No podemos pretender ser de Dios y estar haciendo aquello que Dios odia. O definimos nuestra vida o literalmente nos lleva el diablo. No podemos estar divididos entre dos pensamientos. "Elías se presentó ante el pueblo y dijo: ¿Hasta cuándo van a seguir indecisos? Si el Dios verdadero es el Señor, deben seguirlo; pero si es Baal, síganlo a él. El pueblo no dijo una sola palabra.” (1ª Reyes 18:21) Lo mismo que Elías le dijo al pueblo, se nos está diciendo a nosotros ahora, porque es tiempo de definición. No podemos seguir con una mente adúltera, jugando entre dos amores. Así como el adulterio físico daña la relación entre la pareja; de la misma forma el adulterio espiritual daña la relación con Dios y se forma una ruptura en el pacto, porque cuando recibimos a Cristo hemos entrado en un pacto con Él. El alma dividida se bifurca buscando satisfacer sus propios deseos y canalizando los mismos por cauces del pasado, olvidando que ahora, como hijos de Dios, tenemos un nuevo camino abierto por Jesucristo, camino que nos conduce al Trono de Gracia para alcanzar gracia y misericordia en el momento de necesidad. El alma adúltera quiere llenar un vacío que sólo puede ser llenado por Dios. Esa alma no está satisfecha con lo que Dios le dio y busca nuevos placeres, olvidando que estos la alejan del amor del Padre y la constituyen enemiga de Dios. Necesitamos definir nuestra situación o somos de Dios o no somos, pero no podemos seguir indecisos. Este es un tiempo de definición, de santificación, de purificación. “En todo tiempo sean blancos tus vestidos, y nunca falte ungüento sobre tu cabeza.” (Eclesiastés 9: 8 SRV)

viernes, 27 de febrero de 2009

¿QUIERES SABER CUÁNTO TE AMAS?

¿QUIERES SABER CUÁNTO TE AMAS?
"En efecto, toda la ley se resume en un solo mandamiento: "Ama a tu prójimo como a ti mismo." (Gálatas 5: 14 NVI)
La pregunta es: ¿cuánto nos amamos? Quizá nunca te hayas hecho esa pregunta de cuánto te amas, porque suena como narcisismo, egolatría o vanidad; pero éste es el parámetro para saber cuánto amas al prójimo. Dirás: _¡Oh, sí, yo me amo! Jamás dañaría mi cuerpo -. Recuerda que tú eres más que tu cuerpo; también eres alma y espíritu. En el alma están los pensamientos, la voluntad y las emociones, entonces lo que tú pienses, decidas, o afecte tu estado anímico, va a repercutir en todo tu ser. Por un momento escucha lo que piensas de ti mismo: qué idea tienes de ti o cómo te ves (auto concepto); cuánto te valoras o cuánto te amas (autoestima). ¿Ya sabes que opinión tienes de ti? Bueno, ahora vuelve a pensar cuánto te amas. Es importante ser sinceros en lo que pensamos de nosotros mismos para saber si realmente estamos amándonos, porque esto determinará cuánto vamos a amar a nuestro prójimo. Si te salen expresiones tales como: “qué tonta/o soy”, entonces no estás teniendo un buen concepto de ti, y si no piensas bien respecto a tu persona, ¿cuáles serán tus apreciaciones respecto a otras personas?

Cuando Jesús estaba por terminar el “Sermón del Monte”, o “la vida del Reino”, porque nos enseña cómo debemos vivir en el Reino, nos habla en Mateo 7: 1-5 sobre el juzgar a los demás; después en 7- 11 nos introduce a la oración de petición, pero en el versículo 12, Él enlaza lo dicho anteriormente de esta forma: “Así que en todo traten ustedes a los demás tal y como quieren que ellos los traten a ustedes. De hecho, esto es la ley y los profetas.” Este versículo es conocido como “la regla de oro" pero está en el contexto de juzgar a los demás. Lo que pensamos o juzgamos de los demás es reflejo de lo llevamos dentro de nosotros mismos. ¿Por qué vemos algo malo en las personas?, pues sencillamente porque en nosotros está ese mismo mal, pero ampliado. Jesucristo fue muy explicito al decir: "¿Por qué te fijas en la astilla (paja) que tiene tu hermano en el ojo, y no le das importancia a la viga que está en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: 'Déjame sacarte la astilla del ojo', cuando ahí tienes una viga en el tuyo?" (Mateo 7: 3,4). Jesús está hablando de una astilla, ésta es diminuta en comparación con la viga. Por un momento piensa en alguien que te ha hecho algo malo y escucha lo que piensas de esa persona. Esa persona, la persona que está pensando, eres tú, porque tú eres lo que piensas. ¿Te gustan tus pensamientos? o ¿te gustaría que otros piensen de ti lo mismo que tú estás pensando de otros? Ama a las personas como tú te amas. Ve en el prójimo a alguien como tú, que todavía no es perfecto.

Las palabras que lanzas las vas recibir de vuelta como rebote. Observa bien lo siguiente: "No juzguen, y no se les juzgará. No condenen, y no se les condenará. Perdonen, y se les perdonará. Den, y se les dará: se les echará en el regazo una medida llena, apretada, sacudida y desbordante. Porque con la medida que midan a otros, se les medirá a ustedes." (Lucas 6: 37-38) El juzgar a alguien nos pone en la categoría de un juez y sólo Dios es Juez Justo, nosotros, no. El condenar o culpar a otra persona también es acto que corresponde a un juez y Dios no nos ha llamado a juzgar a ninguna persona. El perdonar es acto de nuestra voluntad y Dios nos manda a perdonar a todas las personas. El dar también es acto de nuestra voluntad, Dios nos dice que demos. Dos aspectos en los versículos citados son atribuciones de Dios y los otros dos son de nuestra voluntad. Si somos capaces de no usurpar el rango de Juez que le corresponde sólo a Dios, nos va a resultar fácil perdonar y dar, porque nos hemos puesto en el lugar que nos corresponde y no nos hemos colocado en el lugar de Dios. Ahora bien, si no juzgamos y no condenamos, Dios tampoco nos juzgará ni condenará; y si perdonamos, también las personas nos perdonarán y Dios tomará en cuenta ese perdón y no tomará en cuenta nuestra ofensa. Si somos desprendidos y damos, entonces cuando estemos pasando por necesidad, Dios enviará a personas para que nos den. Es así que todo lo que hacemos vuelve a nosotros, pero en mayor proporción.

Recuerda que tus pensamientos son semillas, éstas se desarrollan y producen fruto que sale por la boca a través de las palabras. Ese fruto tiene a la vez semillas. Cuando te alimentas de tu fruto, porque de hecho te alimentas de él, depositas dentro de ti nuevas semillas que vuelven a crecer y desarrollar, llegando a tener en breve tiempo un inmenso campo de buenos o malos frutos. Por otro lado, ese fruto (palabra) que salió de tu boca se sembró en otros campos y ahora ellos también tienen una gran cosecha de buenos o malos frutos, que te van a llegar por ser quien propagó la semilla. Los frutos te serán dados a ti de vuelta. ¿Qué tiene que ver esto con amarme a mí mismo? Mucho. Porque cuánto más te ames, te valores, te estimes; vas a valorar, estimar y amar al prójimo y no juzgarás a nadie, porque no querrás dañar tu ser con juicios negativos. Ninguna persona que se ame es capaz de dañarse, ni por medio de pensamientos, ni palabras, ni acciones, porque sabe que cosechará lo que sembró. “No se engañen: de Dios nadie se burla. Cada uno cosecha lo que siembra. El que siembra para agradar a su naturaleza pecaminosa, de esa misma naturaleza cosechará destrucción; el que siembra para agradar al Espíritu, del Espíritu cosechará vida eterna. No nos cansemos de hacer el bien, porque a su debido tiempo cosecharemos si no nos damos por vencidos.” (Gál. 6: 7-9).

“El amor no perjudica al prójimo. Así que el amor es el cumplimiento de la ley.” (Romanos 13: 10) Para saber cuánto amamos al prójimo, empecemos a prestar atención a nuestros pensamientos y si estos no dicen bien del prójimo, cambiémoslo, ¡ya! Quizá dirás: _ Pero es verdad que él o ella son así. _Bueno, pero a ti no te corresponde juzgarlos, porque no eres Dios; sólo te corresponde perdonar, amar y bendecir. HAZLO Y SERÁS FELIZ.