lunes, 23 de marzo de 2009

DILE A TU ALMA QUE ALABE A DIOS


DILE A TU ALMA QUE ALABE A DIOS
“Alaba, alma mía, al Señor; alabe todo mi ser su santo nombre. Alaba, alma mía, al Señor, y no olvides ninguno de sus beneficios. Él perdona todos tus pecados y sana todas tus dolencias; él rescata tu vida del sepulcro y te cubre de amor y compasión; él colma de bienes tu vida y te rejuvenece como a las águilas.”
(Salmo 103 1-5).
Nuestra alma necesita sosegarse y la única manera es alabando al Señor. El salmista David era un hombre de guerra, estaba siempre en batallas y muchas veces su alma lo traicionaba con inquietud y angustia, entonces él tenía que obligarla a alabar a Dios. En su discernimiento espiritual él se dio cuenta que no debía seguir lo que le dictaba su alma, sino más bien, ésta debía sujetarse a su espíritu para alabar a Dios y no sólo ella, también debía hacerlo su cuerpo; y cuando todos, (espíritu, alma y cuerpo) se unían para alabar al Señor, David vencía una de las peores batallas, la batalla contra su propia alma. Es en el alma que el enemigo siembra la duda, la desesperación, la angustia, el temor y todo aquello que es capaz de derrotar a la persona.

¿Estás perdiendo el deseo de alabar a Dios? Tan sólo recuerda de dónde te sacó el Señor, aunque pienses que tus pecados no son muy graves comparados con otras personas que hicieron cosas horribles, pero aun así, sólo Jesús fue capaz de liberarte de una muerte segura; entonces empieza a alabarlo, porque nadie más puede hacer lo que Cristo hizo por ti. Si puedes leer esto o escucharlo, es porque aún estás vivo, ¿no es otra razón suficiente para alabarle? Si Dios te quitara la provisión de oxígeno, que te mantiene vivo, ya no podrías alabarle, pero como no lo ha hecho hasta ahora, ni lo hará después de ahora, entonces tienes otra razón para empezar a alabarle. Empieza a recordarle a tu alma otras razones más por la que Dios merece tu alabanza.

¿Estás pasando por una prueba? Alaba al Señor porque Él te está puliendo, está queriendo estampar Su carácter en ti, Él quiere que seas como Cristo. “El oro, aunque perecedero, se acrisola al fuego. Así también la fe de ustedes, que vale mucho más que el oro, al ser acrisolada por las pruebas demostrará que es digna de aprobación, gloria y honor cuando Jesucristo se revele.” (1ª Pedro 1: 7).
Tu alma necesita aprender que tiene que esperar en Dios porque ella no soluciona nada. Es importante aquietar el alma que se agita con facilidad y arma un revuelo dentro de nosotros. Para ello debes enseñarle a alabar. No puede tu alma dominarte y querer tomar control de tu ser, porque lo descontrolará totalmente. El alma pretende ver lo que no ve, saber lo que no sabe. Por eso necesita ser controlada por tu espíritu en todo momento. Los únicos ojos que tiene el alma, son los ojos del espíritu, pero si no está sujeta a él, entonces navegará a la deriva. La razón que gobierna el intelecto no es capaz de gobernar el espíritu, porque no hay luz en la razón, aunque pretenda descubrir muchos misterios. Sin la luz del espíritu sobre la razón del ser humano, todo es tinieblas. Para que el alma reciba la luz del espíritu debe mantenerse bajo el control de éste y sólo es posible cuando el espíritu humano está sujeto al Espíritu de Dios.

El salmo 118 (léelo), muestra cómo y porqué debemos alabar al Señor. La alabanza va unida al agradecimiento por lo que el Señor ha hecho y hará. Nos hallamos en ventaja respecto al rey David porque él no vivía en esta dispensación, la de la gracia porque todavía Cristo no había venido. Pero ahora que Cristo vino y venció y nos ha dado la victoria, tenemos mayor razón para alabarle sin parar. Esto debe entender el alma y para ello debe empezar a alabar, entonces su alabanza se unirá con la alabanza del espíritu y unánimes alabarán y adorarán al Señor, porque el alma reposará en el espíritu y éste en el Espíritu Santo de Dios. “Bendice alma mía a Jehová y bendiga todo mi ser su santo nombre”. Amén

1 comentario:

maría esther dijo...

María Elena, gracias por estas palabras preciosas, mediante las cuales conduces a las hijas e hijos de Dios a vivir permanentemente en actitud de alabanza y adoración al Padre. Con nuestra alma anclada en el Lugar Santísimo, podemos contemplar la Gloria de Dios, y a partir de esto, Dios sabe y nosotras también que es posible la transformación de nuestro ser, hasta alcanzar la medida de la estatura de la plenitud de Cristo.
Te bendigo en el nombre de Jesús
María Esther