miércoles, 18 de agosto de 2010

VIVIENDO LA VIDA DE LA FE DE DIOS

VIVIENDO LA VIDA DE LA FE DE DIOS
La fe es un don o regalo de Dios y como todo regalo, podemos usarlo o archivarlo, es nuestra decisión. No vamos a tener más fe por reclamarle a Dios, ni menos fe, porque: “Digo, pues, por la gracia que me es dada, a cada cual que está entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura, conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno.” (Romanos 12: 3 RV60); Nuestra medida de fe debe ir desarrollándose día a día, para eso necesita ser alimentada, y ¿cómo se alimenta la fe? “Así que la fe viene como resultado de oír el mensaje, y el mensaje que se oye es la palabra de Cristo.” (Romanos 10: 17 NVI) La fe se alimenta por oír la Palabra de Cristo, Él es la fuente de la fe de Dios. Cuando Jesús estuvo en la tierra, sus oídos naturales escuchaban muchas voces, voces lejanas o voces cercanas; sin embargo Él sabía distinguir la voz que provenía de la fe de Dios. Un día Jesús les empezó a decir a Sus discípulos sobre lo que habría de sufrir y luego morir, pero que al tercer día iba a resucitar, Pedro, el buen Pedro, lo llamó aparte y empezó a reprenderlo por su forma de hablar, quizá Pedro con un lenguaje moderno le diría: _ No hables palabras negativas sobre Ti. Yo cancelo tus palabras-. Sin embargo Jesús sabía de dónde salían esas palabras de Pedro y le respondió: “Pero volviéndose El, dijo a Pedro: "¡Quítate de delante de Mí, Satanás! Me eres piedra de tropiezo; porque no estás pensando en las cosas de Dios, sino en las de los hombres." (Mateo 16: 23 NBLH) Jesús no permitió que las palabras que no provenían de Dios, sino del diablo, penetraran en su interior y tuvo que ser duro con el canal que estaba transmitiendo las insinuaciones de Satanás. Los oídos de Jesús estaban enseñados a escuchar sólo la voz de Dios, porque Él se había familiarizado con Dios estando aquí en la tierra a través de la comunión con Su Padre.

Cuando nos especializamos en la voz de Dios, vamos a distinguir inmediatamente las voces que no provienen de Él. Si una persona quiere saber cómo detectar con la yema de sus dedos un billete (dinero) falso, no va a buscar los billetes falsos para reconocerlos, sino que se familiarizará primeramente con los verdaderos por un tiempo prudencial, a tal extremo que cuando aparezca el billete falso a hurtadillas entre los verdaderos, las yemas de sus dedos detectarán lo erróneo y se descubrirá el engaño. Con la fe es lo mismo. Si queremos conocer la voz de Dios para que nuestra fe crezca, debemos familiarizarnos con Su voz, o sea: oír y oír y oír la voz de Dios por medio de Su Palabra, que es Cristo, el Ungido de Dios.

Cuando recibimos a Jesucristo como nuestro Señor y Salvador, recibimos Su Palabra en nuestros corazones y necesitamos desarrollarla por medio de la Palabra de Dios en nuestras vidas. La Palabra de Dios activa nuestra fe, porque es Su fe la que estamos introduciendo en nuestro ser interior. Por eso dice Pablo: “Pero como tenemos el mismo espíritu de fe que alentó las palabras de la Escritura: "Creí, y por tanto hablé", también nosotros creemos, y por tanto hablamos.” (2ª Corintios 4: 13 CST- IBS). El mismo espíritu de fe que dio aliento o alentó a las Escrituras, es el que tenemos también nosotros/as y eso nos impulsa a creer y a hablar las Palabras de Dios y someter a juicio todo lo que no proviene de Dios para que la intenciones ocultas sean descubiertas; estas intenciones pueden ser de nuestro propio interior o inducidas por agentes externos como del mismo diablo o a través de personas con “buenas intenciones” aparentemente.

La nueva vida en Cristo, es la vida de la fe de Dios en nosotros y sólo la vamos a poder vivir por fe, es que no hay otra forma. “Pero no es posible agradar a Dios sin tener fe, porque para acercarse a Dios, uno tiene que creer que existe y que recompensa a los que lo buscan.” (Hebreos 11: 6 DHH) El apóstol Pablo nos dice: “Digo, pues: Andad en el Espíritu, y así jamás satisfaréis los malos deseos de la carne… Ahora que vivimos en el Espíritu, andemos en el Espíritu.” (Gálatas 5: 16 y 25 RVA) Andar en el Espíritu significa creerle a Dios en todo momento, es decir que decidimos creerle a Dios a pesar de no ver todavía las evidencias y aún más a pesar que las evidencias sean adversas y pareciera que no condicen con la Palabra de Dios, pero deliberadamente decidimos mantenernos firmes en creerle a Dios. Abraham le creyó a Dios aunque tuvo que llevar al sacrificio al hijo de todas las promesas por parte de Dios. Las circunstancias, a la vista humana parecían como que Dios ya no quería darle las promesas a Abraham, sin embargo, él se mantuvo firme en obediencia a Dios, creyéndole sin dudar, sabiendo que “Dios llama a las cosas que no son como si fueran”. Por fe hemos venido a Cristo y le hemos recibido y por fe hemos creído que somos ahora Sus hijos/as y es por fe que debemos recibir todas las demás promesas que Dios tiene para cada uno/a de nosotros/as. Si nuestro andar es en fe, creyéndole a Dios en todo momento, entonces provocaremos que el cielo baje a la tierra, así como Cristo provocó eso estando en esta tierra. Nuestra fe debe ser siempre la fe de Dios porque es ésta la que realiza los milagros y recibe las promesas para que el mérito sea sólo para Dios. La fe no se basa en sentimientos, o emociones, sino que es un acto de nuestra voluntad de creerle a Dios para que Su FE actúe en y por medio de nosotros/as. La nueva vida en Jesucristo, es una vida de fe, libre de los prejuicios sentimentales o emocionales. Es simplemente creerle a Dios.