sábado, 28 de agosto de 2010

PADRE NUESTRO QUE ESTÁS EN LOS CIELOS



PADRE NUESTRO QUE ESTÁS EN LOS CIELOS
¡Qué maravillosa oración! ¡Qué maravilloso significado! ¡Qué maravilloso don! Jesucristo vino a enseñarnos a orar, a comunicarnos con Su Padre y con nuestro Padre. ¿A quién se le llama padre, o papá, o papito? Al que nos engendró o nos adoptó como hijos/as. No andamos por ahí diciendo papá a todo el mundo, sino a aquel con quien sentimos que tenemos una conexión o vínculo casi sagrado, porque a la persona que vemos como “papá” es alguien grandioso y digno de respeto, o al menos debería ser así. Sentimos que su sangre que también es nuestra nos vuelve inseparables; entonces decimos: _Soy de mi papá y mi papá es mío-. ¿Por qué? Porque mi papá me da identidad, sé quién soy cuando sé quién es mi papá. Jesús nos llevó a reconocer a Dios como nuestro Padre, a identificarnos con Él para sentir seguridad y amor. Jesús quitó la orfandad del mundo al mostrarnos y llevarnos al Padre; quitó el abandono y el rechazo que siente el ser humano al no saber quién es su padre y nos unió a Él al introducirnos en Su familia juntamente con Su Padre que ahora es “Nuestro Padre”.

“Señor, enséñanos a Orar” (Lucas 11: 1). Los discípulos estaban maravillados de la forma como Jesús se comunicaba con Dios y alguien le pidió que les enseñara a orar, entonces el Amado Maestro les dijo: “Cuando oren digan: Padre Nuestro…..” (Lucas 1: 2) ¿Qué estaba anunciando Jesús al hacer esta tremenda declaración? Anunciaba que así como el vínculo que nos une a nuestro padre terrenal es la sangre, de igual forma, el único vínculo que nos une a nuestro Padre Celestial es la Sangre preciosa de Su Hijo que iba a ser derramada,para que unidos a Cristo, mediante nuestra decisión de recibirle como Señor y Salvador, reconociendo que somos pecadores, arrepintiéndonos de nuestros pecados y aceptando Su sacrificio, lleguemos a ser hijos/as de Dios y sólo por la Sangre de Jesucristo Su Hijo que nos une al Padre. Esa unión es indisoluble y perdura por la eternidad. “Mas a todos los que le recibieron, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios, a los que creen en su Nombre; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.” (Juan 1: 12, 13 SSE). Jesús dijo: “Yo les doy vida eterna, y nunca perecerán, ni nadie podrá arrebatármelas de la mano. Mi Padre, que me las ha dado, es más grande que todos; y de la mano del Padre nadie las puede arrebatar. El Padre y yo somos uno.” (Juan 10: 28- 30 NVI)

Con la identidad de nuestro Padre Celestial, gracias a la Sangre de Jesucristo, desaparecen los traumas o complejos de inferioridad acaecidos por la falta de identidad al no saber quiénes somos. La seguridad que nos da ahora nuestro Padre no es natural, sino espiritual y permanente. Tu padre natural puede rechazarte y hasta abandonarte, pero tu padre Celestial, nunca te abandonará, ni te rechazará. Él te ama así como eres y a pesar de quien eres. Dios no mira tus fallas, ni tus defectos, sus ojos son tan puros y santos que no puede ver lo malo, es por eso te mira a través de Su Hijo Jesucristo, a través del filtro de esa Preciosa Sangre que nos ha unido al Él.“Aunque mi padre y mi madre me abandonen, el Señor me recibirá en sus brazos.” (Salmo 27: 10 NVI) El amor de Dios es real y verdadero, es el único amor que perdura por siempre y nunca falla. La sangre de Jesucristo, ese vínculo sagrado, nos une a la familia de Dios y nos da el derecho de ser hijos/as de Dios y poder llamarle “Padre”; y el Espíritu que nos habita y nos adopta como hijos nos permite decirle familiar e íntimamente “Papito”o “Abba”. “Y ustedes no recibieron un espíritu que de nuevo los esclavice al miedo, sino el Espíritu que los adopta como hijos y les permite clamar: "¡Abba! ¡Padre!" (Romanos 8: 15 NVI)

… que estás en los cielos… ¿Qué tan lejos está Dios? Tan lejos como está tu corazón de tu pecho. ¿Puedes sentir el palpitar de tu corazón? Así también puedes sentir y oír a Dios todo el tiempo. “Judas (no el Iscariote) le dijo:-¿Por qué, Señor, estás dispuesto a manifestarte a nosotros, y no al mundo? Le contestó Jesús:-El que me ama, obedecerá mi palabra, y mi Padre lo amará, y haremos nuestra vivienda en él.” (Juan 14: 22, 23 NVI). El Padre ha hecho Su casa en Sus hijos/as, en aquellos que le aman y obedecen Su Palabra. La plenitud de Dios, todo lo que Él es en la Persona del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo vienen a vivir en el corazón rendido a Cristo y donde Dios habita se transforma en Su cielo. “El amor de Cristo es tan grande que supera todo conocimiento. Pero a pesar de eso, pido a Dios que lo puedan conocer, de manera que se llenen completamente de todo lo que Dios es.” (Efesios 3: 19 PDT). Llenos/as de todo lo que Dios es, no tenemos necesidad de nada más, porque Su Reino está en nosotros/as; la vida de Dios es nuestra vida, Su cielo es nuestro cielo. Es por la sangre de Cristo derramada en la Cruz del Calvario que Dios el Padre hace de nuestro espíritu un cielo donde Él viene a morar. La sangre de Jesucristo une cielo y tierra. “Así que, hermanos, mediante la sangre de Jesús, tenemos plena libertad para entrar en el Lugar Santísimo, por el camino nuevo y vivo que él nos ha abierto a través de la cortina, es decir, a través de su cuerpo; y tenemos además un gran sacerdote al frente de la familia de Dios.” (Hebreos 10: 19 – 21 NVI). En Cristo, el cielo viene a nosotros/as y entonces podemos hacer las obras que hizo Él estando en la tierra, podemos manifestar Su amor y reflejar Su luz. “Si ustedes me aman, obedecerán mis mandamientos. Y yo le pediré al Padre, y él les dará otro Consolador para que los acompañe siempre: el Espíritu de verdad, a quien el mundo no puede aceptar porque no lo ve ni lo conoce. Pero ustedes sí lo conocen, porque vive con ustedes y estará en ustedes. No los voy a dejar huérfanos; volveré a ustedes. Dentro de poco el mundo ya no me verá más, pero ustedes sí me verán. Y porque yo vivo, también ustedes vivirán. En aquel día ustedes se darán cuenta de que yo estoy en mi Padre, y que ustedes están en mí, y yo en ustedes.” (Juan 14: 15-20). Esta es la unión que conecta al cielo con la tierra; ésta es la seguridad que tenemos que Dios está en nosotros/as. Jesucristo en nosotros/as y nosotros/as, sus hijos/as en Él.