jueves, 29 de abril de 2010

ORACIÓN Y RENUNCIA

ORACIÓN Y RENUNCIA
Fortalézcanse con el ayuno, sumérjanse en la oración, vivan en intercesión; la oración intercesora conmueve las esferas celestiales porque conlleva renuncia. Que el Pan nuestro de cada día sea Cristo, Él es el pan vivo que descendió del cielo. Coman a Cristo, Él es la Palabra que se hizo carne para habitar entre nosotros y en nosotros, para que podamos contemplar Su gloria. La intercesión es muerte, morimos a nuestros deseos y a nuestra vanagloria para dejar al Espíritu Santo que guíe nuestra oración, Él sabe cómo hacerlo, quizá no use palabras inteligibles, sino gemidos indecibles de clamor. ¿Qué pide? No lo sabemos, pero Él lo sabe, tan sólo esperamos en Él y nos dejamos usar por Él.

Es más fácil y cómodo trabajar para Dios que estar con Dios. Estar con Dios significa renuncia y muerte, es dejar de ser para que Cristo sea y qué te digo de tus derechos, ¿acaso los tienes? ¿Puede un muerto reclamar sus derechos o un esclavo exigir los suyos? Pasión por Cristo es “pasión”. ¿Cuánto lo sufres? Negarse y morir es el precio de seguir a Jesucristo. El apóstol Pablo lo entendió, por eso dijo que él estaba crucificado con Cristo y lo que vivía lo vivía en función a Cristo. La oración en el Espíritu nos saca de lo efímero y nos traslada a lo eterno, a lo celestial, donde se puede ver a Dios en todo Su esplendor. La oración nos saca de las butacas de las congregaciones porque no podemos estar cómodos y perezosos en medio de un mundo que perece. ¡Dios! Que arda Tu fuego en mi ser.

La oración y adoración derrumba nuestros ídolos, porque no podemos acercarnos a un Dios Santo, Santo, Santo llevando “mis derechos” a Su Trono; si Su Reino y justicia no son primeros ¿qué derechos reclamamos? Pide el Reino de Dios en tu vida diciendo, “venga tu Reino a mi vida para que Tu voluntad sea hecha en mí”; busca el Reino de Dios para tu vida y lo hallarás; llama al Reino de Dios a Tu vida y vendrá a ti, el Reino de Dios es Cristo; luego, deléitate en Dios y Él te concederá los anhelos de tu corazón. “Haya en vosotros esta manera de pensar que hubo también en Cristo Jesús: Existiendo en forma de Dios, él no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse; sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres; y hallándose en condición de hombre, se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Filipenses 2: 5-8 RVA). La humildad no reclama sus derechos, los cede. Cristo se humilló haciéndose siervo obediente y fue exaltado, porque Dios exalta a los humildes y aplasta a los soberbios. Si has entregado tu vida al Señor, entonces ella ya no te pertenece, pero todo te pertenece en Cristo; la humildad y la mansedumbre forman parte del Cristo en ti. Todo lo tienes en Él, todo lo puedes en Él, tan sólo sumérgete en Sus aguas, ellas te purificarán y te despojarán de tu EGO.

Jesucristo se despojó de toda Su gloria y vino en humildad a esta tierra y dependió de la oración, de esa comunión íntima con Su Padre para poder traer el Reino de Dios a esta tierra. Todo le pertenecía, pero no reclamó nada para sí, lo dio todo por amor. Mientras no nos despojemos de nuestro “EGO”, de nuestro “YO” hasta hacerlo morir, nuestras oraciones no tendrán el efecto deseado. “YO y mis derechos” tienen que morir para que reine Cristo y Sus derechos en mí. “En cuanto a mí, de nada quiero gloriarme sino de la cruz de nuestro Señor Jesucristo. Pues por medio de la cruz de Cristo, el mundo ha muerto para mí y yo he muerto para el mundo” (Gálatas 6: 14 DHH) Si lo dejas todo por Cristo, lo tendrás todo en Cristo.
“Os aseguro por la gloria que de vosotros tengo en Cristo Jesús Señor nuestro, que cada día muero.” (1ª Corintios 15: 31 RVG-R). La verdadera oración exige muerte, porque sólo así podemos estar libres del temor y del orgullo. Humildad fue la palabra hecha vida en Pablo y el amor por Dios y por las almas era el motor que lo impulsaba a morir cada día. “Concentren su atención en las cosas de arriba, no en las de la tierra, pues ustedes han muerto y su vida está escondida con Cristo en Dios.” (Colosenses 3: 2,3 NVI) La paradoja de la vida cristiana es morir para vivir. El incienso agradable a Dios es el que brota del altar donde nuestra carnalidad con todas sus grosuras es quemada, ahí nuestro EGO queda hecho cenizas y nuestros ojos espirituales se abren para ver a Dios. Cuando dejamos de ser y nos fundimos en Cristo, brota la adoración en espíritu y verdad, porque el alma queda sujeta a nuestro espíritu, ya no reclama nada, sólo se somete y calla siguiendo mansamente a donde el espíritu la guíe. Fundirnos en Dios es desaparecer, desvanecernos en el único que tiene el derecho de Ser y el único que Es; entonces reinaremos con Cristo porque Él reina en nuestra vida, gobernaremos con Cristo, porque Él gobierna nuestra vida. Entonces nuestra oración será el perfume que emana de Dios y se derrama sobre nuestro espíritu para elevarse otra vez a Él, porque Su voluntad es hecha en nosotros. Que lo temporal y efímero no apague lo eterno y sublime de Dios en mí, que mi YO mengüe hasta desaparecer para que Cristo crezca en mí. Escóndeme en Ti Señor para que sólo Tu Gloria sea vista. Quiero tan sólo complacer tu corazón porque soy tuya, Amado mío, en pos de Ti correré y en tus amores me deleitaré. Beberé de Tu fuente la delicia de amarte y me derretiré en tus aguas; beberé de tu vino y me embriagaré con tus amores, porque yo soy de mi Amado y sólo a Él le entrego mi corazón.