TOMA TUS ARMASPues Dios no nos ha dado un espíritu de timidez, sino de poder, de amor y de dominio propio.(2ª Timoteo 1:7)
Todo lo puedo en Cristo que me fortalece. (Filipenses 4: 13)
En el amor no hay temor, sino que el amor perfecto echa fuera el temor. El que teme espera el castigo, así que no ha sido perfeccionado en el amor. (1ª Juan 4:17, 18)
Dichoso el que resiste la tentación porque, al salir aprobado, recibirá la corona de la vida que Dios ha prometido a quienes lo aman. (Santiago 1: 22-11)
Las armas con que luchamos no son del mundo, sino que tienen el poder divino para derribar fortalezas. (2ª Corintios 10: 4)
Por último, fortalézcanse con el gran poder del Señor. (Efesios 6: 10)
1. Perdonemos al que nos ofendió
Más bien, sean bondadosos y compasivos unos con otros, y perdónense mutuamente, así como Dios los perdonó a ustedes en Cristo. (Efesios 4: 32) La forma de perdonar es como Dios nos perdonó y Él nos perdonó lo imperdonable.
El perdón significa liberación. Cuando no perdonamos, tomamos como prisionero al agresor y nos volvemos en su carcelero. De este modo ambos estamos en una misma cárcel. Ambos estamos prisioneros, porque el carcelero debe cuidar al prisionero y no puede alejarse de la celda. Es más: el prisionero está esposado al carcelero. De modo que a donde vaya el carcelero, también irá el prisionero. La llave para soltar las esposas se llama perdón. Está en el carcelero la posibilidad de mantener o no, sujeto a él al prisionero, porque el carcelero tiene la llave. Cuando no perdonamos, Satanás gana ventaja sobre nosotros, gana terreno en nuestro corazón y va envenenando nuestras aguas de tal forma que empezamos a decaer tanto física, mental y espiritualmente. Va sembrando en nuestro territorio las siguientes hierbas: amargura, resentimiento, crítica, angustia, opresión, incredulidad, culpar a otros, venganza, desprecio y muchas hierbas más. De este modo el enemigo debilita nuestras fuerzas y toma control de nuestro ser, pero todavía tenemos la llave que podemos usar en cualquier momento y liberarnos de todo lo que el diablo sembró en nuestro corazón; él no puede impedirte que la uses. Así que, adelante. Puedes ser libre. Usa la llave del perdón.
2. Arrepentimiento: El arrepentimiento es la decisión firme de cambiar de actitud o de manera de pensar y esto no es una mera emoción. “El sacrificio que te agrada es un espíritu quebrantado; tú, oh Dios, no desprecias al corazón quebrantado y arrepentido.” (Salmo 51: 17). El arrepentimiento tiene que ser continuo en nuestra vida. Tras la ofensa a Dios, debemos inmediatamente arrepentirnos, porque de lo contrario le daremos lugar al enemigo para que nos condene y ponga en nuestro corazón remordimiento. El arrepentimiento es un acto de humildad. Debemos reconocer que muchas veces hemos sido incrédulos, hemos decidido no creerle a Dios y hemos aceptado las sugerencias del diablo. Si no nos arrepentimos por nuestras malas acciones contra Dios (incluyen las acciones contra el prójimo), estamos endureciendo nuestro corazón. Si no tomamos la decisión de perdonar e inmediatamente perdonamos, el arrepentimiento no puede darse. El arrepentimiento conlleva la confesión (pedir perdón) de nuestras ofensas a Dios y en algunos casos también al prójimo. “¿Está alguno enfermo entre vosotros? Llame a los ancianos de la iglesia para que oren por él, ungiéndolo con aceite en el nombre del Señor. Y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo levantará; y si ha cometido pecados, le serán perdonados. Confesaos vuestras ofensas unos a otros y orad unos por otros, para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede mucho.” (Santiago 5: 14-16). Cuando confesamos con arrepentimiento vamos a recibir sanidad tanto del alma como del cuerpo. Vamos a ser libres.
3. Renuncia: Tomemos la decisión de renunciar a todo aquello que todavía nos ata al diablo. La renuncia es un acto de nuestra voluntad, como las anteriores, no de nuestra razón, pues ésta nos puede dar argumentos para no renunciar, porque hasta puede estar controlada por el enemigo. No le permitamos al diablo que tome ni una pizca de nuestra alma. “Al que disimula el pecado, no le irá bien; pero el que lo confiesa y lo deja (renuncia), será perdonado.” (Proverbios 28: 13). El pecado nos aleja de Dios y esto da ventaja al diablo para que nos tome. “Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo, quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras.” (Tito 2: 11-14)
El perdón, el arrepentimiento y la renuncia son tres armas que siempre deben estar desenvainadas y listas para ser usadas. Que Dios nos dé sabiduría y entendimiento en Su palabra. La decisión es nuestra. Tomemos estas poderosas armas, que no son carnales, sino espirituales y tendremos la victoria.






