lunes, 8 de diciembre de 2008

TOMA TUS ARMAS

TOMA TUS ARMAS

Pues Dios no nos ha dado un espíritu de timidez, sino de poder, de amor y de dominio propio.(2ª Timoteo 1:7)
Todo lo puedo en Cristo que me fortalece. (Filipenses 4: 13)
En el amor no hay temor, sino que el amor perfecto echa fuera el temor. El que teme espera el castigo, así que no ha sido perfeccionado en el amor. (1ª Juan 4:17, 18)
Dichoso el que resiste la tentación porque, al salir aprobado, recibirá la corona de la vida que Dios ha prometido a quienes lo aman. (Santiago 1: 22-11)
Las armas con que luchamos no son del mundo, sino que tienen el poder divino para derribar fortalezas. (2ª Corintios 10: 4)
Por último, fortalézcanse con el gran poder del Señor. (Efesios 6: 10)

Ni un soldado va a la guerra sin sus armas, y sin conocer antes los planes del enemigo. Necesitamos estar consciente que estamos en guerra y en esta guerra no hay tregua. Vamos a ver tres importantes armas que siempre debemos usar, para que el enemigo no avance ni un milímetro más en nuestro territorio.

1. Perdonemos al que nos ofendió
Más bien, sean bondadosos y compasivos unos con otros, y perdónense mutuamente, así como Dios los perdonó a ustedes en Cristo. (Efesios 4: 32) La forma de perdonar es como Dios nos perdonó y Él nos perdonó lo imperdonable.

Así dice 1ª Corintios 2: 5-11: “No quiero exagerar en este asunto, pero la persona que causó mi tristeza, hasta cierto punto también causó la tristeza de todos ustedes. Pero ya es suficiente con el castigo que la mayoría de ustedes le impuso. Ahora deben perdonarlo y ayudarlo a sentirse bien, para que no vaya a enfermarse de tanta tristeza y remordimiento. Yo les ruego que le muestren nuevamente que lo aman. La carta que les escribí era para saber si realmente están dispuestos a obedecerme en todo. Yo, por mi parte, estoy dispuesto a perdonar a todo el que ustedes perdonen, suponiendo que haya algo que perdonar. Lo hago pensando en ustedes, y poniendo a Cristo como testigo. Así Satanás no se aprovechará de nosotros. ¡Ya conocemos sus malas intenciones!” ¿Cómo responder ante el agravio? Perdonando. El perdón es una decisión, es un acto de nuestra voluntad, no un sentimiento. ¿Cómo sabemos que no hemos perdonado? En algunos casos, cuando todavía no podemos sacar de nuestra mente al agresor y siempre recordamos el daño que nos hizo; esto nos causa dolor, autocompasión y no queremos tener a esa persona cerca de nosotros. Sin embargo nuestro corazón nos puede engañar, haciéndonos creer que hemos perdonado y hasta parece que nos hemos olvidado, pero la herida está todavía latente. Muchas veces las ofensas no vienen únicamente del supuesto agresor, sino de nuestras suposiciones. Nuestras suposiciones son réplicas o manifestaciones de nuestro corazón herido. Debemos dejar al Espíritu de Dios que escudriñe nuestro corazón y nos muestre lo que llevamos dentro. El perdón no es sinónimo de olvido, es un acto de obediencia que nos va a ayudar a ser libres, dándonos la capacidad de amar al ofensor.

El perdón significa liberación. Cuando no perdonamos, tomamos como prisionero al agresor y nos volvemos en su carcelero. De este modo ambos estamos en una misma cárcel. Ambos estamos prisioneros, porque el carcelero debe cuidar al prisionero y no puede alejarse de la celda. Es más: el prisionero está esposado al carcelero. De modo que a donde vaya el carcelero, también irá el prisionero. La llave para soltar las esposas se llama perdón. Está en el carcelero la posibilidad de mantener o no, sujeto a él al prisionero, porque el carcelero tiene la llave. Cuando no perdonamos, Satanás gana ventaja sobre nosotros, gana terreno en nuestro corazón y va envenenando nuestras aguas de tal forma que empezamos a decaer tanto física, mental y espiritualmente. Va sembrando en nuestro territorio las siguientes hierbas: amargura, resentimiento, crítica, angustia, opresión, incredulidad, culpar a otros, venganza, desprecio y muchas hierbas más. De este modo el enemigo debilita nuestras fuerzas y toma control de nuestro ser, pero todavía tenemos la llave que podemos usar en cualquier momento y liberarnos de todo lo que el diablo sembró en nuestro corazón; él no puede impedirte que la uses. Así que, adelante. Puedes ser libre. Usa la llave del perdón.

2. Arrepentimiento: El arrepentimiento es la decisión firme de cambiar de actitud o de manera de pensar y esto no es una mera emoción. “El sacrificio que te agrada es un espíritu quebrantado; tú, oh Dios, no desprecias al corazón quebrantado y arrepentido.” (Salmo 51: 17). El arrepentimiento tiene que ser continuo en nuestra vida. Tras la ofensa a Dios, debemos inmediatamente arrepentirnos, porque de lo contrario le daremos lugar al enemigo para que nos condene y ponga en nuestro corazón remordimiento. El arrepentimiento es un acto de humildad. Debemos reconocer que muchas veces hemos sido incrédulos, hemos decidido no creerle a Dios y hemos aceptado las sugerencias del diablo. Si no nos arrepentimos por nuestras malas acciones contra Dios (incluyen las acciones contra el prójimo), estamos endureciendo nuestro corazón. Si no tomamos la decisión de perdonar e inmediatamente perdonamos, el arrepentimiento no puede darse. El arrepentimiento conlleva la confesión (pedir perdón) de nuestras ofensas a Dios y en algunos casos también al prójimo. “¿Está alguno enfermo entre vosotros? Llame a los ancianos de la iglesia para que oren por él, ungiéndolo con aceite en el nombre del Señor. Y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo levantará; y si ha cometido pecados, le serán perdonados. Confesaos vuestras ofensas unos a otros y orad unos por otros, para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede mucho.” (Santiago 5: 14-16). Cuando confesamos con arrepentimiento vamos a recibir sanidad tanto del alma como del cuerpo. Vamos a ser libres.

3. Renuncia: Tomemos la decisión de renunciar a todo aquello que todavía nos ata al diablo. La renuncia es un acto de nuestra voluntad, como las anteriores, no de nuestra razón, pues ésta nos puede dar argumentos para no renunciar, porque hasta puede estar controlada por el enemigo. No le permitamos al diablo que tome ni una pizca de nuestra alma. “Al que disimula el pecado, no le irá bien; pero el que lo confiesa y lo deja (renuncia), será perdonado.” (Proverbios 28: 13). El pecado nos aleja de Dios y esto da ventaja al diablo para que nos tome. “Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo, quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras.” (Tito 2: 11-14)

El perdón, el arrepentimiento y la renuncia son tres armas que siempre deben estar desenvainadas y listas para ser usadas. Que Dios nos dé sabiduría y entendimiento en Su palabra. La decisión es nuestra. Tomemos estas poderosas armas, que no son carnales, sino espirituales y tendremos la victoria.

sábado, 6 de diciembre de 2008

¿QUIERES SER DISCÍPULO DE JESÚS?


¿QUIERES SER DISCÍPULO DE JESÚS?


"Después Jesús les dijo a todos los que estaban allí:"Si alguno quiere ser mi discípulo, tiene que olvidarse de hacer lo que quiera. Tiene que estar siempre dispuesto a morir y hacer lo que yo mando. Porque si alguno piensa que su vida es más importante que seguirme, entonces la perderá para siempre. Pero el que prefiera seguirme y elija morir por mí, ese se salvará. De nada sirve que una persona sea dueña de todo el mundo, si al final se destruye a sí misma y se pierde para siempre." (Lucas 9: 23-25 BLS)

Jesús dijo a la gente que le seguía y nos dice también a nosotros: Si ustedes quieren ser mis discípulos, renuncien a sus propios deseos y estén dispuestos a morir cada día a vuestro "yo". La vida que Cristo nos ofrece es Su vida y sólo la vamos a vivir si dejamos la nuestra. No hay otra forma. O somos nosotros, o es Cristo. Para ser un discípulo de Jesús es necesario:

Renuncia completa.
Disposición para morir cada día a nuestro "yo".
Amor por el Maestro.

Si analizamos a los hombres de Dios en la Biblia, ellos tuvieron una vida de renuncia y muerte a sus deseos. Tuvieron que pasar por tribulaciones y sufrimientos para llegar a ser lo que Dios quería que ellos sean. Estuvieron dispuestos a obedecer a Dios a pesar de las circunstancias, porque no puede haber obediencia sin renuncia. Estuvieron dispuestos a dar sus vidas por el Dios en quien ellos creían. Es que no se puede estar dispuesto a morir por alguien a quien no amamos. Fue tanto el amor de Jesús por nosotros que Él dio Su vida para que podamos alcanzar la salvación que gratuitamente Él nos ofrece. Cristo no nos pediría renuncia si Él no hubiera renunciado primero. ¿Te puedes imaginar qué dejó Cristo en el cielo para venir a la tierra? Ni siquiera pensando en lo más hermoso que podamos conocer o imaginar se puede comparar con lo que Él tuvo que renunciar. Jesús estuvo dispuesto a morir desde antes de la fundación del mundo y todo por amor a nosotros.

Porque la fe de ustedes es como el oro: su calidad debe serprobada por medio del fuego. La fe que resiste la prueba vale muchomás que el oro, el cual se puede destruir. De manera que la fe deustedes, al ser así probada, merecerá aprobación, gloria y honorcuando Jesucristo aparezca. (1ª Pedro 1: 17-21). Nuestra fe en Dios es capaz de soportar las pruebas, porque es una fe que obra por amor. Dios quiere que por amor dejemos todo y le sigamos, pero no un amor humano que exige condiciones, sino el amor incondicional, el amor ágape.

No vamos a entender qué es ser discípulo, si no estamos dispuestos a renunciar y morir por amor. ¿Es Dios un Dios tirano al pedirnos esto? De ninguna manera, pero Él sabe que la única forma para que nosotros seamos como Él, es dejando de ser nosotros en nuestra carnalidad, con nuestros caprichos y orgullo, sino despojarnos de aquello que no proviene de Dios para que Su carácter se manifieste en nosotros. Nuestro YO debe menguar cada día hasta que desaparezca para que Cristo sea visto a través de nosotros. No a nosotros sea la gloria, no a nosotros, sino a Ti oh Dios. Dios quiere formar Su carácter en nosotros, pero para ello, tiene que extraer, si se lo permitimos, lo que todavía queda de nuestro carácter. ¡UY! Eso duele. Nos va a doler más cuando entendamos lo que dice Hebreos 12: 1-11 (Conviene leer todo este capítulo). Dios quiere que seamos hijos que llevemos Su marca de carácter en nuestras vidas, para que todo el que nos vea, pueda decir sin temor a equivocarse: estos son verdaderamente hijos de Dios, porque se puede ver a Dios a través de ellos.

José nunca hubiera llegado al trono si no hubiera renunciado a la queja, a las seducciones y al odio. Daniel nunca hubiera llegado al lugar de prominencia en el reino si no hubiera dispuesto su corazón para no contaminarse y si no hubiera pasado por el foso de los leones. Jesús mismo no hubiera llegado al Trono del Padre si no se hubiera humillado haciéndose el más bajo de los hombres y llegando hasta la muerte, y qué muerte; sólo entonces fue exaltado.

La actitud de ustedes debe ser como la de Cristo Jesús, quien, siendo por naturaleza* Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse. Por el contrario, se rebajó voluntariamente, tomando la naturaleza* de siervo y haciéndose semejante a los seres humanos. Y al manifestarse como hombre, se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, ¡y muerte de cruz! Por eso Dios lo exaltó hasta lo sumo y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre, para que ante el nombre de Jesús se doble toda rodilla en el cielo y en la tierra y debajo de la tierra, y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre. (Filipenses 2: 5-11)

¡Oh prueba, bendita prueba!
¿Quién te acoge hoy en su corazón?
¿Quién puede gozarse cuando hieres, quebrantas o matas?
¿Qué prueba es mayor que la que pasó nuestro Señor?
Si en algo ha de gozarse mi alma
Es en ser tallada a la forma de mi Maestro.
Un golpe aquí, otro allá.
Penetra oh cincel y extrae mis deformidades,
hasta que doblegada bajo Tu poderosa Mano,
solamente diga: Sí Señor.
Hágase en mí conforme a Tu voluntad.
Gózate en la prueba, gózate,
porque acabada ésta, tendrás algo más de Dios en ti.

La muerte es necesaria para poder resucitar a la vida de Cristo. El discípulo que no se injerta en Cristo, no puede resucitar. Sólo desgajándote de tu vida e introduciéndote a la vida de Cristo vas a poder gozar de la excelsa naturaleza de Dios. Sólo en Cristo está la vida. Si renuncias a seguir bebiendo de tu propio pozo hecho de tradiciones y vanos argumentos y vas a la fuente de Vida para saciar tu sed y llenar el vacío de tu alma, entonces Dios hará que tu pozo se convierta en manantial de vida. De ti empezará a brotar la vida que saciará tu alma, vivificará tu cuerpo, renovará tu espíritu y te convertirás en fuente de paz, donde tus aguas serán removidas para salvación, porque el Espíritu de Dios removerá tus aguas y brotará la vida, se verá la luz y te convertirás en bendición para muchos pueblos. Empieza a ver el alcance de la vida de Dios que emana de ti y no te detengas, sigue bebiendo de la fuente inagotable de Cristo y extiende tus acequias para regar el campo, porque cuanto más des, más vas a recibir. Hay un pueblo sediento de Dios . ¡Sácialo!

viernes, 5 de diciembre de 2008

ACTIVEMOS LA MENTE DE CRISTO


ACTIVEMOS LA MENTE DE CRISTO EN NOSOTROS

Dios da a conocer sus planes
Sin embargo, cuando hablamos con los que ya entienden mejor el mensaje de Dios, hablamos con sabiduría. Pero no empleamos la sabiduría humana como la emplean la gente y los gobernantes de este mundo. El poder que ellos tienen está condenado a desaparecer. Nosotros enseñamos el mensaje con palabras inteligentes que vienen de Dios. Ese mensaje habla de los planes que Dios tenía en secreto desde antes de crear el mundo, y que él quiso manifestarnos para que podamos compartir su gloria. Claro que este plan inteligente de Dios no lo entendió ninguno de los gobernantes del mundo. Si lo hubieran entendido, no habrían matado en la cruz a nuestro Señor, quien es el dueño de la vida. Como dice la Biblia: "Para aquellos que lo aman, Dios ha preparado cosas que nadie jamás pudo ver, ni escuchar ni imaginar". Dios nos dio a conocer todo esto por medio de su Espíritu, porque el Espíritu de Dios lo examina todo, hasta los secretos más profundos de Dios. Nadie puede saber lo que piensa otra persona. Sólo el espíritu de esa persona sabe lo que ella está pensando. De la misma manera, sólo el Espíritu de Dios sabe lo que piensa Dios. Pero como Dios nos dio su Espíritu, nosotros podemos darnos cuenta de lo que Dios, en su bondad, ha hecho por nosotros. Cuando hablamos de lo que Dios ha hecho por nosotros, no usamos las palabras que nos dicta la inteligencia humana, sino que usamos el lenguaje espiritual que nos enseña el Espíritu de Dios. Los que no tienen el Espíritu de Dios no aceptan las enseñanzas espirituales, pues las consideran una tontería. Y tampoco pueden entenderlas, porque no tienen el Espíritu de Dios. Los que tienen el Espíritu de Dios, todo lo examinan y todo lo entienden. En cambio, los que no tienen el Espíritu, no pueden examinar ni entender a los que sí lo tienen. (1ª Corintios 2: 6-15 BLS)
Como dice la Biblia: "¿Quién sabe lo que piensa el Señor? ¿Quién puede darle consejos?" Pero nosotros tenemos el Espíritu de Dios, y por eso pensamos como Cristo." (1ª Corintios 2:16 BLS)

Necesitamos entender que ya no pertenecemos a este mundo, que realmente somos seres sobrenaturales, que llevamos dentro de nosotros al Espíritu de Dios y que somos uno con Él (1ª Corintios 6:17). Al ser uno con el Señor, Sus pensamientos son nuestros. Pero, ¿qué es lo que impide que pensemos como Cristo? La mente carnal que todavía gobierna nuestros pensamientos. Cuando Dios dijo que lo amemos sobre todas las cosas, nos estaba diciendo que lo amemos más que a nuestros propios pensamientos. ¿Te has dado cuenta cuánto amamos nuestros pensamientos? Ellos determinan lo que somos. Nuestros pensamientos están ligados a nuestro “YO”; es por eso que somos lo que pensamos. No podemos dar rienda suelta a nuestros pensamientos, sino más bien atraparlos para que obedezcan a Cristo; conducirlos o encauzarlos a Cristo. Debemos canalizar nuestros pensamientos hacia Cristo. La mente carnal no puede agradar a Dios, ni tampoco puede sujetarse a Él, pero nosotros no tenemos ya una mente carnal, sino que poseemos la mente de Cristo, porque Su Espíritu gobierna nuestro ser.

Obedecer al Espíritu de Dios
Por eso les digo: Obedezcan al Espíritu de Dios y así no desearán hacer lo malo. Porque los malos deseos están en contra de lo que quiere el Espíritu de Dios, y el Espíritu está en contra de los malos deseos. Por lo tanto, ustedes no pueden hacer lo que se les antoje. Pero si obedecen al Espíritu de Dios, ya no están obligados a obedecer la ley. Todo el mundo conoce la conducta de los que obedecen a sus malos deseos: No son fieles en el matrimonio, tienen relaciones sexuales prohibidas, muchos vicios y malos pensamientos. Adoran a dioses falsos, practican la brujería y odian a los demás. Se pelean unos con otros, son celosos y se enojan por todo. Son egoístas, discuten y causan divisiones. Son envidiosos, y hasta matan; se emborrachan, y en sus fiestas hacen locuras y muchas cosas malas. Les advierto, como ya lo había hecho antes, que los que hacen esto no formarán parte del reino de Dios. En cambio, el Espíritu de Dios nos hace amar a los demás, estar siempre alegres y vivir en paz con todos. Nos hace ser pacientes y amables, y tratar bien a los demás, tener confianza en Dios, ser humildes, y saber controlar nuestros malos deseos. No hay ley que esté en contra de todo esto. Y los que somos de Jesucristo ya hemos hecho morir en su cruz nuestro egoísmo y nuestros malos deseos. Si el Espíritu ha cambiado nuestra manera de vivir, debemos obedecerlo en todo. No seamos orgullosos, ni provoquemos el enojo y la envidia de los demás, creyendo que somos mejores que ellos.
(Gálatas 5: 16-26 BLS)

La mente de Cristo –que está en nosotros- une nuestros pensamientos al Espíritu de Dios a través de nuestro espíritu, sujetando nuestros pensamientos a lo que dicta el Espíritu. No toda persona que ha recibido a Jesús, piensa como Él, por eso Pablo les escribió de ese modo a los gálatas. Nuestros pensamientos determinarán si vamos a formar parte del reino de Dios o no. Lo que creemos en nuestra mente afectará nuestros pensamientos y estos establecerán nuestro destino final. Eva decidió creerle al diablo. Nuestra creencia se define en creerle a Dios o no, para lo cual no hay otra alternativa. “Hoy te doy a elegir entre la vida y la muerte, entre el bien y el mal. Hoy te ordeno que ames al Señor tu Dios, que andes en sus caminos, y que cumplas sus mandamientos, preceptos y leyes. Así vivirás y te multiplicarás, y el Señor tu Dios te bendecirá en la tierra de la que vas a tomar posesión… Hoy pongo al cielo y a la tierra por testigos contra ti, de que te he dado a elegir entre la vida y la muerte, entre la bendición y la maldición. Elige, pues, la vida, para que vivas tú y tus descendientes. Ama al Señor tu Dios, obedécelo y sé fiel a él, porque de él depende tu vida, y por él vivirás mucho tiempo en el territorio que juró dar a tus antepasados Abraham, Isaac y Jacob.” (Deuteronomio 30: 15,15, 19,20)Leamos también Efesios 4: 22- 32.


La obra en la cruz fue completa, pero nuestras elecciones o decisiones son determinantes. Dios no va a imponernos a hacer Su voluntad, Él nos muestra lo que es bueno y lo que es malo y nosotros decidimos qué obedecer. Adán decidió desobedecer y trajo consigo la muerte para él y todos los que descendemos de él, pero Cristo vino para traer la vida para quienes la quieran recibir. La vida de Cristo es diferente a la vida carnal y nos toca a nosotros despojarnos de lo viejo y vivir lo nuevo en Cristo. Debemos poner en funcionamiento lo que ya tenemos dentro de nosotros, que es el Espíritu Santo, obedeciéndole en todo. La obediencia es crucial para la activación de la vida de Dios en nosotros. No vamos a pretender que porque la obra de la cruz fue completa, vamos andar como mundanos, sin temor de Dios y querer heredar las promesas. Si somos de Cristo debemos andar como Él anduvo y la vida de Dios brotará a raudales de nuestro ser. Amar a Dios, obedecerle y serle fiel, nos garantizan la vida.

"No tengas miedo de lo que vas a sufrir. El diablo meterá a algunos de ustedes en la cárcel, para ver si en verdad confían en mí. Ustedes tendrán muchas dificultades durante un corto tiempo. Pero si confían en mí hasta la muerte, yo les daré como premio la vida eterna". (Apocalipsis. 2:10 BLS). La fidelidad a Dios se resume en creerle sin cuestionar, porque si Él lo dijo, de seguro que lo hará.

jueves, 4 de diciembre de 2008

SOMOS SERES SOBRENATURALES


SOMOS SERES SOBRENATURALES
Los hijos de Dios somos seres sobrenaturales viviendo en un mundo natural. Somos sobrenaturales porque llevamos dentro de nosotros la naturaleza de Dios. Vivimos en un mundo natural, pero ya no estamos sujetos a él, porque hemos nacido de nuevo, hemos nacido del agua y del Espíritu y ahora el que vive en nosotros es Aquel que resucitó de los muertos a Cristo Jesús, para que ya no vivamos según las inclinaciones carnales, sino según el Espíritu de Dios (ee Romanos 8: 9-13). Esto nos hace obedientes a las autoridades y cumplidores de nuestras obligaciones. La naturaleza de Cristo en nosotros nos puede convertir en lo que Él es -obediente, justo, misericordioso, compasivo, amoroso, etc- lo único que debemos hacer es mirarlo a Él, así como Él miraba al Padre para hacer Su voluntad. “Yo hablo de lo que he visto en presencia del Padre; así también ustedes, hagan lo que del Padre han escuchado.” (Juan 8:38). Permanecer en la presencia de Dios, nos hace actuar como Él. Para permanecer en Dios necesitamos arrancar de nosotros todo obstáculo que nos impide llegar a Él y conocerlo. Arrancar es renuncia y muerte, porque entendemos que ya estamos crucificados con Cristo y es Él quien vive en nosotros, de modo que lo que éramos cuando estábamos en la carne (sin Cristo), está clavado en la cruz, para que el Cristo resucitado se levante glorioso en cada hijo de Dios. La renuncia a los deseos que no agradan a Dios nos permite disfrutar la vida en el Espíritu y también disfrutar de esta vida natural. Dios sabe qué es lo mejor para nosotros. Él quiere que disfrutemos esta vida y la única manera es renunciando a la carnalidad (deseos contrarios a la naturaleza de Dios).

"Por lo tanto, no permitan ustedes que el pecado reine en su cuerpo mortal, ni obedezcan a sus malos deseos.” (Romanos 6: 12) Cristo hizo una obra completa en la cruz, pero aun así, Él respeta nuestro libre albedrío, por lo tanto, la decisión que tomemos es crucial para nuestra vida en la tierra e inclusive después de terminar nuestra existencia aquí. El pecado nos separa de Dios y oscurece nuestro entendimiento de Él alejándonos de Su presencia. El estar separados de Dios es muerte, pero el morir a nosotros (a esos deseos contrarios a los de Dios) para unirnos a Cristo, produce en nosotros vida y vida abundante. ¡Disfrútala!

"La mentalidad pecaminosa es muerte, mientras que la mentalidad que proviene del Espíritu es vida y paz. La mentalidad pecaminosa es enemiga de Dios, pues no se somete a la ley de Dios, ni es capaz de hacerlo. Los que viven según la naturaleza pecaminosa no pueden agradar a Dios. Sin embargo, ustedes no viven según la naturaleza pecaminosa sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios vive en ustedes. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Cristo. Pero si Cristo está en ustedes, el cuerpo está muerto a causa del pecado, pero el Espíritu que está en ustedes es vida a causa de la justicia. Y si el Espíritu de aquel que levantó a Jesús de entre los muertos vive en ustedes, el mismo que levantó a Cristo de entre los muertos también dará vida a sus cuerpos mortales por medio de su Espíritu, que vive en ustedes. Por tanto, hermanos, tenemos una obligación, pero no es la de vivir conforme a la naturaleza pecaminosa. Porque si ustedes viven conforme a ella, morirán; pero si por medio del Espíritu dan muerte a los malos hábitos del cuerpo, vivirán. Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios." (Romanos 8: 6-14).

Nuestra mente debe habituarse a pensar los pensamientos de Cristo y estos pensamientos nos llevan a una renuncia de nuestro “ego”, porque ya no vamos a ser nosotros los que pensemos, sino el Cristo que vive en nosotros. El apóstol Pablo al exponer la humillación de Cristo y luego Su exaltación en Filipenses 2: 1-11, nos exhorta en los versículos 12 y 13 lo siguiente: “Así que, mis queridos hermanos, como han obedecido siempre -no sólo en mi presencia sino mucho más ahora en mi ausencia- lleven a cabo su salvación con temor y temblor, pues Dios es quien produce en ustedes tanto el querer como el hacer para que se cumpla su buena voluntad.” Nos toca a cada uno de nosotros ocuparnos de nuestra salvación, no en querer aparentar haciendo obras para alcanzarla, pues si ya hemos sido salvos, lo que necesitamos es desarrollarla más y más hasta que lleguemos a ser semejantes a Cristo; con esto no pretendo decir que vamos a ser semidioses, sino que cada día más y más vamos adquiriendo el carácter de Jesucristo. Ésta es la meta final a la que Dios quiere que lleguemos. “Él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; y a otros, pastores y maestros, a fin de capacitar al pueblo de Dios para la obra de servicio, para edificar el cuerpo de Cristo. De este modo, todos llegaremos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a una humanidad perfecta que se conforme a la plena estatura de Cristo.” (Efesios 4: 11-13) La única manera de ir desarrollándonos más y más a la semejanza de Cristo es practicar todo lo que hemos aprendido y visto de Él. La práctica de Cristo en nosotros va a ir transformando nuestros hábitos, haciendo que lo que nos parecía normal practicar en la carne, ahora resulte anormal, porque ya no vivimos conforme a la carnalidad. Hemos sido crucificados con Cristo y resucitados con Él para vivir como verdaderos hijos de Dios, para vivir en el Espíritu. Vivir en el Espíritu no es una opción más, es un caso de vida o muerte. Ya hemos visto en Romanos 8: 6 y 13 qué pasa con la mentalidad pecaminosa y con la mentalidad guiada por el Espíritu, lo que necesitamos es entenderlo pidiendo a Dios revelación al respecto y alineando nuestros pensamientos a los de Cristo, pidiendo que Su voluntad se haga en nosotros.

Necesitamos la revelación de Cristo en nuestra alma, necesitamos salvar nuestra alma, nuestra mente de pensamientos que desagradan a Dios, para que nuestros pensamientos sean renovados y nuestra voluntad se conforme a la de Él (Romanos 12:2; Santiago 1:21). Saber y entender que ya no vivimos según la carne y que el diablo no tiene potestad en nosotros nos va llevar a la cabal comprensión de Quién es el que está en nosotros y en Quién estamos. Antes de venir a Cristo pecábamos porque éramos pecadores, ahora en Cristo, si pecamos es porque hemos descuidado nuestra relación con Él. Ya no somos pecadores, por tanto no actuemos como tales. Hemos sido pecadores, pero ahora somos justificados. La voluntad de Dios es que nos conformemos a Su imagen y esto sólo va a ser posible si nos dejamos guiar por el Espíritu Santo de Dios y ya no satisfacemos a los deseos de la naturaleza pecaminosa, porque ésta no nos pertenece, pues ya tenemos la naturaleza de Dios en nosotros, somos uno con Él y Dios no peca.

Somos una cultura sobrenatural, una raza que vive en relación y unión con el Todopoderoso. Somos un pueblo que hemos pactado con Dios a través de Cristo y este pacto ha sido sellado con Su sangre. (1ª Pedro 2:9,10). Por tanto hermanos, esforcémonos en nuestra carrera y anhelemos ser cada día más como Jesús, desarraigando de nosotros todo pecado o propensión a él y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo. Acerquémonos a Jesús para aprender de Él, no mirando lo que el mundo, el diablo y la carne nos ofrecen, porque esto es efímero, sino miremos sólo a Cristo, el autor y perfeccionador de nuestra fe.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

¿CÓMO CONDUCES TU DESTINO?


¿CÓMO CONDUCES TU DESTINO?

Un hombre hacía su recorrido cotidiano del campo a la ciudad. Cada día él cargaba a su burrito con los productos del campo y los llevaba a la ciudad a venderlos. Al ir a la ciudad, el burrito iba cargado y el hombre iba a pie. A la vuelta de la ciudad, el hombre se montaba en el burrito y volvía a su casa. Esa era su rutina diaria. Él conocía muy bien el camino, podía caminar hasta con los ojos cerrados. Bueno, era lo que él pensaba.

Un día, de vuelta de la ciudad y a mitad de camino, el cielo empezó a oscurecerse y se oscureció a tal grado que no se podía ver nada. La lluvia era torrencial. El hombre estaba empapado. El burrito seguía caminando con el hombre a cuestas, al parecer, sin ningún problema, pues el burrito sí conocía el camino, aun con los ojos cerrados. Pero el hombre desconfiando de la pericia del burrito, decidió apearse (bajarse) y buscar la ruta por su propia cuenta. Así lo hizo. Se apeó del burrito y en cuanto empezó a dar unos pasos, cayó al barranco. El burrito permaneció quieto a orillas del camino, rebuznando de vez en cuando para alentar a su amo.

Cuando pasó la tormenta, y ya empezaba a verse los primeros rayos del día, otro hombre que pasaba por ese camino, empapado también por la lluvia, permanecía montado en su burro. De pronto se dio cuenta que el burrito de su amigo estaba solo, parado a orillas del barranco. Este hombre se detuvo y gritó: _ Amigo ¿dónde estás?

El hombre le contestó: Aquí, abajo. ¿Todavía está mi burro ahí? Preguntó.

El otro hombre le dijo que sí. Y le preguntó: _ ¿cómo fue que te caíste?

_Yo me apeé del burro y enseguida me caí.
Le dijo el hombre.

_ Fue el peor error que cometiste, pues el burro conoce muy bien el camino y el destino. Él te hubiera llevado a tu casa sano y salvo.

Muchas veces como cristianos, estamos en el camino de la fe, confiados que lo conocemos muy bien. Pero de pronto se desata una tormenta y decidimos conducir nuestro destino con nuestras propias fuerzas. Nos apeamos de Jesús y en menos de lo que nos imaginamos, caemos al barranco.

Recuerda que aunque la tormenta arrecie, tú debes permanecer en Cristo, pues Él te llevará sano y salvo a tu destino. Jesús dijo: “Yo soy el camino, la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.” (Juan 14: 6).

En nuestro caminar no estamos exento de tormentas, pero si permanecemos en Cristo, llegaremos a nuestro destino sano y salvo. Jesús dijo: “En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo.” (Juan 16: 33).

La Palabra de Jesús es la misma: “Confiad”. ¿Estás dispuesto a confiar? No te apees de Él. Sigue adelante, Jesús te sostiene, te fortalece, te libra del mal, pelea por ti. Él te dice: “He aquí, yo estoy contigo, y te guardaré por donde quiera que fueres, y volveré a traerte a esta tierra; porque no te dejaré hasta que haya hecho lo que te he dicho.” (Génesis 28:15.)

martes, 2 de diciembre de 2008

ENFOCÁNDONOS EN JESÚS


ENFOCÁNDONOS EN JESÚS

“Fijemos la mirada en Jesús, el iniciador y perfeccionador de nuestra fe, quien por el gozo que le esperaba, soportó la cruz, menospreciando la vergüenza que ella significaba, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios”. (Hebreos 12:2 NBLH)

Hay muchas cosas en este mundo que distraen nuestra vista y en cualquier momento podemos desviar nuestra mirada de Jesús. No estoy hablando sólo de las cosas que vemos, las tangibles; o de lo que oímos, sino también de aquellas cosas que están ocultas dentro de nosotros y que nadie las ve, excepto Dios, pero que son las más peligrosas y nos desenfocan de nuestro objetivo que es Cristo Jesús. Necesitamos mantenernos en fe todo el tiempo.

"Por tanto, también nosotros, que estamos rodeados de una multitud tan grande de testigos, despojémonos del lastre que nos estorba, en especial del pecado que nos asedia (acorrala), y corramos con perseverancia la carrera que tenemos por delante." (Hebreos 12: 1). El capítulo 12 está precedido por el 11 y éste nos habla de los héroes de la fe y concluye así: "Aunque todos obtuvieron un testimonio favorable mediante la fe, ninguno de ellos vio el cumplimiento de la promesa. Esto sucedió para que ellos no llegaran a la meta sin nosotros, pues Dios nos había preparado algo mejor." (Hebreos 11:39,40). Después, en el 12:1, nos habla que estamos rodeados de testigos, quiere decir que hay ojos que no son naturales que nos están mirando. Cierra un rato tus ojos y así cerrados, observa a tu alrededor; quizá no has percibido nada, pero hay una cosa muy cierta y es que estamos rodeados de ojos expectantes en nuestra carrera y nos dicen como Pablo, parafraseando Hebreos 12: 1y adaptándolo a nuestra época: _ Quita el peso de tu mochila. Arroja todo estorbo de sobre ti. No te desalientes, ya vas a llegar. ¡Corre! Mira sólo a Jesús. Confía en Él, mantén tu fe centrada en Jesús el Vencedor.

Nuestra vida de la fe es una carrera hacia Jesús, pero no sin obstáculos. ¿Dónde están esos obstáculos? Dentro de cada uno de nosotros. Por eso Pablo dice: “Despojémonos”, quiere decir que debemos arrancar todo estorbo en nosotros que nos impide llegar a la meta y que nubla nuestra visión o enfoque, para saber hacia dónde debemos correr. Especialmente tenemos que despojarnos del pecado. El pecado no está fuera de nosotros. Recuerda lo que dijo Jesús: Ustedes han oído que se dijo: No cometas adulterio. Pero yo les digo que cualquiera que mira a una mujer y la codicia ya ha cometido adulterio con ella en el corazón. (Mateo 5: 27,28). ¿Qué quiso decir Jesús? Sencillamente que el pecado no está en el agente externo, sino en el interior de cada persona. Si en el corazón de la persona no hay la propensión (debilidad) al adulterio, entonces no le va a afectar mirar a la persona del sexo opuesto. Cada uno de nosotros sabemos cuáles son nuestras debilidades y si no las conocemos, pidamos que la luz de Dios las manifieste. El diablo también conoce nuestras debilidades y sabe dónde atacar; por eso pongamos mayor atención, no en nuestra debilidad, sino en la fortaleza de Aquel que nos sacó de las tinieblas a Su luz admirable. Arranquemos todo lastre de nosotros, como hace el águila, que se despoja de sus plumas que le estorban para volar. Ella golpea su pico en la roca hasta que éste cae y crece otro nuevo; arranca sus garras que le estorban para desgarrar. Para que el águila siga viviendo tiene que arrancar todo lo que le estorba y pasar por un proceso de renovación cada cierto tiempo. Nosotros debemos hacer lo mismo, cada cierto tiempo, cunado sintamos que hay estorbo entre nosotros y Dios, arranquemos todo estorbo y renovémonos en la Roca firme que es Cristo. Somos águila y si queremos volar alto y entrar en las alturas de Dios, debemos empezar a arrancar todo estorbo.

Nos preguntamos: _ ¿Cómo nos vamos a despojar de aquello que nos acorrala? Estar acorralados es prácticamente estar sin salida. Así es en lo natural, pero nuestra vida en Jesús no es una vida natural, es sobrenatural. Cuando nos encontremos en una situación de acorralamiento, lo único que debemos hacer es dejar de mirar lo que nos rodea y contemplar a Cristo, clamando a Él por fortaleza. EL rey David tenía muchos enemigos naturales, aunque detrás de ellos estaban los verdaderos enemigos que eran espirituales; pero si lees los salmos puedes ver cómo David se fortalecía en el Señor. Él exponía su causa delante de Dios y luego declaraba quién era Su Dios. No se quedaba lamentando. No miraba a la fuerza enemiga, miraba al Todopoderoso, al brazo fuerte de Dios. Como ejemplo podemos leer el Salmo 3 y declarar como David quién es nuestro Dios. ¿Acaso le asustaban las hordas del enemigo? Todas ellas eran y son como nada delante del Todopoderso Dios; así que si Cristo está en nosotros, ¿qué puede asustarnos?

Dios y todos los santos están poniendo su mirada en nosotros y anhelan que nos mantengamos firmes en nuestra fe sin desmayar en el camino. “Hermanos, yo mismo no considero haberlo ya alcanzado. Pero una cosa hago: olvidando lo que queda atrás y extendiéndome a lo que está delante, prosigo hacia la meta para obtener el premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús.” (Filipenses 3: 13,14). El premio Mayor es Cristo Jesús. Esto no quiere decir que Pablo no estaba en Cristo, sino que todavía le faltaba mucho para conocerlo tal como Jesús debe ser conocido, por eso el apóstol dice que estima todo como pérdida “en vista del incomparable valor de conocer a Cristo” (3:8). Nada de lo que el mundo nos ofrece tiene tanto valor como para quitar nuestra mirada de Jesús, nuestro Señor; por tanto, no miremos atrás, ni a las glorias pasadas, ni a los fracasos. Cristo tiene que ser nuestro enfoque, nuestra antorcha y faro que guíe nuestros pasos. En todo momento Cristo siempre debe ser el primero. Nada de lo que hagamos debe ser en nuestras fuerzas, sino en las de Él. Guardemos nuestro corazón para que no se desvíe de Jesús ni por un momento. Las 24 horas del día nuestros pensamientos deben estar centrados en Él; nuestro amor debe ser para Él, y a través de Él amar a los demás. Guardemos Su Palabra en nuestro corazón y meditemos en Ella todo el tiempo. Cuanto más de Cristo haya en nosotros, menos de nuestro “YO”, del mundo y del pecado estará en nosotros. Por tanto tomemos la decisión de guardarnos santos y sin mancha delante de Él y quitemos todo estorbo que nos impide llegar a tener intimidad con Jesús y así poder conocerlo cada día más. Pidamos al Espíritu Santo que nos revele a Cristo y digámosle a nuestro Amado: Jesucristo, yo quiero conocerte.

lunes, 1 de diciembre de 2008

AMAR Y OBEDECER


AMAR Y OBEDECER

"Si ustedes me aman, obedecerán mis mandamientos.” (Juan14:15). “Éste es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros.” (Juan 15: 17). El amor y la obediencia van unidos, aunque se puede obedecer sin amar, pero esto no cuenta ante Dios. El amor a Dios tiene que llevarnos a la obediencia por amor, no por obligación o por miedo a la represalia. Vamos a obedecer a Dios sencillamente porque lo amamos. ¿Acaso no resulta agradable complacer a la persona amada? Cuánto más a Dios, Quien nos amó y entregó a Su Hijo Jesucristo por amor a nosotros. Para poder obedecer (complacer) necesitamos conocer a la persona y saber qué quiere que hagamos. Para conocer a una persona, necesitamos relacionarnos constantemente con ella y así vamos a entenderla y saber cuáles son sus agrados o desagrados, qué le gusta o qué le disgusta. Y si realmente amamos a esa persona lo que menos vamos a querer hacer es desagradarla, porque esto la entristecería, y no queremos ver a la persona amada triste, ¿verdad? Cuanto más conozcamos a nuestro Amado Jesucristo más le vamos a amar y nuestra obediencia va ir en aumento también. La obediencia no debe resultar una carga, porque lo que se hace por amor no es pesado, sino más bien un deleite.

"Este mandamiento nuevo les doy: que se amen los unos a los otros. Así como yo los he amado, también ustedes deben amarse los unos a los otros. De este modo todos sabrán que son mis discípulos, si se aman los unos a los otros.” (Juan 13: 34,35). Dios nos dio un nuevo mandamiento que es la base para cumplir los demás y es que nos amemos unos a otros. El amor no admite rencor, ni desconfianza, etc., sencillamente ama. (1ª Corintios 13). El amar a los demás es un mandamiento, no un sentimiento; el cumplir este mandamiento produce un sentimiento que es agradable para nuestro ser, el sentimiento de amar. Este sentimiento por obediencia no hace acepción de personas. No quiero decir que vamos a andar dando besitos a todos, pero todos van a recibir nuestro amor, ese amor que procede de Dios y que no quiere que ninguno se pierda, por eso Él lo dio todo por amor, para salvar a todos los que acepten Su amor (Jn. 3:16). El amar a los demás no nos permite murmurar de ellos. El amor eleva, transforma, da vida y da su vida también. ¿Acaso no has pasado noches de desvelo orando por otras personas? Ahí estás dando parte de tu vida. “Ámense unos a otros”, porque “el que ama a su hermano permanece en la luz, y no hay nada en su vida que lo haga tropezar. Pero el que odia a su hermano está en la oscuridad y en ella vive, y no sabe a dónde va porque la oscuridad no lo deja ver.” (1ª Juan 2: 10,11. Lee también 1ª Juan 3: 14-18). El que ama es transparente, nunca dirá o hará nada indebido a espaldas de la persona. Estamos teniendo revelación de esto, y pidamos que Dios nos dé más revelación al respecto. Cuánto necesitamos aprender a amar, estamos en el proceso. Oh Señor acelera este proceso, porque cuanto más amemos al prójimo, más también te estaremos amando a Ti.

"¿Quién es el que me ama? El que hace suyos mis mandamientos y los obedece. Y al que me ama, mi Padre lo amará, y yo también lo amaré y me manifestaré a él. Le contestó Jesús: El que me ama, obedecerá mi palabra, y mi Padre lo amará, y haremos nuestra vivienda en él. El que no me ama, no obedece mis palabras. Pero estas palabras que ustedes oyen no son mías sino del Padre, que me envió." (Jn. 14: 21-24) "Así como el Padre me ha amado a mí, también yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor. Si obedecen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, así como yo he obedecido los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.” (Jn. 15: 9,10).

El amor a Jesús nos hace obedientes a Él y esto hace que el Padre nos ame y Jesús también y ese vínculo de amor hará manifiesta la Presencia de Jesús en nuestras vidas. La obediencia nos lleva a la permanencia en el amor de Dios. Cuán importante es la obediencia; y cuánto más le conocemos, más le obedeceremos y más beberemos de Su Presencia. Jesús es la Vida y si queremos permanecer con vida, necesitamos más de Jesús cada día, no cada domingo; cuanto más le busquemos, más le encontraremos y más cerca de Él estaremos. La vida del Reino gira en torno al amor. Vivir amando nos hace descansar en el Señor. El amor nos lleva a la libertad en Cristo (Gál. 5: 13, 14 y Rom. 13: 12-14). Dios quiere que vivamos y andemos en el Espíritu para que seamos guiados por Él. No permitamos que la carne con sus pasiones nos gobierne, porque ya no somos carnales, sino espirituales, tenemos la naturaleza de Dios en nosotros y Dios es Amor; es el Espíritu de Dios unido al nuestro quien debe gobernar cada área de nuestro ser. Ama y reposa en Dios.

"No ruego sólo por éstos. Ruego también por los que han de creer en mí por el mensaje de ellos, para que todos sean uno. Padre, así como tú estás en mí y yo en ti, permite que ellos también estén en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que me diste, para que sean uno, así como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí. Permite que alcancen la perfección en la unidad, y así el mundo reconozca que tú me enviaste y que los has amado a ellos tal como me has amado a mí. "Padre, quiero que los que me has dado estén conmigo donde yo estoy. Que vean mi gloria, la gloria que me has dado porque me amaste desde antes de la creación del mundo. "Padre justo, aunque el mundo no te conoce, yo sí te conozco, y éstos reconocen que tú me enviaste. Yo les he dado a conocer quién eres, y seguiré haciéndolo, para que el amor con que me has amado esté en ellos, y yo mismo esté en ellos." (Jun. 17: 20-26). El amor entre hermanos trae la unidad que Jesús tenía con Su Padre y que anhela que la tengamos nosotros. La unidad de Su Cuerpo hará que el mundo crea en Jesús, ¿acaso no es ese nuestro anhelo? El diablo nos ha dividido por siglos, nos hizo un Cuerpo desmembrado, pero ahora es el tiempo de unirnos como Iglesia y siendo un ejército unido, nada ni nadie nos podrá hacer frente. ¿Cómo lo vamos a lograr? Amándonos unos a otros. ¿Cómo lo haremos? Lee Romanos 12: 9- 21 y 13: 10. Que el Señor nos dé entendimiento. Amémonos en el amor de Dios.