miércoles, 3 de diciembre de 2008

¿CÓMO CONDUCES TU DESTINO?


¿CÓMO CONDUCES TU DESTINO?

Un hombre hacía su recorrido cotidiano del campo a la ciudad. Cada día él cargaba a su burrito con los productos del campo y los llevaba a la ciudad a venderlos. Al ir a la ciudad, el burrito iba cargado y el hombre iba a pie. A la vuelta de la ciudad, el hombre se montaba en el burrito y volvía a su casa. Esa era su rutina diaria. Él conocía muy bien el camino, podía caminar hasta con los ojos cerrados. Bueno, era lo que él pensaba.

Un día, de vuelta de la ciudad y a mitad de camino, el cielo empezó a oscurecerse y se oscureció a tal grado que no se podía ver nada. La lluvia era torrencial. El hombre estaba empapado. El burrito seguía caminando con el hombre a cuestas, al parecer, sin ningún problema, pues el burrito sí conocía el camino, aun con los ojos cerrados. Pero el hombre desconfiando de la pericia del burrito, decidió apearse (bajarse) y buscar la ruta por su propia cuenta. Así lo hizo. Se apeó del burrito y en cuanto empezó a dar unos pasos, cayó al barranco. El burrito permaneció quieto a orillas del camino, rebuznando de vez en cuando para alentar a su amo.

Cuando pasó la tormenta, y ya empezaba a verse los primeros rayos del día, otro hombre que pasaba por ese camino, empapado también por la lluvia, permanecía montado en su burro. De pronto se dio cuenta que el burrito de su amigo estaba solo, parado a orillas del barranco. Este hombre se detuvo y gritó: _ Amigo ¿dónde estás?

El hombre le contestó: Aquí, abajo. ¿Todavía está mi burro ahí? Preguntó.

El otro hombre le dijo que sí. Y le preguntó: _ ¿cómo fue que te caíste?

_Yo me apeé del burro y enseguida me caí.
Le dijo el hombre.

_ Fue el peor error que cometiste, pues el burro conoce muy bien el camino y el destino. Él te hubiera llevado a tu casa sano y salvo.

Muchas veces como cristianos, estamos en el camino de la fe, confiados que lo conocemos muy bien. Pero de pronto se desata una tormenta y decidimos conducir nuestro destino con nuestras propias fuerzas. Nos apeamos de Jesús y en menos de lo que nos imaginamos, caemos al barranco.

Recuerda que aunque la tormenta arrecie, tú debes permanecer en Cristo, pues Él te llevará sano y salvo a tu destino. Jesús dijo: “Yo soy el camino, la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.” (Juan 14: 6).

En nuestro caminar no estamos exento de tormentas, pero si permanecemos en Cristo, llegaremos a nuestro destino sano y salvo. Jesús dijo: “En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo.” (Juan 16: 33).

La Palabra de Jesús es la misma: “Confiad”. ¿Estás dispuesto a confiar? No te apees de Él. Sigue adelante, Jesús te sostiene, te fortalece, te libra del mal, pelea por ti. Él te dice: “He aquí, yo estoy contigo, y te guardaré por donde quiera que fueres, y volveré a traerte a esta tierra; porque no te dejaré hasta que haya hecho lo que te he dicho.” (Génesis 28:15.)