martes, 2 de diciembre de 2008

ENFOCÁNDONOS EN JESÚS


ENFOCÁNDONOS EN JESÚS

“Fijemos la mirada en Jesús, el iniciador y perfeccionador de nuestra fe, quien por el gozo que le esperaba, soportó la cruz, menospreciando la vergüenza que ella significaba, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios”. (Hebreos 12:2 NBLH)

Hay muchas cosas en este mundo que distraen nuestra vista y en cualquier momento podemos desviar nuestra mirada de Jesús. No estoy hablando sólo de las cosas que vemos, las tangibles; o de lo que oímos, sino también de aquellas cosas que están ocultas dentro de nosotros y que nadie las ve, excepto Dios, pero que son las más peligrosas y nos desenfocan de nuestro objetivo que es Cristo Jesús. Necesitamos mantenernos en fe todo el tiempo.

"Por tanto, también nosotros, que estamos rodeados de una multitud tan grande de testigos, despojémonos del lastre que nos estorba, en especial del pecado que nos asedia (acorrala), y corramos con perseverancia la carrera que tenemos por delante." (Hebreos 12: 1). El capítulo 12 está precedido por el 11 y éste nos habla de los héroes de la fe y concluye así: "Aunque todos obtuvieron un testimonio favorable mediante la fe, ninguno de ellos vio el cumplimiento de la promesa. Esto sucedió para que ellos no llegaran a la meta sin nosotros, pues Dios nos había preparado algo mejor." (Hebreos 11:39,40). Después, en el 12:1, nos habla que estamos rodeados de testigos, quiere decir que hay ojos que no son naturales que nos están mirando. Cierra un rato tus ojos y así cerrados, observa a tu alrededor; quizá no has percibido nada, pero hay una cosa muy cierta y es que estamos rodeados de ojos expectantes en nuestra carrera y nos dicen como Pablo, parafraseando Hebreos 12: 1y adaptándolo a nuestra época: _ Quita el peso de tu mochila. Arroja todo estorbo de sobre ti. No te desalientes, ya vas a llegar. ¡Corre! Mira sólo a Jesús. Confía en Él, mantén tu fe centrada en Jesús el Vencedor.

Nuestra vida de la fe es una carrera hacia Jesús, pero no sin obstáculos. ¿Dónde están esos obstáculos? Dentro de cada uno de nosotros. Por eso Pablo dice: “Despojémonos”, quiere decir que debemos arrancar todo estorbo en nosotros que nos impide llegar a la meta y que nubla nuestra visión o enfoque, para saber hacia dónde debemos correr. Especialmente tenemos que despojarnos del pecado. El pecado no está fuera de nosotros. Recuerda lo que dijo Jesús: Ustedes han oído que se dijo: No cometas adulterio. Pero yo les digo que cualquiera que mira a una mujer y la codicia ya ha cometido adulterio con ella en el corazón. (Mateo 5: 27,28). ¿Qué quiso decir Jesús? Sencillamente que el pecado no está en el agente externo, sino en el interior de cada persona. Si en el corazón de la persona no hay la propensión (debilidad) al adulterio, entonces no le va a afectar mirar a la persona del sexo opuesto. Cada uno de nosotros sabemos cuáles son nuestras debilidades y si no las conocemos, pidamos que la luz de Dios las manifieste. El diablo también conoce nuestras debilidades y sabe dónde atacar; por eso pongamos mayor atención, no en nuestra debilidad, sino en la fortaleza de Aquel que nos sacó de las tinieblas a Su luz admirable. Arranquemos todo lastre de nosotros, como hace el águila, que se despoja de sus plumas que le estorban para volar. Ella golpea su pico en la roca hasta que éste cae y crece otro nuevo; arranca sus garras que le estorban para desgarrar. Para que el águila siga viviendo tiene que arrancar todo lo que le estorba y pasar por un proceso de renovación cada cierto tiempo. Nosotros debemos hacer lo mismo, cada cierto tiempo, cunado sintamos que hay estorbo entre nosotros y Dios, arranquemos todo estorbo y renovémonos en la Roca firme que es Cristo. Somos águila y si queremos volar alto y entrar en las alturas de Dios, debemos empezar a arrancar todo estorbo.

Nos preguntamos: _ ¿Cómo nos vamos a despojar de aquello que nos acorrala? Estar acorralados es prácticamente estar sin salida. Así es en lo natural, pero nuestra vida en Jesús no es una vida natural, es sobrenatural. Cuando nos encontremos en una situación de acorralamiento, lo único que debemos hacer es dejar de mirar lo que nos rodea y contemplar a Cristo, clamando a Él por fortaleza. EL rey David tenía muchos enemigos naturales, aunque detrás de ellos estaban los verdaderos enemigos que eran espirituales; pero si lees los salmos puedes ver cómo David se fortalecía en el Señor. Él exponía su causa delante de Dios y luego declaraba quién era Su Dios. No se quedaba lamentando. No miraba a la fuerza enemiga, miraba al Todopoderoso, al brazo fuerte de Dios. Como ejemplo podemos leer el Salmo 3 y declarar como David quién es nuestro Dios. ¿Acaso le asustaban las hordas del enemigo? Todas ellas eran y son como nada delante del Todopoderso Dios; así que si Cristo está en nosotros, ¿qué puede asustarnos?

Dios y todos los santos están poniendo su mirada en nosotros y anhelan que nos mantengamos firmes en nuestra fe sin desmayar en el camino. “Hermanos, yo mismo no considero haberlo ya alcanzado. Pero una cosa hago: olvidando lo que queda atrás y extendiéndome a lo que está delante, prosigo hacia la meta para obtener el premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús.” (Filipenses 3: 13,14). El premio Mayor es Cristo Jesús. Esto no quiere decir que Pablo no estaba en Cristo, sino que todavía le faltaba mucho para conocerlo tal como Jesús debe ser conocido, por eso el apóstol dice que estima todo como pérdida “en vista del incomparable valor de conocer a Cristo” (3:8). Nada de lo que el mundo nos ofrece tiene tanto valor como para quitar nuestra mirada de Jesús, nuestro Señor; por tanto, no miremos atrás, ni a las glorias pasadas, ni a los fracasos. Cristo tiene que ser nuestro enfoque, nuestra antorcha y faro que guíe nuestros pasos. En todo momento Cristo siempre debe ser el primero. Nada de lo que hagamos debe ser en nuestras fuerzas, sino en las de Él. Guardemos nuestro corazón para que no se desvíe de Jesús ni por un momento. Las 24 horas del día nuestros pensamientos deben estar centrados en Él; nuestro amor debe ser para Él, y a través de Él amar a los demás. Guardemos Su Palabra en nuestro corazón y meditemos en Ella todo el tiempo. Cuanto más de Cristo haya en nosotros, menos de nuestro “YO”, del mundo y del pecado estará en nosotros. Por tanto tomemos la decisión de guardarnos santos y sin mancha delante de Él y quitemos todo estorbo que nos impide llegar a tener intimidad con Jesús y así poder conocerlo cada día más. Pidamos al Espíritu Santo que nos revele a Cristo y digámosle a nuestro Amado: Jesucristo, yo quiero conocerte.