jueves, 11 de diciembre de 2008

PERDÓN Y FE

PERDÓN Y FE

"Y a [sus] discípulos dice: Imposible es que no vengan escándalos; mas ¡ay de aquel por quien vienen! Mejor le fuera, si una muela (piedra grande) [de un molino] de asno le fuera puesta al cuello, y le lanzasen en el mar, que escandalizar a uno de estos pequeñitos. Mirad por vosotros (se trata de ustedes, no del otro); si pecare contra ti tu hermano, repréndele; y si se arrepintiere, perdónale. Y si siete veces al día pecare contra ti, y siete veces al día se volviere a ti, diciendo, me arrepiento; tú le perdonarás. Y dijeron los apóstoles al Señor: Auméntanos la fe. Entonces el Señor dijo: Si tuvieseis fe como un grano de mostaza, diréis a este sicómoro: Desarráigate, y plántate en el mar; y os obedecerá." (Lucas 17:1-6 RV2000)

Qué difícil es perdonar. Realmente se necesita mucha fe para hacerlo, eso pensaron los discípulos; pero cuando ellos pidieron a Jesús que les aumentara la fe para poder perdonar, Él sencillamente les dijo: Si han recibido la semilla de fe, que no tiene que ser la más grande, sino más bien, tan grande como una semillita de mostaza, que puede contener todo el código genético de la planta, entonces ustedes podrán hacer hasta lo imposible. Parece imposible perdonar a quien nos está pinchando todo el tiempo y después con su misma cara de palo viene a nosotros a pedirnos perdón, o como si nada hubiera pasado nos sigue hablando de la forma más natural. Esto nos desconcierta y nos enfurece, pero el perdón puede desarraigar ese estorbo y arrojarlo al mar. ¿Vivirá una planta terrestre en el salado mar? Por supuesto que no. Entonces nuestro problema queda resuelto si tenemos fe para perdonar. Recordemos que el estorbo no es la persona, sino nuestra actitud hacia ella. El sicómoro que debemos desarraigar es nuestra actitud, es el resentimiento que se va gestando dentro de nosotros. Pero ¿cómo? Perdonando para no ser causa de escándalo a los más débiles. Si tenemos la capacidad de generar perdón en nosotros para que cuando llegue el momento lo usemos, entonces brotará el perdón en cuanto sintamos el pinchazo; y en este caso el perdón es como una anestesia, que aplacará el dolor de la punzada y no permitirá que la semilla del resentimiento penetre en nosotros y se desarrolle. Cuando la semilla de fe para perdonar es sembrada en nosotros, porque decidimos creerle a Jesús y obedecerle; entonces se produce en nuestro interior una planta llamada “perdón”, que produce frutos con el mismo nombre. Esta planta tiene la capacidad de sanar nuestro terreno y fortalecer nuestra intimidad con Dios.

Casi siempre hemos culpado a la actitud de la otra persona como causa de nuestro resentimiento y falta de perdón, pero ahora el Señor nos muestra que el problema está en nuestro corazón, por lo tanto examinemos lo que hay dentro de nosotros. Lo único que tenemos que hacer con respecto a la persona que nos ofende es perdonarla; esto no significa que estamos de acuerdo con lo que ella hace, ni que no nos haya afectado lo que hizo; sino que decidimos creerle a Dios y obedecerle para perdonar y no almacenar rencor en nosotros; esto lo hacemos por nuestro bien, así como por el bien de la otra persona, de ese modo nos liberamos de la opresión y de nuestra consecuente destrucción. Cuando perdonamos liberamos aquella energía que nos consume y arrojamos de nosotros el rencor que corroe nuestra alma. ¿Por qué vamos a avivar la llama del resentimiento para seguir quemándonos? Cuando la ofensa produce en nosotros una llaga, no vamos a buscar un soplete para que esa flama consuma la llaga; esto sería muy tonto de nuestra parte, pues ahondaría más la herida. Lo que debemos hacer es colocarle el bálsamo del perdón y poco a poco la llaga se va curando, hasta que sólo queda una cicatriz que la seguimos friccionando con aceite (símbolo del Espíritu Santo) hasta que la piel se recupere, en algunos casos completamente y en otros quedará todavía una señal del daño, pero ya no causará dolor. En ciertas ocasiones necesitaremos mayor tiempo para curar determinadas heridas o pérdidas que hayamos podido tener en el transcurso de nuestra vida. Quizá busquemos una serie de pretextos para no perdonar; a veces uno de estos pretextos es esperar que quien nos haya ofendido, se arrepienta primero para poderlo perdonar; pero debemos darnos cuenta que esa espera nos consume cada día que pasa y destruye la paz y la felicidad que necesitamos; además obstruye nuestra comunión con Dios.

Quiero que entendamos algo: La fe no es un sentimiento, aunque se siente muchas veces. Fe y razón no son compatibles, aunque la razón debe admitirla. La fe es una sustancia espiritual, es la naturaleza de Dios, proviene de Dios; y esa fe de Dios nos es dada en el momento que hemos recibido a Jesús en nuestro corazón. Lo que tenemos que hacer es activarla con la Palabra de Dios. "Así que la fe viene como resultado de oír el mensaje, y el mensaje que se oye es la palabra de Cristo." (Romanos 10: 17). Debemos regarla cada día hasta que crezca y se desarrolle. En la semilla de la fe está la naturaleza de Dios para que realicemos hasta lo imposible, pero porque es de Dios no actúa racional ni sentimentalmente, sino espiritualmente.

El perdonar es un acto de fe que nos permite ver al ofensor transformado aun cuando siga ofendiéndonos. Entonces no perdonamos porque sentimos hacerlo o porque nuestra razón nos da razones para ello, sino porque le hemos creído a Jesús y estamos dispuestos a obedecerle para nuestro bien. Si somos inteligentes vamos a perdonar, porque nadie va a querer dañar su cuerpo, alma y espíritu almacenado resentimiento. Entonces de nuestro espíritu hacemos brotar fe para el perdón. El perdón nos da autoridad para frenar el daño y solicitar la protección divina. Perdonar no significa permitir que abusen de nosotros, tampoco nos da vía libre para juzgar al ofensor. Perdonar es no dejar que los gérmenes de la ofensa incuben en nuestro corazón. Con el perdón cuidamos nuestro pellejo, más que el ajeno. Perdonar también es un acto de amor, no sólo hacia el ofensor, sino más hacia nosotros mismos. Cuando seamos capaces de amarnos como para no permitir que algo nos dañe, vamos a poder amar al prójimo como nos amamos a nosotros mismos, y estaremos tan resueltos a perdonar, que aun antes que llegue la ofensa, ya hemos vertido el bálsamo del perdón sobre el ofensor y lo hemos derramado también sobre nuestro corazón; entonces nuestra alma no se llenará de heridas y vamos a estar sanos, satisfechos, felices, en paz, rebosando de gozo y amando aun cuando no seamos amados. El perdón es uno de los dones más maravillosos de Dios y que está al alcance de toda persona que quiera recibirlo. Decide creerle al Espíritu Santo y recibe este don. Perdona y serás inmensamente feliz.