lunes, 6 de abril de 2009

LA VICTORIA EN LA CRUZ

LA VICTORIA EN LA CRUZ

"Sabemos que nuestro viejo yo fue muerto en la estaca de ejecución con El, para que el cuerpo entero de nuestra propensión pecaminosa pudiera ser destruido, y a fin de no ser esclavizados más por el pecado." (Romanos 6: 6 TKIM-DE)
Es en la cruz donde se muere para resucitar en victoria; sin la experiencia de la muerte en cruz no podremos vivir en victoria. Nuestra mayor batalla no es con el diablo o los demonios, sino con nuestra propia “carne”, con nuestra vieja naturaleza acostumbrada a pecar y a satisfacerse para su propia destrucción. Muchas veces cuando no podemos controlar la ira o el resentimiento, o los celos, o la mentira, etc., tendemos a querer expulsar a los demonios que nos impulsan a pecar, cuando en realidad es nuestra propia concupiscencia arraigada en nuestra carne que nos pide con angurria satisfacer su apetito, que nos llevará a la destrucción. La carne (nuestra alma y nuestro cuerpo atados a la vieja naturaleza de pecado) se auto destruye, tiene una naturaleza suicida y quienes le hacen caso van rumbo a la muerte. “La mentalidad pecaminosa es muerte, mientras que la mentalidad que proviene del Espíritu es vida y paz.” (Romanos 8: 6 NVI).

Fue en la cruz del Calvario que se ganó la mayor de las victorias, que puso al alcance de toda la humanidad la capacidad de conseguir el perdón de todos los pecados y darnos acceso a la vida eterna al lado de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, quien habiendo derrotado el poder del diablo nos abrió la vía al cielo sin que esto nos cueste un solo centavo, pues Él ya pagó el precio por nuestra salvación, precio que sólo se podía pagar con sangre. Fue en la cruz que Jesús vertió Su preciosa sangre para librarnos de una vez por todas de las ataduras del diablo, con que nos tenía presos y nos empujaba al infierno. Fue en la cruz que Jesucristo puso en vergüenza a nuestro archienemigo Satanás y lo exhibió frente a todos quienes se agolparon ante la cruz para ver cuándo Jesús claudicaba de Su misión, pero habiendo vencido, aplastó la cabeza de la serpiente, que es el diablo, delante de todas las huestes celestiales y marchó en su desfile triunfal hasta el mismo infierno para quitarle el poder con que nos tenía atados, quitó al diablo las llaves de la muerte y ascendiendo al Padre en los cielos llevó cautiva la cautividad, para que todo aquel que le reciba (a Jesucristo) como Su Señor y Salvador, tenga vida eterna y sea librado del poder del pecado y de la muerte.

Fue en la cruz que Jesús hizo un trueque: Su vida por nuestra vida, para que todo aquel que le reciba, tenga vida eterna. Nada, ni nadie puede darnos la salvación, sólo Jesucristo, porque Él venció a Satanás quien nos mantenía esclavos del pecado con sus mentiras y engaños. Sólo Jesucristo tiene ese mérito porque habiendo vivido en un cuerpo de carne, jamás cometió pecado alguno, sino que se mantuvo puro y sin mancha hasta el final, para que tú y yo seamos libres de toda esclavitud del pecado y de la carne (naturaleza pecaminosa). Así que una vez que le recibimos como nuestro Señor y Salvador por Su gracia salvadora, podemos, por esa misma gracia recibir fortaleza para romper con todo lo que nos ata a la vieja naturaleza. El diablo va a decirnos que debemos hacer penitencia o cualquier otra cosa, pero eso sólo agravaría nuestra situación, pues ya no necesitamos utilizar nuestra fuerza carnal para lograr algo que sólo la Gracia de Dios puede darnos. "No será por la fuerza ni por ningún poder, sino por mi Espíritu dice el Señor Todopoderoso.” (Zacarías 4: 6b NVI).

Fue en la cruz del Calvario que Cristo sujetó Su carne voluntariamente, para que nosotros pudiéramos ser libres. “El Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad. Por tanto, nosotros todos, mirando con el rostro descubierto y reflejando como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en su misma imagen, por la acción del Espíritu del Señor.” (2ª Corintios 3: 16- 17 RV 95). Somos libres en Cristo, porque él rompió el velo que nos impedía ver a Dios y nos dio acceso hasta la misma presencia del Dios Todopoderoso. “Así que, hermanos, tenemos libertad para entrar en el Lugar santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne.” (Hebreos 10: 19-20). Una vez rotas las prisiones de la cruz que sostuvieron por unas horas a nuestro Amado Salvador, nos dieron a nosotros el poder en Cristo de romper también todo aquello que nos ata al pecado, porque fue en la cruz que Él cargó con todos nuestros pecados y allí deben quedarse, ya no tenemos por qué cargarlos de nuevo. Cristo nos ha hecho libres de toda atadura del diablo, de la carne y del mundo para que vivamos santa y piadosamente en Él, libres de toda contaminación y mancha del pecado.

La victoria en la cruz es también nuestra victoria porque hemos muerto a todo lo que nos llevaba a la muerte y hemos resucitado con Cristo para vivir una nueva vida en santidad y pureza. El pecado no tiene potestad en nosotros porque ya hemos muerto al pecado con sus deseos. “En efecto, si hemos estado unidos con él en su muerte, sin duda también estaremos unidos con él en su resurrección. Sabemos que lo que antes éramos fue crucificado con él para que nuestro cuerpo pecaminoso perdiera su poder, de modo que ya no siguiéramos siendo esclavos del pecado; porque el que muere queda liberado del pecado.” (Romanos 6: 5-7NVI) Por tanto celebra tu libertad en Cristo y no dejes que el diablo te siga engañando. Tú también ya has muerto con Cristo porque allí fue crucificada tu vieja naturaleza, ahora no tiene poder sobre ti, si es que tú no le das permiso. Cierra todo vínculo con el pecado de la carne y vive la victoria de tu resurrección con Cristo, “pues ustedes han muerto y su vida está escondida con Cristo en Dios.” (Colosenses 3: 3 NVI ) "Dios les dio nueva vida, pues los resucitó juntamente con Cristo. Por eso, dediquen toda su vida a hacer lo que a Dios le agrada. Piensen en las cosas del cielo, donde Cristo gobierna a la derecha de Dios. No piensen en las cosas de este mundo."(Colosenses 3:1BLS)