miércoles, 1 de abril de 2009

NO TE VUELVAS UN “SANTO AMARGADO”



YA ERES UN PECADOR SALVADO, AHORA NO TE VUELVAS UN “SANTO AMARGADO”
Cuando recibimos a Cristo como nuestro Señor y Salvador, inmediatamente recibimos la salvación por gracia, pero por desgracia nos damos cuenta que no sabemos caminar en esta vida nueva, entonces nos esforzamos por hacer la voluntad de Dios y ser mejores en nuestras propias fuerzas, pero muy pronto nos damos cuenta que no funciona y nos frustramos. Los traumas del pasado todavía están ahí con todo el resentimiento, amargura, etc. Entonces empezamos a condenarnos porque sabemos que nuestra vida no debe seguir así ya que esto ofende a Dios. El apóstol Pablo pasó por una situación similar a la de todos los hijos de Dios. Llegamos a esta conclusión por sus palabras: “No entiendo lo que me pasa, pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco.” (Romanos 7: 15). Pablo sabía que había sido justificado por fe en Cristo, pero se evidencia que todavía él no estaba andando en el Espíritu, llegando a descubrir que su carne estaba atada al pecado y a lo malo y que su viejo hombre todavía tenía control en su vida inclusive en lo bueno que él hacía. Entonces Pablo tuvo una maravillosa revelación que lo puso en la vía correcta: La revelación de una ley superior, “la ley del Espíritu de vida” nos ha librado de “la ley del pecado y de la muerte”. (Romanos 8: 1-2)

Para entender mejor esto, veremos la ley del matrimonio. A pesar de ser una ley divina irrevocable, el hombre se ha ingeniado para introducir otra ley que invalida el matrimonio y es la ley del divorcio. Adán estaba unido a Dios, pero el pecado por su desobediencia lo separó (divorció) de Dios, haciendo que toda su descendencia esté separada de Dios; pero Cristo vino a rescatarnos nuevamente para unirnos a Él, como al principio; de tal forma que cuando nos volvemos a Jesucristo, dejamos de pertenecerle al diablo; sin embargo él no quiere soltarnos y no sólo él, sino nuestra propia naturaleza acostumbrada a vivir independiente de Dios. Ante esta realidad, ¿qué debemos hacer? Sabemos que el poder del pecado ya ha sido clavado en la cruz del Calvario cuando Cristo llevaba nuestros pecados en Su cuerpo, pero todavía sentimos que estamos sometidos al pecado. Sabemos que lo que antes éramos fue crucificado con él para que nuestro cuerpo pecaminoso perdiera su poder, de modo que ya no siguiéramos siendo esclavos del pecado; porque el que muere queda liberado del pecado. (Romanos 6: 6, 7) Si sabemos en el espíritu que nuestra vieja naturaleza ha sido ya crucificada, lo único que nos queda es apropiarnos por fe simplemente de esta realidad, así como nos hemos apropiado de la salvación. Toda la vida del hijo de Dios se mueve en torno a esto: "Mas el justo vivirá por la fe; mas el que se retirare, no agradará a mi alma." (Hebreos 10: 38 RV2000). En nuestra nueva vida todo lo vamos a recibir por fe; y si es por fe, es entonces por gracia, de modo que todo esfuerzo en la carne por tratar de ser mejores, no sólo traerá frustración a nuestras vidas, sino que no agrada a Dios. Fue tan sencillo recibir la salvación, ¿por qué nos vamos a complicar para recibir todo lo demás que la salvación trae consigo? Dios no hace nada complicado, somos nosotros los que complicamos las cosas. Todas las promesas de Dios las vamos a recibir simplemente por fe, por lo tanto, deja que tu fe se desarrolle en ti para que no se amargue tu alma tratando de resolver aquello que sólo por fe es factible.

Nuestra naturaleza humana no puede alcanzar las promesas de Dios y cambiar lo malo en nosotros, es sólo la naturaleza de Cristo implantada en nuestro espíritu que nos va a cambiar, por lo tanto apropiémonos de la Gracia Salvadora de Jesucristo cada día para que vivamos en victoria. Entreguemos cada día a Cristo esas áreas defectuosas de nuestro ser y decidamos voluntariamente mantener a la vieja naturaleza clavada en la cruz. El Espíritu Santo que ahora vive en nosotros va a respaldar nuestra decisión y nos va a ayudar en nuestras debilidades. La decisión de pecar o no pecar está en nosotros solamente, ahí entra en juego la voluntad y cada uno decide a quien le va a entregar su voluntad, porque ésta no ha sido creada para vivir independiente, a pesar que tenemos libre albedrío, pero sólo tenemos dos opciones o hacemos lo correcto o hacemos lo incorrecto. Lo más inteligente, ahora que somos hijo de Dios es clamar por un auxilio sobrenatural ante cualquier circunstancia, porque no queremos pecar y ofender a Dios. La alabanza y adoración a nuestro Dios calmará a nuestra alma, porque es ahí donde se arma el conflicto. Calmada nuestra alma, vamos a poder escuchar al Espíritu Santo hablándonos a través de nuestro espíritu y en el sosiego vamos a poder pensar los pensamientos de Cristo, entonces el fruto del Espíritu empezará a desarrollarse en nosotros y haremos lo correcto viviendo en santidad, permitiendo que Cristo viva Su vida a través de nosotros.

La vida rendida a Cristo no invalida nuestro “YO”, sino que lo fortalece, no para seguir atados a la vieja naturaleza, sino para vivir la vida abundante que Cristo nos ofrece, libre de las ataduras al pecado, si hacemos lo que Pablo hizo en Gálatas 2: 20 “He sido crucificado con Cristo, y ya no vivo yo sino que Cristo vive en mí. Lo que ahora vivo en el cuerpo, lo vivo por la fe en el Hijo de Dios, quien me amó y dio su vida por mí.” Entonces ya no es nuestro esfuerzo humano que vive la vida en el Espíritu, sino El Cristo que vive en mí me fortalece con Su Gracia para vivir la vida de la fe. De este modo llegamos a ser manifestadores de la vida de Cristo; porque de otra forma vamos a ser pecadores salvados, pero viviendo como santos amargados.