viernes, 24 de octubre de 2008

EL FUEGO DE DIOS


EL FUEGO DE DIOS

“Por lo tanto, hermanos, tomando en cuenta la misericordia de Dios, les ruego que cada uno de ustedes, en adoración espiritual, ofrezca su cuerpo como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios. No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente. Así podrán comprobar cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta.” (Romanos 12: 1,2)
Es en el altar donde brota la adoración. El fuego de Dios tiene que arder en nuestro corazón y encender la llama de la adoración. Sólo el fuego de Dios, no otro fuego; Dios no acepta fuego extraño. El fuego de Dios tiene que quemar nuestra carne (carnalidad) en el altar, sin destruir nuestro ser. El humo de la carne quemada es grato a Dios. Tiene que haber sacrificio. Nuestro “YO” debe morir en el altar para que Su gloria sea manifiesta. Cuando el fuego de Dios consume nuestra gloria, la luz de Su presencia invade el altar y el humo sube a Él como olor grato, digno de ser recibido. Es en el altar del sacrificio que se queman todas las ataduras, es allí donde resucitamos a una nueva vida. Quizá estoy tocando un punto que no fue tocado antes. Pensaste por mucho tiempo que la adoración era saltar, bailar, gozarse, llorar y sentirte mareado; puede involucrar todo eso, pero sin renuncia, no hay adoración. Se requiere morir, morir al YO. Sólo los que llevan al altar su EGO, adoran. Es en el altar que se adora. Cuando tú dejas de ser y Cristo te invade totalmente, entonces brota la adoración, lo demás es cuento. Cristo fue un adorador, porque en el cielo se adora constantemente, se vive en adoración, no hay otra forma. En el cielo los ojos están atentos sólo al que está sentado en el Trono y al Cordero que fue inmolado, no hay cabida para el “EGO”.

Jesús lo llena todo y en todos, Su llenura no permite que quepa algo que no sea Él. Procura diligentemente estar lleno de Su Presencia todo el tiempo, pídele que te llene de Su Espíritu, para que se vea en ti Su Presencia, no puedes ser luz y ocultarla, debes brillar, para eso tienes la luz. Deja que Él viva Su vida en ti, eso es reposar en Él. Cuando tú reposas en Él, no significa que todos los problemas se acaban, es al contrario, recién empiezan. Jesús lo dijo: “En el mundo tendrán aflicción; pero confíen, Yo he vencido al mundo.” (Juan 16: 33). El que está en el reposo de Dios, aun en medio de los problemas adora, porque sabe quién tiene el control de todo. La llenura de Dios es como un fuego que quema todo impedimento para poder adorarlo; no estoy hablando de dones, porque puedes ser usado por Dios sin realmente estar lleno de Su Presencia, tenemos el clásico ejemplo de los corintios. La llenura del Espíritu sólo se obtiene en el altar. El altar es sinónimo de muerte. Mientras estés vivo para ti, no podrás estarlo para el Señor. El reino de Dios debe ser lo primero en tu vida, es lo único que debes esforzarte por buscar (el reino de Dios es Cristo). Si primero buscas Su reino y no el tuyo, Dios se encargará de lo demás en tu vida. Si dejas que realmente el Espíritu Santo tome control de tu vida, debes entregarle cada área de tu ser. Que el fuego de Dios consuma las amarras que te impiden llegar a Él.

“Nadab y Abiú, hijos de Aarón, tomaron cada uno su incensario, y pusieron en ellos fuego, sobre el cual pusieron incienso, y ofrecieron delante de Jehová fuego extraño, que él nunca les mandó. Y salió fuego de delante de Jehová y los quemó, y murieron delante de Jehová.” (Levítico 10: 1,2). Estos dos varones fueron consagrados a Dios (Éxodo 29), tenían la unción santa de Dios, estaban apartados para una misión, era la de mantener el fuego del altar ardiendo todo el tiempo con el fuego ordenado por Dios, pero ellos tomaron en poco la santidad de Dios y se acercaron con un fuego extraño. Lo que no procede de Dios es extraño para ÉL. Cuando nosotros nos acercamos a Él debemos hacerlo a Su manera, porque sino, lo que estamos ofreciendo es fuego extraño; si bien ahora no vamos a morir físicamente, pero nuestro espíritu se seca porque apagamos al Espíritu Santo con nuestra desobediencia. “Dios está buscando adoradores que le adoren en espíritu y en verdad”, que busquen y anhelen Su Presencia solamente, que tengan hambre y sed de Dios. No se trata de motivar el alma, porque no se adora con el alma, es con el espíritu, porque Dios es Espíritu y si queremos adorarle tiene que ser en espíritu, es decir, nuestro espíritu en perfecta alineación con el Espíritu Santo, buscando solamente el rostro de Dios.

Que ninguna gloria sea vista, sino sólo Su gloria, porque si pretendemos buscar nuestra gloria, el fuego de Dios vendrá a nosotros como juicio; pero si buscamos sólo Su gloria, el Fuego de Dios consumirá lo que queda de carne en nosotros y elevará nuestro espíritu hacia Él. Nosotros tenemos la unción del Santo (1ª Juan 2: 20,27) y al igual que Nadab y Abiú somos llamados a ministrar en el Tabernáculo de Dios y llamados a mantener vivo el Fuego de Dios, por lo tanto necesitamos estar en santidad, vivir en justicia y tomar del fuego de Dios que ya ha sido encendido en nosotros para avivarlo en la mañana y en la noche, para que se mantenga ardiendo en nuestros corazones; eso sólo es posible a través de la adoración. La adoración es entrega, es renuncia, es muerte. A Dios sea la gloria, porque sólo el Dios Trino es merecedor de toda adoración.