sábado, 18 de octubre de 2008

UN ALTAR DE ADORACIÓN


HAZ DE CADA PROBLEMA UN ALTAR DE ADORACIÓN A DIOS

El monte Moriah, donde Abraham fue a sacrificar a su Isaac por orden de Dios, pudo haber sido un problema demasiado grande para soportarlo, pero él decidió levantar un altar y colocar en él, lo más preciado que tenía, para que nada se interponga entre él y Dios. “Esperad aquí con el asno, y yo y el muchacho iremos hasta allí y adoraremos y volveremos a vosotros.” (Génesis 22: 5). Abraham sabía que no iba a volver solo, porque es en la adoración que Dios extiende Su mano y hace oír Su voz y da vida a lo que está muerto. Cuando nos deshacemos de lo que estorba nuestro encuentro con Dios, Él mismo se encarga de devolvérnoslo porque ya ha dejado de ser un impedimento y nos lo devuelve restaurado como hizo con Isaac. Después de ese episodio, estoy segura que Isaac nunca más fue el mismo y Abraham colocó las cosas en su debido lugar.

La cárcel de Filipos donde fueron echados Pablo y Silas después de ser azotados, no resultó en un problema para ellos porque decidieron levantar un altar de adoración en medio de la adversidad. ¿Y qué sucedió? “…de repente sobrevino un gran terremoto, de tal manera que los cimientos de la cárcel se sacudían; y al instante se abrieron todas las puertas, y las cadenas de todos los presos se soltaron.” (Hechos 16: 26). No hay cárcel que pueda quedar cerrada cuando se adora; no hay cepo que pueda inmovilizar los pies y las manos de un adorador y no hay cadena que pueda seguir aprisionando a nadie que se encuentre cerca de un adorador. Ningún dormilón puede seguir durmiendo cuando el efecto de la adoración conmueve la prisión que está bajo su custodia. Cuando despierta a la realidad, no puede menos que rendirse y preguntar qué puede hacer para ser salvo. Sólo la adoración hace estremecer los cimientos, abrir los cerrojos de hierro, soltar las cadenas y hacer caer rendido al verdugo.

La isla de Patmos pudo haber sido un gran problema para el apóstol Juan, pero él decidió estar en el Espíritu, adorando en medio de la adversidad (Apocalipsis 1: 9,10). En medio de su adoración al Señor, él pudo recibir la revelación de quién era Jesús y recibió la orden de escribir lo que veía y darnos a conocer lo que sucedería al final de los tiempos.

Lo importante para cada hijo o hija de Dios es no hacer del problema un objeto de adoración. Recuerda que todo lo que ocupe el primer lugar en nuestras vidas, está ocupando el lugar de Dios. Cuando se piensa más en el problema que en Aquel que es Señor de todo y está sobre todo, estamos idolatrando al problema. No debemos hablar del problema, debemos retirarlo con nuestra adoración. Ninguno de los personajes mencionados se quejó o habló del problema y de seguro que eran problemas más grandes que los nuestros, ellos sólo se limitaron a adorar al que tiene la solución y el control de todo. Edifica sobre cada problema un altar a Dios y adóralo. Cuando el fuego del altar de adoración consuma tu “YO”, vendrá de vuelta tu Isaac, que por supuesto ya no ocupará el primer lugar en tu vida; verás también que tus prisiones “de repente” se abren, tus cadenas se sueltan y el verdugo se rinde a ti.

Cuando por medio de la adoración pongas tu mirada al único digno de adoración, empezarás a elevarte al lugar donde Dios ya nos elevó con Cristo (Efesios 2: 6). Desde allí buscarás el problema y no lo hallarás. Mirarás alrededor y todo estará lleno de Su gloria. Cuando vacías tu gloria en el altar, la gloria de Dios se hace visible.

Para el adorador se abren los cielos. “Pero Esteban, lleno del Espíritu Santo, puestos los ojos en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús que estaba a la diestra de Dios, y dijo: He aquí, veo los cielos abiertos, y al Hijo del Hombre que está a la diestra de Dios.” (Hechos 7: 55,56). Qué importa lo que venga después, si adorando puedo contemplar la gloria de Dios. Aunque a Esteban lo apedrearon hasta darle muerte, quedan registradas sus últimas palabras: “Señor, no les tomes en cuenta este pecado.” (Hechos 7: 60). Un adorador intercede por perdón para los que le causan daño. Las piedras que dieron muerte a este mártir le permitieron hacer un altar de adoración e intercesión. No fue un problema para él morir apedreado, más bien fue un motivo para edificar un altar a Dios con cada piedra que le lanzaban. Haz de cada problema en tu vida un altar de adoración a Dios.

¿Cuál es tu problema?
- ¿El esposo que se ha ido de la casa? No llores por él, adora a Dios.
- ¿La deuda que te acosa? No te aflijas, adora a Dios.
- ¿La enfermedad que te debilita? No te deprimas, adora a Dios.
- ¿El hijo descarriado? No desesperes, adora a Dios.
- ¿Tu trabajo? No te distraigas, adora a Dios.
- ¿Tus bienes? No los adores, adora a Dios.