jueves, 26 de marzo de 2009

NO ACAMPES EN EL DESIERTO ¡ATRAVIÉSALO!




NO ACAMPES EN EL DESIERTO ¡ATRAVIÉSALO!
El pueblo de Israel salió de Egipto bajo la poderosa mano del Señor Dios Todopoderoso. Atravesaron el mar Rojo en seco y cuando sus enemigos quisieron hacer lo mismo, fueron tragados por el mar. Ellos celebraron la victoria al otro lado del mar, porque nunca verían a sus enemigos. Al fin eran libres, ya no había peligro que sus enemigos volvieran a perseguirlos. Sólo les restaba llegar a la tierra prometida. ¡Esperen! No iba a ser tan rápido. Ellos debían estar preparados para enfrentar aquello que encontrarían a su paso. Para ello, debían demostrar que realmente creían en Aquel que los liberó de Egipto. Entonces Dios los llevó rumbo al desierto, allí atravesarían por algunas dificultades, ninguna de las cuales era un problema para Dios; sin embargo, pese a que ellos constantemente vieron y vivieron los milagros, no entendieron al Dios de los milagros, porque trataron de entenderlo a través del alma, de su limitado razonamiento, entonces cuando se tropezaban con un problema, lo primero que hacían era quejarse y volver atrás con los recuerdos de un pasado de esclavitud y anhelar nuevamente la opresión.

Si el pueblo de Israel hubiera aprendido a mirar a Dios antes que al problema, ellos hubieran llegado a su destino en poco tiempo; pero por no creer que así como Dios los sacó de Egipto con mano fuerte, también los podía sacar de cualquier otra circunstancia por muy adversa que fuera; todos los mayores que tenían capacidad de decisión, excepto dos, Josué y Caleb, murieron en el desierto, nunca llegaron a la tierra prometida. Pudieron verla de lejos, sin embargo no entraron en ella. En nuestra vida, como hijos de Dios, muchas veces sucede lo mismo, empezamos a caminar por el camino de la fe, rumbo a nuestro destino promisorio, pero no libre de obstáculos, y nos detenemos a mirar atrás, a recordar nuestros días cuando hacíamos de nuestra vida lo que nuestra naturaleza pecaminosa nos dictaba, sin darnos cuenta que cada vez que esto sucede, significa mayor tiempo de permanencia en el desierto. De este modo no podemos avanzar y empezamos a quejarnos y a decir por qué nos pasa esto o aquello, cuando la solución está en hacer callar al espíritu de queja y murmuración recordando las maravillas de Dios, declarando Su grandeza y sabiendo con certidumbre de fe que “no hay nada imposible para Dios”.

Dios hacía cada día maravillas ante los ojos de los israelitas, sin embargo ellos no fueron agradecidos, ni Le creyeron, sino que se rebelaron contra Dios y contra Sus siervos hablando palabras que después tuvieron que sufrirlas porque se les dio conforme a sus dichos.
En sus murmuraciones contra Moisés y Aarón, la comunidad decía: "¡Cómo quisiéramos haber muerto en Egipto! ¡Más nos valdría morir en este desierto! ¿Para qué nos ha traído el Señor a esta tierra? ¿Para morir atravesados por la espada, y que nuestras esposas y nuestros niños se conviertan en botín de guerra? ¿No sería mejor que volviéramos a Egipto?" (Números 14: 2,3). Entonces el Señor le dijo a Moisés: ¿Hasta cuándo esta gente me seguirá menospreciando? ¿Hasta cuándo se negarán a creer en mí, a pesar de todas las maravillas que he hecho entre ellos? (14: 11) Por tu gran amor, te suplico que perdones la maldad de este pueblo, tal como lo has venido perdonando desde que salió de Egipto. El Señor le respondió: Me pides que los perdone, y los perdono. Pero juro por mí mismo, y por mi gloria que llena toda la tierra, que aunque vieron mi gloria y las maravillas que hice en Egipto y en el desierto, ninguno de los que me desobedecieron y me pusieron a prueba repetidas veces verá jamás la tierra que, bajo juramento, prometí dar a sus padres. ¡Ninguno de los que me despreciaron la verá jamás! En cambio, a mi siervo Caleb, que ha mostrado una actitud diferente y me ha sido fiel, le daré posesión de la tierra que exploró, y su descendencia la heredará. Pero regresen mañana al desierto por la ruta del Mar Rojo, puesto que los amalecitas y los cananeos viven en el valle. El Señor les dijo a Moisés y a Aarón: ¿Hasta cuándo ha de murmurar contra mí esta perversa comunidad? Ya he escuchado cómo se quejan contra mí los israelitas. Así que diles de parte mía: Juro por mí mismo, que haré que se les cumplan sus deseos. Los cadáveres de todos ustedes quedarán tirados en este desierto. Ninguno de los censados mayores de veinte años, que murmuraron contra mí, tomará posesión de la tierra que les prometí. Sólo entrarán en ella Caleb hijo de Jefone y Josué hijo de Nun. También entrarán en la tierra los niños que ustedes dijeron que serían botín de guerra. Y serán ellos los que gocen de la tierra que ustedes rechazaron. Pero los cadáveres de todos ustedes quedarán tirados en este desierto. (14: 19 – 32 NVI)

En la vida de la fe, muchos hijos de Dios mueren sin haber gozado de todo lo que Dios dispuso para ellos porque no Le creen a Él, son mal agradecidos y quejumbrosos y constantemente están mirando atrás, a los recuerdos del pasado, por eso no avanzan y siguen dando vueltas en el desierto de la vida, siendo improductivos e ineficaces, cuando bien podían estar gozando del fruto de sus labios declarando las maravillas de Dios Todopoderoso y recogiendo la cosecha del fruto de la fe. La tierra de leche y miel está a un paso de los que le creen a Dios, pero no está exenta de gigantes. La fe del hijo de Dios debe estar puesta en Dios solamente, así él avanzará confiado, sabiendo que en Cristo siempre tendrá victoria, porque Él ya ha vencido. Por lo tanto, prosigue hacia lo que Dios tiene para ti. No mires atrás, ni le temas a los gigantes, porque más poderoso es el que está en ti, que el que está en ellos. (1ª Juan 4: 4) No acampes en el desierto. ¡Avanza! “Hermanos, no pienso que yo mismo lo haya logrado ya. Más bien, una cosa hago: olvidando lo que queda atrás y esforzándome por alcanzar lo que está delante, sigo avanzando hacia la meta para ganar el premio que Dios ofrece mediante su llamamiento celestial en Cristo Jesús. Así que, ¡escuchen los perfectos! Todos debemos tener este modo de pensar. Y si en algo piensan de forma diferente, Dios les hará ver esto también.” (Filipenses 3: 13 -15 NVI)