lunes, 3 de noviembre de 2008

EL VELO ROTO


EL VELO ROTO

Por lo tanto, ya que en Jesús, el Hijo de Dios, tenemos un gran sumo sacerdote que ha atravesado los cielos, aferrémonos a la fe que profesamos. Porque no tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que ha sido tentado en todo de la misma manera que nosotros, aunque sin pecado.Así que acerquémonos confiadamente al trono de la gracia para recibir misericordia y hallar la gracia que nos ayude en el momento que más la necesitemos.Hebreos 4: 14-16


Así que, hermanos, mediante la sangre de Jesús, tenemos plena libertad para entrar en el Lugar Santísimo, por el camino nuevo y vivo que él nos ha abierto a través de la cortina, es decir, a través de su cuerpo; y tenemos además un gran sacerdote al frente de la familia de Dios. Acerquémonos, pues, a Dios con corazón sincero y con la plena seguridad que da la fe, interiormente purificados de una conciencia culpable y exteriormente lavados con agua pura. Mantengamos firme la esperanza que profesamos, porque fiel es el que hizo la promesa. Preocupémonos los unos por los otros, a fin de estimularnos al amor y a las buenas obras. No dejemos de congregarnos, como acostumbran hacerlo algunos, sino animémonos unos a otros, y con mayor razón ahora que vemos que aquel día se acerca.Hebreos 10: 19-25

El Tabernáculo de Moisés estaba dividido en tres secciones: El atrio o patio donde todos los israelitas tenían acceso; el Lugar Santo, donde sólo los sacerdotes accedían y el Lugar Santísimo, donde sólo el Sumo sacerdote, una vez al año, en el día de la Expiación (o día de perdón) podía entrar. Una gruesa cortina separaba el Lugar Santo del Santísimo, de modo que nadie podía ver lo que había allí. Era en el Lugar Santísimo donde Dios manifestaba Su Presencia. “Y Jehová dijo a Moisés: Dí a Aarón tu hermano, que no en todo tiempo entre en el santuario detrás del velo, delante del propiciatorio que está sobre el arca, para que no muera; porque yo apareceré en la nube sobre el propiciatorio.” (Levítico 16: 2). El pueblo sólo podía ver de lejos la gloria de Dios, pero el Sumo Sacerdote era envuelto con Su Presencia. “Ningún hombre estará en el tabernáculo de reunión cuando él entre a hacer la expiación en el santuario, hasta que él salga, y haya hecho la expiación por sí, por su casa y por toda la congregación de Israel.” (Levítico 16:17).

El día de la Expiación se mataba un cordero por el pecado de todo el pueblo para que Dios no les tomara en cuenta sus ofensas hacia Él. La sangre de ese cordero era rociada en el propiciatorio, que se encontraba en el Lugar Santísimo, era la tapa del arca conocida también como el asiento de misericordia. De ese modo el pueblo de Dios quedaba libre de culpa por un año. Pero un día, el Codero de Dios se dio a sí mismo en sacrificio para expiar el pecado de todo el mundo. A la hora del sacrificio de la tarde, cuando Jesús expiraba, la gruesa cortina, que era de una sola pieza, se rasgó en dos. “Mas Jesús, dando una gran voz expiró. Entonces el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo.” (Marcos15: 37,38). La mano del Todopoderoso rompió el velo, indicando con esto, que ya no era más necesario el sacrificio de animales para cubrir el pecado, porque el Cordero inmolado desde antes de la fundación del mundo se había entregado en sacrificio vicario por todos, para que a todo aquel que acepte Su sacrificio le sean borrados sus pecados (no sólo cubiertos) y tenga libre acceso al trono de Dios, a la presencia del Altísimo.

Dios quiere manifestar Su presencia a Sus hijos, pero ya no quiere obstáculos, cortina intermedia. El velo ya ha sido roto para entrar a la Presencia de Dios, sólo tenemos que hacerlo a través de Cristo. Dios anhela que todos Sus hijos entren al Lugar Santísimo, de otra manera no hubiera sacrificado a Su Hijo Unigénito. La semilla de este Hijo Jesús produjo más hijos que somos nosotros, no para que nos quedemos en el atrio, sino para que alcancemos Su Presencia en el trono de Dios. Dios nos anhela celosamente, no quiere compartirnos con nadie y sólo en la intimidad de Su Presencia vamos a ser de Él. “¡Oh almas adúlteras! ¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios. ¿O pensáis que la Escritura dice en vano: El Espíritu que él ha hecho morar en nosotros nos anhela celosamente?” (Santiago 4: 4,5).

En esta época, cuando nos acercamos más y más al gran evento final, el retorno de nuestro Señor Jesús, Dios quiere que Su Iglesia disfrute de Su Presencia, porque sólo así vamos a estar guardados del engaño del diablo. Es importante que nos ejercitemos en la adoración, despojémonos de cualquier estorbo y acerquémonos a Él con corazón sincero. Necesitamos embarazarnos de los propósitos de Dios y sólo en la intimidad con Él es posible esto. Un encuentro con Dios, así como lo tuvo la Samaritana, nos va a infundir aliento para llamar a otros a Su Presencia; pero no queremos muchas veces comprometernos, sólo queremos un gozo momentáneo de Su visitación, pero no la posibilidad de engendrar y dar a luz Sus propósitos, porque pensamos: ¡Oh no! Eso duele. Requiere esfuerzo. Todavía no estoy capacitada.

La mujer samaritana entendió el día de Su visitación y decidió abrir su corazón para que Cristo entrara e hiciera Su morada allí. Dejó su cántaro a orillas del pozo y llamó a todos los de su ciudad para que beban de la Fuente que sacia la sed del espíritu (Juan 4:1-30); a diferencia de la sulamita que dejó pasar el momento de la visitación de Su Amado (Cantares 5: 1-6). Este es el momento de la visitación de Cristo a Su Iglesia. Él está a la puerta y quiere entrar y permanecer contigo. ¿Lo dejarás entrar o seguirás bebiendo del pozo hecho de tradiciones, costumbres y ritos de hombres? Quizá no vuelva a pasar por tu casa, por tu ciudad o por tu nación. Ábrele tu corazón ahora y déjalo permanecer contigo. Deja que Él te conozca y tú a Él. Adóralo en la intimidad del banquete que te ofrece. Apocalipsis 3:20. Adóralo en espíritu y verdad.