lunes, 24 de noviembre de 2008

REFLEJANDO LA GLORIA DE DIOS


REFLEJANDO LA GLORIA DE DIOS

¡Pero, Felipe! ¿Tanto tiempo llevo ya entre ustedes, y todavía no me conoces? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo puedes decirme: 'Muéstranos al Padre'? ¿Acaso no crees que yo estoy en el Padre, y que el Padre está en mí? Las palabras que yo les comunico, no las hablo como cosa mía, sino que es el Padre, que está en mí, el que realiza sus obras. (Juan 14:9,10 - NVI) ¿Cómo se reconoce quién vive en la persona? A través de las palabras que él o ella comunica y por las obra que hace. Lo que la gente tiene que ver en nosotros son palabras y obras que reflejen al que vive en nosotros, para que crean en Dios y teman el Nombre de Jesús. Felipe estaba viendo a un hombre, pero no estaba viendo a la Palabra hecha carne; esa Palabra es el testimonio de Dios o la misma imagen de Dios. Somos los únicos seres creados en este planeta con la capacidad de hablar, de transmitir a través de las palabras todo aquello que pensamos y esa cualidad es de Dios. Dios es lo que su carácter es, por tanto Él es lo que Su Palabra es. No podemos separar Su palabra de Su carácter o cualidad. Nosotros somos lo que hablamos; y manifestamos qué naturaleza llevamos dentro. Manifestar es mostrar; Cristo mostró al Dios en quien Él estaba y ese Dios (Padre) también estaba en Jesús. Eran Uno, estaban tan fusionados que al mirar a Jesús se miraba al Padre. La imagen de Dios se hacía patente a través de las palabras que Jesús hablaba y de sus obras.

Dios quería y quiere mostrarse a través de nosotros. Somos los únicos seres creados a Su imagen y semejanza y somos los únicos seres, cuando recibimos a Jesús, que nuestra naturaleza puede ser cambiada, ¿para qué? Para que el mundo vea la naturaleza de Dios en nosotros. Una forma de manifestar la naturaleza de Dios es a través de las palabras que hablamos. “El Hijo es el resplandor de la gloria de Dios, la fiel imagen de lo que él es, y el que sostiene todas las cosas con su palabra poderosa.” (Hebreos 1:3 - NVI) Jesús, la imagen de Dios, emite palabra y sustenta todas las cosas; es que Jesús es la Palabra. Lo invisible de Dios se hizo visible a través de La Palabra y es esta Palabra la que sustenta todo. Lo invisible de Dios en nosotros se tiene que hacer visible a través de las palabras que emitimos o formulamos. De esta forma vamos a manifestar la imagen de Dios. Nuestras palabras tienen que concordar con lo que somos, o mejor dicho con Aquel en quien estamos y con el que está en nosotros, es decir Jesucristo. Las palabras que yo les comunico, no las hablo como cosa mía, sino que es el Padre, que está en mí, el que realiza sus obras. Las palabras realizan obras a través del que vive en nosotros; de este modo nos volvemos a Su semejanza. Las palabras cumplen su propósito, por eso cuando hablemos, hagámoslo para bendecir.

Créanme cuando les digo que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí; o al menos créanme por las obras mismas. Ciertamente les aseguro que el que cree en mí las obras que yo hago también él las hará, y aun las hará mayores, porque yo vuelvo al Padre. Cualquier cosa que ustedes pidan en mi nombre, yo la haré; así será glorificado el Padre en el Hijo. Lo que pidan en mi nombre, yo lo haré.” (Juan 14: 11-13 - NVI) Parafraseando lo que dijo Jesús: Si no creen mis palabras, al menos crean por las obras que realizo, las cuales ustedes también van a poder hacer si creen en mí, y las harán mayores, porque Yo voy al Padre; así que pidan lo que quieran que Yo lo haré para que sea glorificado el Padre en el Hijo. ¡Qué promesota! No podemos dejarla pasar por alto. Debemos detenernos y tomar lo que ya se nos dio. La Palabra habló ¿y no será ejecutada? Atrapa la revelación y toma lo tuyo, no la dejes pasar. ¡Pide! Porque lo que pidas en el Nombre de Jesús, Él lo hará.

Tenemos la Palabra dentro de nosotros y también la fe de Dios, empecemos a decretar vida, a transformar situaciones para que el mundo vea Quién vive en nosotros. Lo que Cristo fue aquí en la tierra, nosotros lo hemos heredado, porque todos “nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados a su semejanza con más y más gloria por la acción del Señor, que es el Espíritu.” (2ª Corintios 3:18) Estamos para reflejar la gloria de Dios y ser transformados a Su semejanza con más y más gloria por el Espíritu del Señor. Cuando quieras ver la gloria de Dios tan sólo mírate al espejo y confiesa: Yo reflejo la gloria de Dios. Porque si tienes la naturaleza de Dios en ti, lo que debe verse en ti es la gloria de Dios. Moisés reflejaba la gloria de Dios después de haber estado en Su presencia (Éxodo 33: 35). Tú tienes la presencia de Dios en ti, entonces lo que debe reflejarse es la gloria de esa Presencia. Cuando entendamos esto, vamos a desear ardientemente vivir en Santidad para no empañar la gloria de Dios. El mundo tiene que ver a Dios a través de Sus hijos, escuchar de Dios a través de las palabras de los hijos de Dios.

Cada hijo de Dios lleva a Cristo en él, por lo cual todo lo que digamos a los hijos de Dios, lo estamos diciendo a Dios, así que cuidemos nuestras palabras para no herir a Cristo. Manifestemos la Palabra viva en nosotros porque somos lo que hablamos y si el Cristo viviente está en nosotros, es Su Vida lo que saldrá de nuestros labios, porque somos portadores de vida, manifestadores de Su luz para reflejar la gloria de Dios. El mundo tiene que ver la vida de Dios en cada uno de sus hijos y esa vida se manifiesta en el amor que nos tenemos, porque Dios es amor. Hagamos crecer la naturaleza de Dios en nosotros, haciendo crecer los frutos del Espíritu. (Gálatas 5: 22,23). Que Dios nos dé sabiduría.