lunes, 17 de noviembre de 2008

VIVIENDO LA VIDA DE DIOS EN NOSOTROS

VIVIENDO LA VIDA DE DIOS EN NOSOTROS,
UNA VIDA DE RESURRECCIÓN

Para vivir la vida de Dios en nosotros, necesitamos seguir por fe algunos pasos que la Biblia nos indica. Si no actuamos con fe, esto sería mera religiosidad que nos llevaría al fanatismo y daríamos lugar al espíritu de crítica. “Todo lo que no proviene de fe, es pecado.” (Romanos 14: 23). Lo que Jesús hizo en la cruz, no tiene precio, no podemos pagárselo con nada, fue algo incomparable, fue un verdadero acto de amor. Lo único que nos toca hacer es vivir la vida que Él ganó para nosotros. “Así que no dejen que el pecado controle su vida aquí en la tierra. No obedezcan los deseos de su naturaleza humana.” (Romanos 6:12 PDT). No hay nada que el diablo pueda hacer sin nuestro consentimiento. Por eso es importante mantenernos centrados en la Palabra de Dios para no dejar que el enemigo nos engañe con sus argucias, él sólo habla mentira porque es padre de mentiras. No debemos oírlo ni por un instante.
Pidamos a Dios entendimiento para hacer lo que Él nos manda, muriendo cada día y viviendo para Él. (Es importante leer cada texto citado y analizarlo, pidiendo a Dios que nos dé espíritu de sabiduría y revelación)

1º. Arrepintámonos de corazón y humillémonos delante de Dios confesando nuestras debilidades y pecados. (Salmo 51)
2º. Tomemos la decisión de renunciar a todo lo carnal en nosotros. A todo aquello que nos induce a pecar. (Tito 2: 11-14)
3º. Pongamos en práctica esta renuncia, haciendo morir lo terrenal en nosotros. Huyamos de todo lo que nos arrastra a pecar, (Colosenses 3: 5-7) y despojémonos de todo lo que nos lleva a la muerte (Colosenses 3: 8- 10).
4º. Vistámonos con las vestiduras de la nueva naturaleza. (Colosenses 3: 12 -14) Es importante no permanecer desnudos, sino cubiertos inmediatamente con las nuevas vestiduras. Estas vestiduras son las virtudes de Cristo.
5º. Permitamos luego, que la paz de Dios nos gobierne y seamos agradecidos. (Colosenses 3: 15). Vivamos en paz con nosotros, con Dios y con las personas. Controlemos nuestro carácter, pidiéndole al Espíritu Santo que nos ayude. De seguro que Él lo hará.
6º. Que more en abundancia la Palabra de Cristo en nosotros para ser de bendición a las personas. Leamos la Palabra de Dios y que Ella sea nuestro deleite constante. Meditemos en Ella todo el día. (Col. 3: 16)
7º. Que todo lo que hagamos sea para la gloria de Dios. Entonces, ya sea que coman, que beban, o que hagan cualquier otra cosa, háganlo todo para la gloria de Dios. (1ª Corintios 10: 31 NBLH) Sólo Cristo es merecedor de toda gloria.
8º. Ejercitémonos en la piedad (1ª Timoteo 4: 7). Vivamos una vida de excelencia moral.
9º. Perdonemos (Efesios 4: 32). No almacenemos resentimiento dentro de nosotros. Perdonemos de inmediato a quien nos ofenda.
10º. Amemos a Dios y al prójimo. (Deuteronomio 6: 4 -5; Mateo 22: 37-40; Marcos 12: 30-31). El amor a Dios es lo primero y esto nos lleva a amar al prójimo, tomando en cuenta que Dios ama a las personas que Él creó a Su imagen.

La vida de resurrección ya no piensa en la muerte, porque es una vida nueva en Cristo, cambiada y transformada de todas las ataduras del pasado que carcomen el alma y la arrastran al infierno. Una vida resucitada con Cristo ya no vive de acuerdo al sistema de este mundo, sino que va transformando su forma de pensar llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo y comprobando que la voluntad de Dios es buena, agradable y perfecta. La vida resucitada almacena perdón y no ofensas. Mantiene siempre sus aguas saludables porque el perdón las endulza, entonces el rencor y la amargura huyen porque no encuentran dónde estacionarse.

Una vida de resurrección entra al reposo de Dios porque ya no vive en obras muertas, sino que se ejercita en la piedad. Este ejercicio consiste en poner en práctica por fe los diez puntos citados, no olvidando que debemos perdonar en todo tiempo, amándonos unos a otros y amando a Dios sobre todas las cosas. Dios nos ha dado nueva vida para que vivamos en Su presencia todo el tiempo y le adoremos en espíritu y en verdad, porque la carne no puede adorar a Dios. Sólo cuando nos decidimos a morir (a lo carnal) vamos a poder resucitar y estar en la presencia de Dios viviendo en libertad.

Para vivir la vida de Dios en nosotros sólo necesitamos vivirla, es decir, dejar que Cristo actúe en nosotros. No se trata de estar echando fuera a los demonios para que nos dejen en paz, sino de hacer crecer a Cristo en nosotros. Si no hay espacio para el enemigo en nosotros, entonces él no va a poder entrar, porque estaremos llenos del Espíritu de Dios. Nuestra lucha no consiste en estar esquivando al diablo, sino solamente en someternos a Dios haciendo Su voluntad y obedeciéndole en todo, entonces el diablo huirá. Leamos el capítulo 4 de Santiago según la versión en la Biblia Lenguaje Sencillo.
¿Saben por qué hay guerras y pleitos entre ustedes? ¡Pues porque no saben dominar su egoísmo y su maldad! Son tan envidiosos que quisieran tenerlo todo, y cuando no lo pueden conseguir, son capaces hasta de pelear, matar y promover la guerra. ¡Pero ni así pueden conseguir lo que quisieran! Ustedes no tienen, porque no se lo piden a Dios. Y cuando piden, lo hacen mal, porque lo único que quieren es satisfacer sus malos deseos. Ustedes no aman a Dios ni lo obedecen. ¿Pero acaso no saben que hacerse amigo del mundo es volverse enemigo de Dios? ¡Pues así es! Si ustedes aman lo malo del mundo, se vuelven enemigos de Dios. ¿Acaso no creen lo que dice la Biblia, que «Dios nos ama mucho»? En realidad, Dios nos trata con mucho más amor, como dice la Biblia: «Dios se opone a los orgullosos, pero trata con amor a los humildes». Por eso, obedezcan a Dios. Háganle frente al diablo, y él huirá de ustedes. Háganse amigos de Dios, y él se hará amigo de ustedes.¡ Pecadores, dejen de hacer el mal! Los que quieren amar a Dios, pero también quieren pecar, deben tomar una decisión: o Dios, o el mundo de pecado. Pónganse tristes y lloren de dolor. Dejen de reír y pónganse a llorar, para que Dios vea su arrepentimiento. Sean humildes delante del Señor y él los premiará. No critiquen a los demás. Hermanos, no hablen mal de los demás. El que habla mal del otro, o lo critica, es como si estuviera criticando y hablando mal de la ley de Dios. Lo que ustedes deben hacer es obedecer la ley de Dios, no criticarla. Dios es el único juez. Él nos dio la ley, y es el único que puede decir si somos inocentes o culpables. Por eso no tenemos derecho de criticar a los demás. No sean orgullosos. Escúchenme, ustedes, los que dicen así: «Hoy o mañana iremos a la ciudad; allí nos quedaremos todo un año, y haremos buenos negocios y ganaremos mucho dinero». ¿Cómo pueden hablar así, si ni siquiera saben lo que les va a suceder mañana? Su vida es como la niebla: aparece por un poco de tiempo, y luego desaparece. Más bien deberían decir: «Si Dios quiere, viviremos y haremos esto o aquello». Sin embargo, a ustedes les gusta hablar con orgullo, como si fueran dueños del futuro, y eso es muy malo. Si ustedes saben hacer lo bueno y no lo hacen, ya están pecando.
Que Dios nos dé entendimiento para captar lo que el Espíritu nos revela en esta Palabra.