viernes, 7 de noviembre de 2008

ADORACIÓN Y HUMILDAD


ADORACIÓN Y HUMILDAD

"Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, pues yo soy apacible y humilde de corazón, y encontrarán descanso para su alma. Porque mi yugo es suave y mi carga es liviana." (Mateo 11: 28-30 NVI). Nunca debemos olvidar que nosotros no le escogimos a Él, sino, que Él nos escogió a nosotros, nos ha dado su gracia salvadora y nos llevó a la categoría de hijos, herederos de Dios y coherederos con Cristo; nos ha permitido entrar en Su pacto, nos ha dado Su nombre para que nos acerquemos al Padre. Puso Su naturaleza dentro de nosotros y una alabanza en nuestros corazones para que glorifiquemos Su nombre. “Nos escogió antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos y sin mancha delante de Él y esto por Su propia voluntad y no la nuestra, para que fuésemos alabanza de la gloria de Su gracia con la que nos hizo aceptos en el Amado.” (Efesios 1: 4-6). Si sólo entendiéramos esta parte, bastaría para prorrumpir en alabanzas y adoración a nuestro Dios. Somos hechura Suya, sumergidos en Cristo para ser como Él y sólo alcanzaremos esto cuando, cansados ya de batallar nuestras propias batallas nos sometamos bajo el yugo de Cristo; es decir que metemos nuestra cabeza bajo esa madera que no nos permitirá ir donde queremos, hacer lo que nos venga en gana, avanzar delante de Cristo y correr sin rumbo nuestro destino. Bajo el yugo hay descanso. Con nuestra cabeza bajo el yugo aprendemos a pensar como Él; nos volvemos partícipes de Su trabajo, ya no del nuestro; aprendemos a disponer de Su tiempo y a hacer todo conforme Él quiere, entonces nuestra alma descansará de sus propias obras y brotará la alabanza y adoración sólo a Él.

"Dichosos los pobres en espíritu, porque el reino de los cielos les pertenece. Dichosos los mansos, porque recibirán la tierra como herencia." (Mateo 5: 3 y 5) Si reconocemos que sólo en Él está la vida y sin Él nada somos, estamos aceptando nuestra incapacidad de dirigirnos por nuestra propia cuenta y nos rendimos a Él en sujeción y entramos al reino de Dios, porque sólo los que se someten a Él pueden pertenecer a Su reino de justicia, paz y gozo en el Espíritu. La humildad es lo opuesto al orgullo o la arrogancia. La persona humilde se coloca bajo el yugo sin protestar, porque esa es la única forma que se camina en el reino de Dios, uncidos o enyugados con Cristo. Nadie está suelto. Todos debemos estar bajo el yugo. Sólo bajo el yugo fluye la adoración, porque nuestra cerviz está sujeta a Él y es Cristo quien dirige cada acto en nuestra vida. Los mansos se amoldan al molde de Cristo; se introducen en Cristo, dejando todo aquello que no encaja en Su molde. Los mansos renuncian a sus derechos para que prevalezcan los derechos del único que tiene derechos, éste es Jesús el Vencedor. Sólo bajo el yugo estamos satisfechos y completos, “porque en Cristo habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad y nosotros estamos completos en Él, que es la cabeza de todo principado y potestad.”(Colosenses 2: 9,10).

El adorador sólo busca la presencia de Dios, se eleva hasta los lugares celestiales o trae la presencia de Dios a la tierra. El adorador se despoja de todo su “ego”, porque lo único que importa es Dios en la Persona de Jesucristo. Sólo la adoración en espíritu y verdad alcanza la presencia de Dios. ¿Por qué en espíritu? Porque Sólo se puede adorar a Dios en espíritu y el alma tiene que sujetarse al espíritu para que éste fluya y se una al Espíritu de Dios para poder adorar. Sólo el alma que se sujeta al espíritu es capaz de unirse a la adoración. Mientras el alma está inquieta pensando qué dirán, o tratando de decir sus propias palabras no fluye la adoración. ¿Por qué en verdad? Porque sólo la verdad nos hace libres. Esa verdad está en Su Palabra y no en la nuestra. Dios sólo escucha Su lenguaje. Su lenguaje se expresa a través de la adoración y la alabanza, hablando lo que dice Su Palabra. Los humildes entienden esto y dejan de ser, para que sólo Cristo sea.

Claro está que somos iguales a los demás, pero las armas de nuestra conducta son totalmente otras; porque no son armas humanas, sino poderosas armas divinas destinadas a destruir fortalezas, a derribar falsos argumentos y toda especie de soberbia que se alza contra el conocimiento de Dios, y a hacer cautivo todo pensamiento rebelde y llevarlo a obedecer a Cristo.” (2ª Corintios 10 3-5 CAS) La primera altivez que se destruye es nuestra propia altivez, nuestra arrogancia que no nos permite llegar a conocer a Cristo. Cuando nuestra rebeldía es corregida y llevada cautiva a Cristo, vamos a poder usar el arma más efectiva para destruir cualquier otra rebeldía, esa arma es el amor, el camino más excelente. El amor se vacía, se da por entero. El amor ama sin esperar ser amado. El amor ama y echa por tierra todo temor. El amor no es estúpido. Habla la verdad en amor, se defiende, en caso necesario, en amor, lucha por amor, pero también es capaz de morir por amor. Jesús murió por amor. Se humilló hasta lo sumo, haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz, para poder darnos entrada a Su reino y esa humillación permitió que Dios lo exaltara hasta lo sumo y le diera un Nombre que es sobre todo nombre, para que en el Nombre de Jesucristo se doble toda rodilla de los que están en los cielos y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre. (Filipenses 2: 3-11)


El hacer Tu voluntad, Dios mío me ha agradado" y caminar en Tus caminos es mi deleite; por tanto: Hágase en mí conforme a Tu voluntad, cumple tus propósitos en mi vida. Quiero cargar Tu yugo. Aquí estoy. Úsame. No quiero más mis planes, sólo quiero obedecerte. Me rindo a Ti Señor. Tómame. Amén.